Pactos bíblicos

En la Biblia se mencionan varios pactos—o acuerdos—que Dios ha hecho con los seres humanos. ¿Qué necesita saber un cristiano sobre el Antiguo y el Nuevo Pacto?

En la Biblia encontramos varios pactos de este tipo, pero sin duda el más conocido de todos en el mundo cristiano es el llamado “Nuevo Pacto”.

Pero, ¿qué lo hace “nuevo”? ¿Acaso remplaza algún pacto anterior? ¿De qué manera sustituye este a otro pacto?

Este artículo le brindará la ayuda necesaria para comprender algunos de los aspectos más importantes de los pactos descritos en la Biblia.

¿Qué es un “pacto”?

Básicamente, un pacto es un acuerdo. En términos bíblicos, un pacto es un acuerdo que Dios establece con los seres humanos, donde es Él quien tiene la iniciativa de tender la mano a alguien ofreciéndole un trato. En esencia, al hacer un pacto con una persona, Dios le está diciendo: “Si tu haces esto, Yo haré esto por ti”.

Acuerdos y promesas para Abraham

Cerca de 4.000 años atrás, Dios decidió bendecir a Abraham a través de un pacto. Para establecer el acuerdo, Dios dijo al patriarca: “Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré. Y haré de ti una nación grande, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición. Bendeciré a los que te bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré; y serán benditas en ti todas las familias de la tierra” (Génesis 12:1-3).

Los versículos siguientes de Génesis 12 relatan cómo Abram creció en fe, obediencia y devoción al verdadero Dios. Y, en consecuencia, Dios comenzó a trabajar de muchas maneras con Abram—quien luego pasó a llamarse Abraham.

Como explica el apóstol Pablo, todo aquel que sea fiel a Dios es hijo espiritual de Abraham y, por lo tanto, heredero de sus bendiciones espirituales (Gálatas 3:7-9, 16-18, 29). La promesa de salvación fue cumplida a través de la “simiente” de Abraham, “la cual es Cristo” (v.16).

Por otro lado, las promesas físicas que Dios hizo al patriarca también se extienden a sus descendientes. Estas bendiciones pasaron al hijo de Abraham y Sara, Isaac, quien luego las pasó a Jacob, que a su vez las pasó a sus 12 hijos, cabezas las 12 tribus de Israel. Estas son las mismas 12 tribus o familias que posteriormente fueron esclavizadas en Egipto.

Pacto bíblico de Dios con Israel

En primera instancia, Dios estableció su pacto con el pueblo de Israel a través de Moisés.

Con la guía de Dios, Moisés sacó a Israel de Egipto (que representa el pecado) y lo llevó a la Tierra Prometida. Y fue durante el proceso de consolidación de Israel como una nación que Dios decidió ofrecerles un trato basado en su ley, los Diez Mandamientos que Él les dio en el Monte Sinaí.

El pueblo de Israel escuchó, aceptó y pactó este acuerdo con Dios, que luego fue renovado por Moisés antes de morir y justo antes de que las tribus llegaran a la Tierra Prometida (Deuteronomio 5).

¿Qué salió mal?

Sin embargo, a pesar de haber tenido tantos ejemplos en su historia (registrados por Moisés en la Torá, los primeros cinco libros de la Biblia), el pueblo de Israel desobedeció vez tras vez a Dios, sus profetas y sus líderes. Es por esto que, en Hebreos 8:8, Dios los “reprende”.

Dado que la naturaleza humana no cambia, Dios estableció un sistema de sacrificios para enseñar a los hombres que el pecado no produce bienestar en absoluto; por el contario, su consecuencia final es la muerte. Todo el que peca debe necesariamente arrepentirse y pagar la pena que merece, lo cual nos lleva a un aspecto muy importante de la promesa que Dios hizo a Abraham: su Simiente, el Mesías (Cristo, el Ungido de Dios), vendría para salvar al mundo entero. Y, efectivamente, Jesucristo estuvo dispuesto a pagar la pena por los pecados de toda la humanidad.

Lo que Dios ya sabía

Como demuestra Deuteronomio 5:29, Dios sabía que la naturaleza humana no podía serle fiel. Los seres humanos podían tener buenas intenciones, pero no tenían la capacidad de llevarlas a cabo. Es por esto que, a través de Jeremías y Ezequiel, Dios profetizó que nos daría un corazón nuevo por medio de su Espíritu y escribiría sus leyes en nuestras mentes y corazones (Jeremías 31:31-34; Ezequiel 36:24-28).

Esta promesa, cuyo cumplimiento se hizo posible por medio del sacrificio y la misericordia de Cristo, es precisamente la base del Nuevo Pacto—que en realidad es una renovación del pacto anterior. La novedad de este pacto no es algún cambio en la ley, sino el lugar en que la ley estaría escrita. Tener las leyes de Dios escritas en nuestra mente y corazón por medio del Espíritu Santo nos da el poder y la motivación que el pueblo de Israel no tuvo (Hebreos 8:7-13).

Pactos y testamentos

Las palabras “pacto” y “testamento” podrían fácilmente entenderse como sinónimos; sin embargo, sus significados son diferentes.

Un “testamento” es un documento escrito por medio del cual se transmiten o adjudican ciertas posesiones o propiedades a una persona. Quienes desean determinar cómo deben administrarse sus bienes luego de su muerte lo hacen a través de un testamento, que generalmente guardan en un lugar seguro. Y, ya que el Nuevo Pacto involucra la muerte de Jesucristo, puede llevar el nombre de testamento.

Actualmente, los términos “Nuevo Pacto” y “Nuevo Testamento” se consideran equivalentes. Sin embargo, el concepto bíblico de pacto o acuerdo es especialmente clave para demostrar que la relación entre Dios y los seres humanos que comenzó con el Antiguo Pacto tiene continuidad en el Nuevo.

Pero, a diferencia de lo que sucede en el Nuevo Pacto, el Antiguo Pacto entre Dios e Israel no fue un testamento. Fue un acuerdo en que el pueblo convino en obedecer a Dios, mientras Él prometió darles abundantes bendiciones físicas, además de otro tipo de bendiciones para toda la nación.

Este es el contexto de Éxodo 19:5, donde Dios dice a Israel: “Ahora, pues, si diereis oído a mi voz, y guardareis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos” (énfasis añadido).

¿Se dio cuenta del “si” condicional en este acuerdo? Pues, de hecho, el pueblo de Israel se comprometió a hacer todo lo que Dios le pidió e incluso el pacto fue sellado con sangre (Éxodo 24:4-8).

Pero lamentablemente, y a pesar de haber estado de acuerdo con los términos y condiciones del Nuevo pacto, el pueblo no cumplió con su parte del trato. Israel desobedeció a Dios y sus leyes repetidamente. Y el problema no fue Dios ni su pacto; fueron los seres humanos que no quisieron respetar las reglas que habían aceptado en el Monte Sinaí (Hebreos 8:6-10). En otras palabras, la razón de que no recibieran las bendiciones que Dios les había prometido—y que era absolutamente capaz de darles—fue su propia desobediencia.

Los israelitas no cumplieron su promesa y violaron el acuerdo solemne que habían hecho con Dios. Esto es algo que muy poca gente logra entender cuando estudia el significado de los pactos bíblicos.

El maravilloso plan de salvación de Dios

Dios creó al hombre a su imagen y semejanza con un propósito: ofrecernos la vida eterna y un lugar en su familia como sus hijos (Hebreos 2:10). Pero, en lugar de aprovechar esta oportunidad, la humanidad ha escogido el camino de la desobediencia y la muerte.

Y la salvación es posible solo a través de la promesa que Dios hizo a Abraham. Para recibir las bendiciones eternas que Dios ofrece, todo ser humano debe arrepentirse, dejar atrás el pecado y aceptar el sacrificio que Jesucristo hizo por cada uno de nosotros.

Este pacto bíblico renovado se basa en las mismas leyes que el anterior, pero incluye la poderosa ayuda del Espíritu Santo y mejores promesas. El Nuevo Pacto sustituye al Antiguo y nos lleva a cuestionar nuestras vidas a la luz de la santa, justa y buena ley de Dios. Sólo así podremos recibir la promesa de la vida eterna que Dios ha puesto a disposición de toda la humanidad por medio de Jesucristo.