Felicidad es…

Hoy en día la felicidad es tan valiosa como escasa. Hemos intentado de todo y seguimos sin saber cómo alcanzarla. ¿Tendrá Dios la respuesta?

[De nuestra edicion Marzo/Abril 2015 de Discernir.]

Hace algunos años hubo una campaña llamada “Felicidad es…” que consistía en una serie de carteles con leyendas como: “Felicidad es… abrazar a un cachorro”.

Muy tierno, ¿no? ¡Y cierto! Ver un cartel como éste o, mejor aún, abrazar al suave, cariñoso y leal cachorro sin duda puede evocarnos un sentimiento de felicidad que ojalá durara toda la vida.

Para otros la felicidad son los deportes o la emoción de hacer actividades extremas como la caída libre, bucear o saltar en esquís. Sea lo que sea, no pueden esperar a que llegue el fin de semana para hacerlo otra vez. Viven por la emoción y la adrenalina y ésa es su felicidad.

Si le preguntamos a diez personas diferentes, probablemente obtendremos diez ideas diferentes de lo que es la felicidad. Lo único en lo que todos parecemos estar de acuerdo es que queremos estar felices siempre y que los demás también lo estén.

Lamentablemente, la realidad es que vivimos en un mundo lleno de infelicidad y a menudo las cosas que parecen hacernos felices hacen infelices a los demás. De hecho, muchas de las cosas que nos parecen divertidas y agradables en el presente nos harán infelices en el futuro.

¿Por qué? Simplemente porque el tipo de felicidad que los seres humanos han intentado obtener se aleja mucho de la verdadera felicidad que Dios quiere darle al mundo entero por la eternidad.

La historia de la felicidad

La historia de la humanidad es más una historia de sufrimiento y tristeza que de felicidad. Salomón parecía tener esto muy claro cuando se preguntó:

“… ¿qué tiene el hombre de todo su trabajo, y de la fatiga de su corazón, con que se afana debajo del sol? Porque todos sus días no son sino dolores, y sus trabajos molestias; aun de noche su corazón no reposa. Esto también es vanidad” (Eclesiastés 2:22-23).

La palabra “vanidad” implica futilidad y falta de sentido, algo tan inútil como perseguir el viento.

La felicidad incluso ha inspirado libros como Happiness: A History [La historia de la felicidad] de Darrin M. McMahon que, a pesar de ser bastante extenso, en realidad no describe ni produce mucha felicidad que digamos. Pero sí tiene datos interesantes.

Una de las cosas que McMahon explica es que el ser humano no siempre ha tenido el concepto de felicidad que hoy tenemos en el mundo occidental. Para nosotros podrá ser obvio que todos tengan derecho a buscar la felicidad y ser felices, pero esta idea ni siquiera existía antes de la época de la Ilustración.

De hecho, aún era un concepto novedoso cuando Thomas Jefferson escribió en la Declaración de Independencia de los Estados Unidos en 1776: “Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”.

¿Es la felicidad cosa del destino o un derecho?

Buena parte del libro de McMahon está dedicado a las filosofías de los antiguos griegos, que como muchos otros pueblos al principio atribuían la felicidad al destino, la suerte o la casualidad. Ser feliz era un elusivo regalo de sus caprichosos e impredecibles dioses.

Lo único que se podía hacer era  aprender a lidiar con la vida que a cada quien le tocó. La felicidad era cosa de suerte y, para rematar, los dioses griegos no parecían estar muy interesados en hacer feliz a nadie más que a sí mismos.

Afortunadamente, los griegos estaban equivocados y la verdadera felicidad no es cosa del destino.

Cientos de años más tarde, la era de la Ilustración dio paso a la idea de que todo ser humano podía y tenía derecho a ser feliz. Muchos de los grandes pensadores incluso intentaron descifrar el secreto de la felicidad con fórmulas para maximizar el bienestar de la mayor cantidad de personas posible y a la vez disminuir el dolor al mínimo.

Probaron desde la Revolución Francesa hasta el Comunismo, el “amor libre” y la felicidad temporal de las drogas de los años 60. Pero nada funcionó; ninguna de estas cosas logró producir felicidad duradera.

La felicidad no es algo que se le pueda “dar a la mayoría”, no podemos obligar a los demás a hacer lo que creemos que los hará felices, y ciertamente las drogas no pueden hacer feliz a nadie.

La felicidad y las drogas

Proverbios 23:29-35 describe poéticamente algunas de las terribles consecuencias de usar cosas como el alcohol (la droga preferida en los tiempos bíblicos) u otras sustancias para obtener la felicidad, y nadie puede decir que estos peligros son un secreto.

¿Cómo pueden las drogas (tanto ilegales como prescritas) seguir siendo un atajo hacia la “felicidad” tan popular cuando cualquiera puede ver los problemas que conllevan?

A medida que la ciencia avanza, la gente parece estar cada vez más convencida de que la felicidad es sólo la combinación correcta de químicos en el cerebro y, por lo tanto, basta con tomar las drogas adecuadas para obtenerla. Lo único que les importa es olvidar el dolor y sentirse felices aunque sea por un rato.

Pero como todos sabemos, las drogas traen consigo efectos secundarios, ponen en riesgo la salud, causan adicciones y plantean el peligro de entrar en contacto con traficantes y una parte peligrosa de la sociedad. Como si fuera poco, los problemas de los que intentamos huir en un principio seguirán ahí (y multiplicados) cuando el efecto pase.

Las drogas no pueden darnos felicidad verdadera.

Bien sea con deportes, fórmulas o drogas, la mayoría de los seres humanos ha dedicado su vida a la búsqueda de la felicidad. El experimento se ha hecho miles y miles de veces y de formas muy diversas. Pero hay un hombre que sin duda rompió el récord del estudio más científico y completo y ese hombre es el rey Salomón.

El experimento de Salomón

Salomón (siglo X a.C.) fue un acaudalado y sabio rey de Israel que dedicó todas sus riquezas, energía e inteligencia a un detallado experimento para obtener la felicidad y luego lo registró en el libro de Eclesiastés, un libro bastante corto (aproximadamente 10 páginas), pero, sin duda, mucho más impactante que las 560 páginas del libro de McMahon.

El rey intentó de todo: locura y sabiduría, risa y placer, construir edificios magníficos, y todo lo que una persona rica y famosa pudiera hacer (Eclesiastés 1:16-18; 2:1-3). Incluso se dio un lujo que nadie hubiera podido darse de no ser por la invención de los modernos aparatos que hoy nos permiten escuchar nuestra música favorita dondequiera que estemos (Eclesiastés 2:4-8).

Pero sin importar lo que intentara, Salomón nunca se sintió satisfecho ni verdaderamente feliz; todo era “vanidad de vanidades” y todo terminaba siendo vacío y absurdo (Eclesiastés 1:1-4, 8).

Como dice Eerdmans’ Handbook to the Bible [Manual de la Biblia de Eerdman], “El libro es un estudio de la vida que termina en las conclusiones lógicas… La vida sin Dios es inútil, absurda, sin propósito y vacía; es sólo una imagen deprimente. La naturaleza y la historia se repiten una y otra vez sin que nada nuevo suceda, y, si sumamos y restamos, es mejor estar muerto que vivo. La vida es injusta, el trabajo es inútil, el placer no satisface y aun una vida buena y sabia termina en muerte. Lo que Salomón está diciendo es: ‘Sé realista. Si la vida sin Dios es todo lo que hay, reconócela por lo que es y deja de engañarte. Saca tu cabeza de la arena, ésta es la verdad acerca de la vida’”.

Pero Eclesiastés no termina ahí, ni tampoco la Biblia. Afortunadamente, la vida sin Dios no es todo lo que hay. Dios existe, tiene un propósito preparado para nosotros y la verdadera felicidad no es imposible de alcanzar.

Ya sabemos lo que la felicidad no es: no es cosa de suerte, no es una combinación de químicos en el cerebro, no proviene de las drogas y no es tener mucho dinero, entretenimiento  o conocimiento. Al fin de cuentas, todo esto es vanidad.

¿Qué es la verdadera felicidad entonces?

La felicidad comienza con el respeto y obediencia a Dios

Después de tantos intentos, la conclusión de Salomón fue que “El fin de todo el discurso oído es este: Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre” (Eclesiastés 12:13).

Los mandamientos de Dios nos enseñan a amarlo a Él y a nuestro prójimo. Sin Dios es imposible ser felices, pues es Él quien le da sentido a nuestra vida y ese sentido es lo único que puede darnos felicidad duradera.

Felicidad es llegar a ser hijos de Dios

Dios tiene un propósito muy especial para sus escogidos y el mundo entero: “Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios” (1 Juan 3:1). Quiere que seamos sus hijos y lleguemos a ser como Él; ése es el verdadero propósito de nuestra vida (vv. 2-3).

Es ahí donde está la felicidad.

Felicidad es dar

Dedicar nuestra vida a obtener felicidad y pensar sólo en pasarla bien es inútil. Si fuéramos felices todo el tiempo en esta vida, nunca haríamos los cambios necesarios para llegar a ser como Dios y poder ser parte de su familia.

Si realmente queremos ser como Dios, nuestra meta principal no puede ser obtener la vida eterna o la felicidad. Dios es un Dios de amor y genuina preocupación por los demás y su camino es el camino del dar, no el del obtener.

Como bien dijo Cristo: “Más bienaventurado es dar que recibir” (Hechos 20:35).

Podemos encontrar inspiración en historias bíblicas como la de Rut, que no pensó sino en mostrarle amor y lealtad a su dolida suegra Noemí y a quien Dios luego recompensó con felicidad verdadera.

Podemos encontrar inspiración en historias como la que leí recientemente sobre un niño de cuatro años que se sentó en las piernas de su anciano vecino para consolarlo y mostrarle su cariño cuando lo vio llorar por la pérdida de su esposa.

O podemos encontrar inspiración en el perfecto ejemplo de Jesucristo y su absoluta disposición de dejar todo para venir a la Tierra y morir por nosotros, todo por el gozo puesto delante de Él, el de llevar muchos hermanos a la familia de Dios (Hebreos 12:2; 2:10).

Como el ejemplo de Cristo nos enseña, para alcanzar el verdadero gozo (muy diferente de la felicidad pasajera) debemos tener una visión del futuro y estar dispuestos a privarnos de algunos de los placeres de esta vida pensando en los placeres eternos.

La felicidad es eterna

La felicidad que Dios tiene para nosotros es mucho mayor de la que podemos alcanzar en esta vida. Salmos 16:11 la describe diciendo: “Me mostrarás la senda de la vida; en tu presencia hay plenitud de gozo; delicias a tu diestra para siempre”.

Conozca más acerca de cómo el camino de Dios produce felicidad en el artículo “¿Es usted feliz?” y nuestro folleto ¡Cambie su vida!