Autojustificación… o ¿justificado por Dios?

¿Cuál es la diferencia entre autojustificarse y la justificación que viene a través de Jesucristo? ¡La respuesta tiene un significado eterno para usted!

Todos queremos tener razón. ¿Cómo podemos estar bien con Dios? ¿Cómo nos justificamos? El apóstol Pablo escribió: “sino también con respecto a nosotros a quienes ha de ser contada, esto es, a los que creemos en el que levantó de los muertos a Jesús, Señor nuestro, el cual fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación” (Romanos 4:24-25).

¿Qué significa, el cual fue “resucitado para nuestra justificación”? ¿Qué significa esta frase en el idioma original en el que fue escrito? Según el Diccionario de concordancia exhaustiva del Nuevo Testamento de Strong la palabra griega traducida “para nuestra” es dia. Es una palabra que puede significar “por motivo de” o “por el bien de”. El significado puede incluir “debido a” pero en este contexto la mejor forma en que se puede entender es “Jesús fue resucitado para que pudiéramos ser justificados”.

La justificación según Dios viene a través de Jesucristo.

Sacando excusas

Por otro lado, Merriam-Webster.com explica que la “autojustificación” es simplemente que alguna persona trata de salirse y puede alegar su inocencia de algo para evitar el castigo. La gente a menudo se justifica simplemente para evitar la vergüenza.

Con frecuencia, los niños hacen esto cuando se les pregunta: “¿qué pasó?” muchos niños rápidamente responden (aunque sean culpables), “¡yo no fui! —¡yo no lo hice!” o “¡no es mi culpa!” Podemos pensar que esas respuestas son hasta graciosas porque nos recuerdan muchos intentos similares de autojustificación que hemos escuchado anteriormente.

Siendo adultos, ¿actuamos de manera similar? ¿Tratamos de justificar lo que hemos hecho en algún momento? ¿nos valemos de la vieja excusa “el diablo me hizo hacerlo”?

En el trabajo cuando algo no sale bien, podemos escuchar autojustificaciones tales como, “esa no es mi responsabilidad” o “¡ese no es mi trabajo!” En medio de conflictos del matrimonio, muchos problemas quedan sin resolverse porque los dos alegan “no fue mi culpa”, “no soy yo el del problema”. En estas situaciones, la culpa parece que se encuentra en otra persona —tal como sucedió en el Jardín del Edén.

En el Jardín del Edén

Adán y Eva fueron abordados por Dios en el Jardín, después de haber comido del fruto prohibido del árbol de la ciencia del bien y del mal.

“Más el Eterno Dios llamó al hombre, y le dijo: ¿Dónde estás tú? Y él respondió: Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo, porque estaba desnudo; y me escondí”.

“Y Dios le dijo: ¿Quién te enseñó que estabas desnudo? ¿Has comido del árbol de que yo te mandé no comieses? Y el hombre respondió: La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí”.

“Entonces el Eterno Dios dijo a la mujer: ¿Qué es lo que has hecho? Y dijo la mujer: la serpiente me engañó, y comí” (Génesis 3:9-13).

Adán le echó la culpa a Eva, quien a su vez culpó a la serpiente. Los dos trataron de justificarse a sí mismos, en lugar de humillarse y admitir sus errores.

Ejemplos de autojustificación

Veamos algunos ejemplos de autojustificación que Jesús nos dio.

 “Y he aquí un intérprete de la ley se levantó y dijo, para probarle: Maestro, ¿haciendo qué cosa heredaré la vida eterna? Él le dijo: ¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo lees? Aquél, respondiendo, dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo. Y le dijo: Bien has respondido; haz esto, y vivirás. Pero él, queriendo justificarse a sí mismo, dijo a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo?” (Lucas 10:25-29).

Este hombre trató de justificarse al tratar de limitar quien podría ser considerado su prójimo. Entonces Jesucristo le contó la historia del buen samaritano e hizo evidente que este hombre necesitaba mostrar amor hacia todos sus prójimos —sin importar quienes fueran.

En otro ejemplo, Jesús dijo: “Ningún siervo puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas. Y oían también todas estas cosas los fariseos, que eran avaros, y se burlaban de él. Entonces les dijo: Vosotros sois los que os justificáis a vosotros mismos delante de los hombres; mas Dios conoce vuestros corazones; porque lo que los hombres tienen por sublime, delante de Dios es abominación” (Lucas 16:13-15).

Todos tendemos a justificarnos ante las demás personas. Hacemos esto para “quedar bien” y alegar nuestra inocencia, a pesar del hecho de que todos cometemos errores. En algunos momentos somos culpables de malos pensamientos y actitudes y eso no lo podemos esconder de Dios.

El ejemplo de Job

“Hubo en tierra de Uz un varón llamado Job; y era este hombre perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal” (Job 1:1).

Job era un hombre justo, y a pesar de que era justo Dios permitió que sufriera y utilizó ese sufrimiento para enseñarle una lección muy valiosa con respecto a la autojustificación. Hacia el final de esta dura prueba: “Entonces Eliú hijo de Baraquel buzita, de la familia de Ram, se encendió en ira contra Job; se encendió en ira, por cuanto se justificaba a sí mismo más que a Dios” (Job 32.2).

Job se justificó a si mismo en lugar de justificar a Dios. “Literalmente él justificó su alma, naphhso, antes que a Dios. Él defendió, no sólo su conducta sino también sus motivos, pensamientos, etcétera” (Comentario bíblico de Clarke, nota de Job 32:2).

Al final de la historia Job aprendió una lección muy valiosa. Veamos lo que él dice en el último capítulo: “Respondió Job al Eterno, y dijo: Yo conozco que todo lo puedes, Y que no hay pensamiento que se esconda de ti. ¿Quién es el que oscurece el consejo sin entendimiento? Por tanto, yo hablaba lo que no entendía; Cosas demasiado maravillosas para mí, que yo no comprendía. Oye, te ruego, y hablaré; Te preguntaré, y tú me enseñarás. De oídas te había oído; Mas ahora mis ojos te ven. Por tanto me aborrezco, Y me arrepiento en polvo y ceniza” (Job 42:1-6).

La Sociedad de Publicaciones Judías traduce esta última frase como: “Por tanto aborrezco mis palabras, y me arrepiento viendo que soy polvo y cenizas”. Job se dio cuenta que se había justificado así mismo y se humilló delante de Dios.

El fariseo y el publicano

Lucas registra otra historia de autojustificación: “Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo, y el otro publicano. El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano”

La justificación según Dios no viene al dar una respuesta rápida o al probar nuestra inocencia, proviene del del arrepentimiento y de permanecer libre de pecado. “Mas el publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador´ Os digo que éste descendió a su casa justificado antes que el otro; porque cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido” (Lucas 18:10-14).

Esta historia se explica más a fondo en el artículo “El fariseo y el publicano”.

El único camino verdadero a la justificación es humillándonos y arrepintiéndonos de corazón delante del Dios viviente. Debemos reconocer nuestros pecados (1 Juan 1:9; Proverbios 28:13). Debemos humillarnos y admitir nuestros errores, pidiéndole a Dios su justificación verdadera.

La justificación según Dios no viene al dar una respuesta rápida o al probar nuestra inocencia, proviene por el arrepentimiento y al permanecer libre de pecado. “Porque no son los oidores de la ley los justos ante Dios, sino los hacedores de la ley serán justificados” (Romanos 2:13).

La verdadera justificación proviene de un solo lugar

El apóstol Pablo escribió: “por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23). ¡Todos hemos pecado! Pero afortunadamente, todos podemos en algún momento recibir la justificación. ¿De dónde viene la verdadera justificación?

“Y con el don no sucede como en el caso de aquel uno que pecó; porque ciertamente el juicio vino a causa de un solo pecado para condenación, pero el don vino a causa de muchas transgresiones para justificación” (Romanos 5:16).

¡Hay un camino de vida que conduce a la condenación pero el otro nos lleva a la justificación! Pero, ¿qué significa justificación? Como lo hemos señalado en otros artículos aquí, en Vida, Esperanza y Verdad, la justificación es la declaración de que una persona o cosa es justo. ¿Somos capaces de hacer esto nosotros mismos? ¡Claro que no! “Como está escrito: No hay justo, ni aun uno” (Romanos 3:10). Nosotros no podemos hacernos justos.

La verdadera justificación sólo puede venir de un lugar —¡Jesucristo! “Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida” (Romanos 5:18).

Hacia donde ir desde aquí

“Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira” (Romanos 5:8-9). ¡La justificación viene de la sangre de Cristo!

La verdadera justificación empieza cuando reconocemos la necesidad de ésta. Necesitamos la ayuda de Jesucristo y la ayuda del Espíritu Santo de Dios para llegar al punto de vernos como somos en realidad y estar dispuestos a reconocer nuestros pecados y nuestros errores.

La justificación implica la aceptación de la sangre de Cristo; implica el compromiso de vivir el camino de vida de Dios. Este compromiso se demuestra a través de la fe, el arrepentimiento y el bautismo.

¡La autojustificación es inútil! “Dios es el que justifica” (Romanos 8:33).

Aprenda más acerca de lo que Dios quiere que usted haga en las secciones de “Arrepentimiento” y “Bautismo”.