Una reforma insuficiente

Hace 500 años, Martín Lutero comenzó la Reforma Protestante con sus “95 tesis”. Pero ¿logró esta revolución religiosa restaurar el verdadero cristianismo?

El 31 de octubre de 1517 fue un día que cambiaría el mundo.

Cuenta la historia que esa mañana un monje se acercó a la catedral de Wittenberg, en la provincia alemana de Sajonia, y clavó un pergamino en la puerta. Este simple acto, aunque aparentemente inocente, daría inicio a un movimiento que más tarde provocó la ruptura de una de las mayores religiones del mundo y creó divisiones que permanecen hasta hoy.

El monje era Martín Lutero, y el pergamino sus 95 tesis.

La evolución de Lutero

Martín Lutero fue un profesor de teología en la Universidad de Wittenberg y un monje dedicado que cumplía meticulosamente todos sus deberes (los sacramentos, ayunos, confesiones, oraciones, estudio, etcétera). Pero mientras más piadosamente practicaba los dogmas del catolicismo monástico, más desanimado e inseguro se sentía con respecto a su situación frente a Dios. Fue tal su confusión en esos años que Lutero llegó a decir que odiaba a Dios, porque lo veía como un juez enfadado que les imponía estándares imposibles de cumplir a los seres humanos.

Siete años antes de publicar sus 95 tesis, Lutero hizo un peregrinaje a Roma. Al ver la ciudad por primera vez, exclamó: “¡Salve, santa Roma!”. Pero tan sólo un mes después, se fue de ahí completamente desilusionado. Roma no era la meca de santidad que había esperado. En cambio, estaba llena de corrupción y depravación. Informó que los sacerdotes se comportaban irreverentemente durante las misas, tenían poco conocimiento bíblico y quebrantaban el voto de castidad abiertamente.

Luego Lutero relata haber subido la Scala Sancta (“Escalera santa”) en sus manos y rodillas, recitando un rezo en cada escalón para supuestamente librar a un pariente muerto de las garras del purgatorio. Pero tras terminar el ritual, se puso de pie y se preguntó: “¿Quién sabe si esto es real?”.

La duda siguió creciendo en él durante los siguientes siete años: ¿podían las obras enseñadas por la iglesia justificarlo realmente delante de Dios? Más tarde escribió que en algún momento de ese período descubrió algo en el primer capítulo de Romanos que cambiaría su vida y se convertiría en una de sus principales temáticas: que la justificación es sólo por la fe, no por las obras. Esta creencia fue la base de su ataque contra el sistema de indulgencias de la Iglesia Católica.

Las indulgencias fueron el detonante

Fue el problema de las indulgencias lo que inspiró a Lutero a escribir sus dudas en papiro y clavarlas en la puerta de la iglesia. Una indulgencia es un acto prescrito por la iglesia realizado para reducir el tiempo de castigo por un pecado.

Puede tratarse de un peregrinaje, repetir una serie de rezos o hacer alguna buena obra. Pero durante el siglo XVI, las indulgencias eran primordialmente transacciones monetarias. La gente compraba “certificados de indulgencia” para reducir su tiempo o el de alguien más en el purgatorio (que según los católicos es un lugar donde los muertos son castigados y purificados de sus pecados antes de entrar al cielo). Mientras mayor era el monto, más se reducían los años de su sentencia.

En la época de Lutero las indulgencias se les recomendaban especialmente a los alemanes como una forma de aportar a la construcción de la Basílica de San Pedro en Roma, y de ayudar a Alberto de Brandeburgo a recuperar la enorme cantidad que le había pagado al papa León X para conseguir el puesto de arzobispo de Maguncia. Esta campaña fue liderada por un monje llamado Johann Tetzel, quien se valía del miedo para convencer a la gente de comprar indulgencias. Uno de sus famosos dichos era: “Tan pronto como la moneda suena en el arca, el alma del purgatorio se levanta”.

La situación causó un profundo descontento en la gente. Sentían que sólo estaban explotando a los piadosos alemanes para financiar un edificio extravagante en una tierra lejana. Pero las tensiones se mantuvieron en su mayoría bajo la superficie, porque, después de todo, aún era la iglesia.

Hasta que llegó esa mañana de octubre de 1517.

Las 95 tesis de Lutero (también llamadas Cuestionamiento al poder y eficacia de las indulgencias) sacaron esos descontentos a la luz y comenzaron la revolución religiosa que se conocería como la Reforma Protestante. En unos cuantos meses, su obra fue traducida al italiano, al francés y al inglés, y se divulgó por toda Europa y las Islas Británicas. El profesor de teología y monje era el portavoz de todos los no italianos que se sentían explotados por Roma.

La Reforma se expande

La causa de Lutero fue ampliamente acogida en los estados al norte de Alemania, no sólo por parte de los campesinos, sino también de los intelectuales e incluso por el príncipe elector de Sajonia, Federico el Sabio. De hecho, Federico le salvó la vida a Lutero refugiándolo en el castillo de Wartburg, luego de que fuera condenado como hereje en la Dieta de Ausburgo de 1521.

Mientras estaba escondido, Lutero escribió prolíficamente mientras sus colegas impulsaban la Reforma en Sajonia. La protesta contra Roma se extendió como fuego por toda Europa y fue impulsada por varias figuras como Ulrico Zwinglio (Suiza) y Juan Calvino (Francia, Suiza, Holanda y Escocia).

Sin embargo, aunque la mayoría de los reformistas compartían algunos principios doctrinales fundamentales con Lutero, la Reforma no fue un movimiento homogéneo. La mayor parte creía en la necesidad de separarse de Roma, pero no tomó mucho tiempo para que las diferencias los dividieran. En algunos casos la división fue tal que los seguidores de una rama protestante estaban vetados del territorio controlado por la rama opuesta.

En la actualidad, el protestantismo se divide en miles de denominaciones diferentes. Otros efectos negativos de la Reforma fueron la Guerra de los Campesinos Alemanes (1524-1525) y la infame Guerra de los Treinta Años (1618-1648) —un largo y sangriento conflicto entre los estados católicos (liderados por la dinastía Habsburgo) y los estados protestantes del norte de Alemania.

En el lado positivo, la Reforma impulsó la traducción de la Biblia a muchos idiomas locales y su distribución generalizada. Mientras se escondía en el castillo de Wartburg, Lutero tradujo el Nuevo Testamento al alemán vernáculo, lo que a su vez inspiraría más tarde a William de Tyndale a traducir el Nuevo Testamento griego al inglés, que fue la base para la versión King James 1611 de la Biblia.

Tampoco podemos negar que otro legado de la Reforma fue la denuncia de muchos abusos y enseñanzas falsas de la Iglesia Católica. De hecho, el movimiento incluso inspiró una contrareforma, donde la iglesia misma intentó reformar moderadamente algunos de sus abusos más obvios. Pero cuando hablamos del legado de Martín Lutero y la Reforma que lideró, la pregunta primordial es: ¿restauró la Reforma Protestante el cristianismo del Nuevo Testamento?

Por qué fracasó la Reforma

Los reformistas aseguraban que su objetivo era reformar el cristianismo para acercarlo a como era la Iglesia original (descrita en el libro de Hechos). El Nuevo Testamento nos dice mucho acerca de las creencias y prácticas de esa primera Iglesia —una Iglesia unida por las enseñanzas de los 12 apóstoles, quienes transmitieron fielmente lo que habían aprendido de Jesucristo y del Antiguo Testamento (Hechos 2:41-42; 17:2; Efesios 2:20). La Iglesia original creía y practicaba genuinamente la verdad que el apóstol Pablo expresó en 2 Timoteo 3:16: “Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar” (énfasis añadido).

Por lo tanto, para realmente restaurar el cristianismo original, los reformistas debieron haber aceptado toda la Biblia como su fuente de doctrina. Desafortunadamente, la realidad es que dijeron hacerlo, pero no fue así.

Lutero y los otros reformistas adoptaron la frase en latín sola scriptura (“sólo la Escritura”) como uno de sus principios fundamentales. Pero, si estudiamos con cuidado sus escritos, veremos que, aunque mencionaban el principio de sola scriptura, la práctica de este concepto no fue absoluta. De hecho, Lutero criticaba la Biblia abiertamente cuando ésta contradecía sus propias ideas.

Aparte de las Escrituras, “Lutero a menudo citaba a los padres de la iglesia —especialmente a Agustín, pero también a Ambrosio, Hilario, Cipriano y Juan Crisóstomo, entre otros— para documentar sus enseñanzas… Lutero no ignoró a los padres de la iglesia; los leía con respeto y honor” (James R. Peyton, Getting the Reformation Wrong [La falla de la Reforma], pp. 138-139).

Los llamados padres de la iglesia fueron los arquitectos teológicos de la Iglesia Católica romana. Llevaron a cabo este trabajo entre 100 y 300 años después de la era del Nuevo Testamento, y contribuyeron con la inclusión de muchas doctrinas antibíblicas en el cristianismo. Algunas de esas enseñanzas falsas introducidas y enseñadas por ellos fueron el pecado original, la Iglesia como el Reino de Dios, la adoración de María, el celibato sacerdotal, la celebración de Navidad, la Trinidad, y el rechazo de los cristianos que guardaban el sábado y las fiestas bíblicas.

En su tratado On the Councils and the Church [Acerca de los concilios y la iglesia], Lutero también avaló la autoridad de los primeros concilios católicos que establecieron muchas de las posiciones doctrinales del catolicismo. Estos concilios desarrollaron progresivamente la doctrina de la Trinidad y la celebración de la Semana Santa (en lugar de la Pascua bíblica), dos enseñanzas antibíblicas sobre las que Lutero y los otros reformistas nunca protestaron.

A pesar de su fuerte defensa del concepto de sola scriptura, Lutero a menudo cuestionaba, criticaba e ignoraba partes de la Biblia que no coincidían con su teología. Alababa abiertamente los libros bíblicos que le gustaban —especialmente el Evangelio de Juan y las epístolas de Romanos, Gálatas, Efesios y 1 Pedro— pero criticaba duramente los libros que no —Ester (por ser demasiado “judío”), Jonás (porque según él era una fábula), Santiago (una “epístola llena de paja”), y el libro de Apocalipsis (porque no lo entendía).

La Iglesia original, por el contrario, veía las Escrituras como Cristo mismo les había enseñado: “No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mateo 4:4, énfasis añadido). No obstante, Lutero en realidad no se basó sólo en la Biblia como única autoridad doctrinal. Su teología incluía algunas secciones escogidas de las Escrituras, pero también enseñanzas de la iglesia romana que datan de los siglos tercero y cuarto, cuando ya ésta había reemplazado muchas verdades bíblicas por elementos del pensamiento y la adoración paganos.

Ésta es una clave muy importante para entender por qué los líderes de la Reforma no lograron restaurar el cristianismo original. Es más, a menudo marginaron y persiguieron a grupos minoritarios, como los anabautistas y los sabatarios, que sí trataron de practicar una forma más bíblica de cristianismo.  

Protestando hoy

Jesucristo dijo que su Iglesia nunca moriría (Mateo 16:18). Pero para encontrar el verdadero cristianismo, debemos abrir nuestra Biblia y descubrir lo que dice realmente. Esto implica abandonar las falacias de la religión popular y estudiar la Palabra de Dios con una actitud humilde y receptiva. La revista Discernir y nuestro sitio web VidaEsperanzayVerdad.org son patrocinados por personas alrededor del mundo que se están esforzando justamente por hacer eso. Estamos aquí para ayudar.

Ahora que han pasado 500 años desde la Reforma Protestante, analizar este evento debería recordarnos que las doctrinas falsas deben cuestionarse. Pero, si vamos a protestar contra el error, debemos estar dispuestos a reemplazar todo lo falso con lo verdadero. Martín Lutero no lo hizo. Los otros reformistas de su época tampoco. Pero usted puede.

Para aprender acerca del verdadero cristianismo y cómo el cristianismo moderno se alejó de la Biblia, consulte nuestros artículos “Seis cosas que usted debe preguntar acerca del cristianismo” y “¿Fue diseñado el cristianismo para evolucionar?” 

Por qué la Reforma se quedó corta

Si bien Lutero atacó algunos de los abusos más obvios del catolicismo del siglo XVI, su reforma se quedó corta. Como ejemplo, a continuación, mencionaremos tres desviaciones graves del cristianismo bíblico que él y los otros reformistas aceptaron sin protestar:

El evangelio. Jesucristo predicó “el evangelio del Reino”, un mensaje acerca del establecimiento de un gobierno mundial bajo su mando, y cómo los seres humanos pueden llegar a ser parte de él (Mateo 4:23; Marcos 1:14). Pero el catolicismo anuló este mensaje al decir que la Iglesia es el reino. Y Lutero, por su parte, enseñó que el evangelio era simplemente la historia de lo que Cristo hizo por nosotros y cómo los seres humanos pueden ser justificados por fe.

El sábado y las fiestas. Jesús, los apóstoles y la Iglesia original guardaron el sábado y las fiestas bíblicas. Durante los siglos II y III, el catolicismo abandonó estas observancias y las reemplazó con el domingo y fiestas tomadas del paganismo. Lutero mantuvo la observancia del domingo e incluso atacó duramente a los cristianos que guardaban el séptimo día, sábado. Hoy en día casi todas las denominaciones protestantes siguen guardando los días establecidos por Roma en lugar de aquellos instituidos en la Biblia.

El cristianismo y las obras. Jesús enseñó que los cristianos deben buscar la perfección (Mateo 5:48) y obedecer los Diez Mandamientos (Mateo 19:17). La iglesia romana agregó a esto muchas obras antibíblicas que según ellos son necesarias para obtener la salvación, en tanto que omitió algunas fundamentales de los Diez Mandamientos originales. Lutero se opuso correctamente a muchas de las obras antibíblicas que la iglesia romana había agregado, pero cayó en el error de confiar sólo en la fe (sola fide) y rechazar el requisito de las obras ordenado por Dios. Es por eso que se erizaba frente a la epístola de Santiago (consulte Santiago 2:20, 26).

Estos son tan sólo tres ejemplos que demuestran que, si bien Lutero y los otros reformistas tenían razones válidas para protestar contra el catolicismo, no fueron lo suficientemente lejos como para corregirlo bíblicamente. En lugar de restaurar la verdad, mantuvieron enseñanzas equivocadas e introdujeron otras propias. Como consecuencia, hasta el día de hoy el catolicismo y el protestantismo siguen siendo diferentes de la Iglesia del Nuevo Testamento fundada por Jesucristo.