Vida, Esperanza y Verdad

De la edición Enero/Febrero 2018 de la revista Discernir

¿“Bueno” sin Dios?

La manera en que definimos palabras como “bueno” y “malo” determina cómo vivimos nuestra vida. ¿Dónde encontramos las definiciones correctas?

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“De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás” (Génesis 2:16-17).

Eso era todo.

Así de sencilla fue la primera orden registrada que Dios les dio a nuestros primeros padres.

Adán y Eva vivían en el paraíso y, para seguir ahí, sólo tenían que mantenerse alejados de un árbol.

Un. Simple. Árbol.

Pero acercarse era tentador. No se trataba de cualquier árbol, era el árbol de la ciencia del bien y del mal. Cuando Satanás, “la serpiente antigua, que…engaña al mundo entero” (Apocalipsis 12:9) les prometió que ese árbol los haría “como Dios, sabiendo el bien y el mal” (Génesis 3:5), Adán y Eva cedieron a la tentación y comieron del fruto prohibido.

El resto, como dicen, es historia.

Una decisión

Algunas personas leen la historia del jardín de Edén y se preguntan por qué Dios quería negarles a Adán y Eva el acceso al conocimiento. Eso fue lo que Satanás les hizo creer: “sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos” (Génesis 3:5, énfasis añadido). “Dios los está limitando”, les dijo en otras palabras, “Quiere mantenerlos ciegos; que sigan siendo ignorantes”.

¿Pero, fue eso lo que pasó realmente?

El árbol de la ciencia del bien y del mal representaba una decisión —la misma decisión básica que la humanidad ha enfrentado desde el principio: podemos confiar en Dios para que nos muestre la diferencia entre el bien y el mal, o podemos tratar de definir esa diferencia por nosotros mismos. Al comer del fruto prohibido, Adán y Eva optaron por definirla ellos. Durante los 6.000 años de historia siguientes, la humanidad ha estado siguiendo sus pasos.

Hacer versus Definir

Hace algunos años, la Alianza Laica de Estudiantes lanzó una campaña publicitaria en la que uno de los anuncios decía: “La segunda persona más rica del mundo donó $26.000 millones de dólares a beneficencia. Bill Gates es bueno sin Dios. ¿Y usted?”.

La campaña en sí estaba basada en un dilema filosófico muy profundo: “¿Se pueden hacer cosas buenas sin creer en Dios?”. La respuesta es que…

Sí.

Absolutamente.

De hecho sucede todo el tiempo. Hay personas ateas que hacen cosas muy buenas, y creyentes que hacen cosas horribles. Creer o no creer en Dios no nos impide hacer el bien o el mal.

Pero, detrás de esta discusión, yace otra pregunta aún más compleja:

¿Se puede definir el bien sin Dios?

Me suena bien

Sin duda lo hemos estado intentando. Por mucho, mucho tiempo, filósofos y religiosos han debatido acerca del significado de palabras como “bueno” y “malo”, y “correcto” e “incorrecto”. Pero esto es un síntoma del verdadero problema. Claro, una persona puede hacer cosas buenas sin creer en Dios, pero ¿cómo saber a ciencia cierta qué es bueno y qué es malo?

Parece una simple cuestión de semántica, pero es más importante que eso. ¿Cómo se define la diferencia entre el bien y el mal?

Tal vez sea algo intuitivo, y simplemente sepamos lo que es bueno cuando lo vemos.

Pero… ¿qué pasa cuando alguien define el bien y el mal de forma diferente? ¿Quién tiene la razón entonces? ¿Y cómo podemos estar seguros?

Bueno, en ese caso tal vez sea un concepto que define la mayoría. Algo es bueno cuando suficientes personas lo reconocen como tal.

Pero… ¿qué pasa con cosas como el holocausto? Si los nazis hubieran ganado la Segunda Guerra Mundial y hubieran convencido al mundo de que los judíos y otras minorías son formas inferiores de vida, ¿se convertiría el holocausto en algo bueno? Claramente no. El holocausto fue un evento malo y errado sin importar cuánta gente diga lo contrario.

Entonces, quizá tenga que ver con la biología. Algunos evolucionistas creen que los valores morales son un producto de la evolución que inventamos para avanzar como especie.

Pero si eso es cierto, ¿cómo reconciliamos valores como el autosacrificio con el principio de la supervivencia del más apto?

De acuerdo, entonces tal vez el bien y el mal sean conceptos basados en algo mayor que nosotros, que simplemente existen en el universo. Lo único que los filósofos pueden hacer es proponer sus opiniones y observaciones, y ni siquiera los científicos son capaces de encontrar una ley que defina el bien y el mal, así como encuentran leyes que rigen la trayectoria de una pelota en el aire o la velocidad de la luz en el vacío.

¿Entonces, cómo podemos definir el bien y el mal al fin y al cabo?

Encontrar el estándar

Este es el gran secreto: en el jardín de Edén no se trataba de conocer el bien y el mal. Se trataba de saber quién es el que puede definir lo bueno y lo malo. La pregunta en cuestión era: “¿quién es capaz de definir estos conceptos?”. Adán y Eva apostaron por sí mismos. Pero en el tiempo que ha transcurrido desde entonces, la verdad se ha vuelto dolorosamente obvia: los seres humanos no somos capaces de encontrar un estándar objetivo sin Dios. Y sin un estándar objetivo, no hay forma de saber de una forma concluyente “qué es bueno y qué es malo”. Lo único que nos queda son opiniones. Conjeturas. Disparos al aire.

Por otro lado, para caminar con Dios, es necesario que estemos dispuestos a hacer lo que Adán y Eva no hicieron: confiar en que Él es más capaz que nosotros.

Como seres humanos, esto sin duda puede costarnos mucho. Puede sernos muy difícil aceptar un “porque Dios lo dice” como nuestra razón para hacer algo. Nuestra tendencia siempre es buscar algo más —una explicación, una lógica, una descripción detallada de causa y efecto—, pero aunque a veces Dios nos da esta información, no siempre es así. A veces ni siquiera estamos de acuerdo con lo que Dios espera de nosotros, y en esos momentos puede costarnos aceptar su decisión. Después de todo, ¿por qué debería ser Dios quien defina lo bueno y lo malo?

La respuesta —la obvia respuesta que salta de inmediato a la vista y que no siempre queremos admitir— es: “Porque Él es Dios”.

Él es el Dios inmortal, eterno, e inalterable que no tiene límites de tiempo ni espacio. Su carácter es el amor y sus estándares nunca son arbitrarios, sino que están diseñados para el beneficio de todos. Él entiende perfectamente todo lo que ha sucedido y sucederá a través de la historia, y conoce las infinitas complejidades de nuestra vida de una manera que ni siquiera podemos imaginar.

Si el bien y el mal existen como conceptos en el universo, entonces Dios es el más apto para entenderlos y explicarlos, porque Él creó el universo.

Y al ser parte de esa creación, los seres humanos parecemos venir con un sentido de lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto. Al parecer, todos pensamos igual con respecto a cosas como la doble moral y la hipocresía. ¿Por qué? ¿De dónde salió este sentido y cómo podemos afinarlo para hacerlo más preciso?

Necesitamos afinación

Dios creó al ser humano con una conciencia. Esa conciencia es moldeada por nuestros padres y nuestra sociedad y, ya sea que lleguemos a conocer a Dios y su ley o no, nos permite tener cierto sentido de lo que es bueno y lo que es malo. Por eso la mayoría de nosotros se siente culpable cuando miente, y pensar en un asesinato nos produce inquietud y horror. En cambio, ayudar a otros nos deja un sentimiento agradable. Algo en nuestro interior se conmueve ante cosas como éstas, y tendemos a etiquetar esos sentimientos como indicativos del “bien” y el “mal”.

Sin embargo, nuestra conciencia es imperfecta. La Biblia nos advierte que “Hay camino que al hombre le parece derecho; pero su fin es camino de muerte” (Proverbios 14:12), y “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?” (Jeremías 17:9). En otras palabras, la conciencia humana debe ser educada. No obstante, tiende a corromperse, a errar y a olvidarse fácilmente. Es un mecanismo para distinguir entre el bien y el mal, cierto, pero al mismo tiempo es un mecanismo que necesita afinación.

Luego de revelarles a los israelitas las instrucciones de Dios, Moisés explicó que “los mandamientos del Eterno y sus estatutos” son “para tu bien” (Deuteronomio 10:13, Reina Valera Actualizada 2015). Las leyes de Dios no son arbitrarias. Son instrucciones que contienen las claves para poder conocer y hacer el bien.

Mientras más aprendamos y sigamos esas leyes, más se afinará nuestra conciencia. Y cuando decidimos dejar de comer simbólicamente del árbol de la ciencia del bien y el mal —cuando decidimos permitir que Dios nos muestre la diferencia entre el bien y el mal, en lugar de definirla nosotros mismos—, podemos ir a la Biblia y encontrar el discernimiento que necesitamos.

Si a eso le añadimos el Espíritu Santo que Dios nos ofrece (2 Timoteo 1:6), también podemos empezar a entender cómo funciona la mente de Dios. Así, comenzaremos a ver no sólo qué cosas son buenas y malas, sino por qué lo son. Con Dios como nuestro guía, podemos empezar a tomar las decisiones que nos llevarán a una vida más feliz y satisfactoria.

Buenos con Dios

Es cierto que se pueden hacer cosas buenas sin Dios a nuestro lado. Cualquiera puede, y muchos lo hacen.

Pero hacer el bien y ser bueno —comprender verdaderamente el bien e interiorizarlo en nuestro carácter — son cosas muy diferentes.

Si seguimos los pasos de Adán y Eva, tratando de entender las cosas por nosotros mismos, tal vez acertemos algunas veces. Sin embargo, también cometeremos errores. Muchos en verdad. Y la peor parte es que no siempre sabremos cuál es la diferencia antes de que sea demasiado tarde.

Jesús explicó que “Ninguno hay bueno sino uno: Dios” (Mateo 19:17). Cuando vivimos alejados de sus estándares, lo mejor que podemos hacer es adivinar, y adivinar no es suficiente. No podemos ser realmente buenos sin Dios, porque sólo Dios es bueno.

Podemos hacer cosas buenas, sí, pero sin Él jamás alcanzaremos nuestro verdadero potencial. No cumpliremos el propósito por el que fuimos creados.

En realidad, caminar con nuestro Creador —confiar en su guía y dejar que Él nos muestre el camino— se trata de mucho más que sólo ser buenos. Se trata de ser mucho mejores de lo que podríamos llegar a ser por nuestra propia cuenta.

Para descubrir más acerca de los valores que Dios define como buenos, y saber cómo algún día cambiarán el mundo, lea nuestro artículo “Valores cristianos”. 

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