¿Cómo perdonar?

“Errar es humano, perdonar es divino”. En teoría, esto suena bien. Pero, ¿qué sucede cuando las ofensas son realmente graves?

Perdonar a quien nos hiere u ofende nunca es la reacción natural. Por el contario, nuestra naturaleza humana tiende a guardar rencor y a veces incluso buscar venganza. Por esto necesitamos aprender a perdonar; no sólo es lo correcto, sino que también es lo más sano. Sin embargo, algunas veces puede ser muy difícil.

Perdonar es una decisión personal que puede convertirse en un verdadero desafío. Para aprender a perdonar genuinamente necesitamos repasar algunos conceptos básicos; los temas que trataremos a continuación pueden ayudarle en esta tarea.

Perdonar ayuda a sanar nuestras emociones

Cuando perdonamos, no sólo ayudamos a otros a sanar sus heridas emocionales, también estamos sanando las nuestras. Según un interesante artículo del sito web Mayo Clinic, perdonar puede traer los siguientes beneficios:

“Librarse de rencores y amargura puede abrir paso a la compasión, la bondad y la paz. Perdonar permite tener:

  • Relaciones más sanas
  • Mayor bienestar sicológico y espiritual
  • Menos ansiedad, estrés y hostilidad
  • Disminución en la presión sanguínea
  • Menos síntomas de depresión
  • Menor riesgo de abuso de alcohol y substancias peligrosas”

Dejar atrás viejos resentimientos y hostilidades le permite ser libre para seguir adelante con su vida y abrir la puerta a emociones y experiencias positivas.

Perdonar no implica impunidad

Perdonar no significa justificar una acción incorrecta o hiriente; el perdón no implica que la injusticia quedará impune para siempre. Pero es Dios quien finalmente decidirá qué es justo y cuándo se hará justicia.

Tal como leemos en 2 Corintios 5:10: “es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo”.

Es probable que las cosas parezcan injustas a corto plazo; a veces el viejo dicho de que “los buenos siempre ganan” parece no ser cierto a nuestro alrededor. Pero, aun así, Dios no quiere que busquemos venganza o retribución por nosotros mismos cuando alguien nos ofende o lastima. Por eso nos dice: “Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres. No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor” (Romanos 12:18-19; énfasis añadido).

Dios es paciente y por ello no va a aplicar un castigo inmediatamente después de que algo malo ocurra. Recordemos la afirmación de Mateo 5:45: “para que seais hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos” (Mateo 5:45).

Dios juzgará al mundo entero por sus acciones cuando y como Él lo decida. Cuando decidimos perdonar a alguien no estamos justificando su injusticia; estamos tomando la decisión de olvidarla, seguir adelante con nuestras vidas y dejar todo en las manos de Dios.

Aprender a perdonar es lo correcto

Jesucristo enseñó constantemente sobre la necesidad de perdonar a quienes nos ofenden. Cuando Pedro le preguntó si debía perdonar a una persona hasta siete veces, probablemente pensó que ese número sería más que suficiente, Cristo le respondió que debía hacerlo “hasta setenta veces siete” (Mateo 18:21-22). Claramente, esta respuesta implica que siempre deberíamos estar dispuestos a perdonar y que no existe un límite de veces para hacerlo.

En Mateo 18:23-35, Cristo relató una parábola acerca de un siervo inmisericorde. El protagonista de esta historia tenía una gran deuda que no podía pagar, por lo que su amo ordena que se le venda a él y su familia como esclavos para saldarla. Pero, al ver cómo el siervo implora misericordia, el amo le perdona la deuda (vv. 23-27). Sin embargo, después de haber sido perdonado, el siervo no fue capaz de mostrar misericordia con un hombre que le debía una cantidad mucho más pequeña y se la cobró despiadadamente (vv. 28-31).

Al darse cuenta, el amo llamó al siervo y, por no haber aprendido a perdonar, le dijo: “Siervo malvado, toda aquella deuda te perdoné, porque me rogaste. ¿No debías tú también tener misericordia de tu consiervo, como yo tuve misericordia de ti?” (vv. 32-33). Finalmente, el amo entregó al siervo “a los verdugos” hasta que pudiera pagar toda su deuda.

El ejemplo de Jesucristo

¡Cristo dio su propia vida irreprensible por el perdón de nuestros pecados! Y cuando estaba a punto de morir en las manos de sus perseguidores, le pidió al Padre: “perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34). ¡Qué palabras tan profundas y qué ejemplo para nosotros!

A menudo las personas pueden causar daño sin ser conscientes de ello. Muchas veces, si la persona que comete una ofensa supiera que lo está haciendo, corregiría su comportamiento. Veamos lo que Pablo escribió lo siguiente a los Corintios luego de la muerte de Cristo: “Mas hablamos sabiduría de Dios en misterio, la sabiduría oculta, la cual Dios predestinó antes de los siglos para nuestra gloria, la que ninguno de los príncipes de este siglo conoció; porque si la hubieran conocido, nunca habrían crucificado al Señor de gloria” (1 Corintios 2:7-8).

En la actualidad, Dios ha revelado su verdad sólo a pocas personas; la gran mayoría desconoce sus valores y su ética moral. Por esto, es muy importante que sigamos el ejemplo de Cristo si queremos aprender a perdonar: “perdónalos, porque no saben lo que hacen”.

En Efesios 4: 31-32 encontramos un consejo que resume esta enseñanza: “Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia. Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo”.

Guardar rencor y amargura puede ser muy destructivo

Veamos otro comentario del sitio Mayo Clinic sobre lo perjudicial de guardar rencor y rehusarse a perdonar:

“Si usted decide no perdonar, es probable que deba pagar el precio repetidamente al tener que cargar con esa ira y amargura en todas sus relaciones y experiencias futuras. Aquello que no perdone podría llegar a ser tan importante en su vida que no le dejará disfrutar del presente”.

Y la Biblia también nos habla sobre esto en el libro de Efesios, donde Pablo explica que cuando no perdonamos y olvidamos, Satanás puede aprovecharse de nuestro enojo para entrar en nuestra mente: “Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo, ni deis lugar al diablo” (Efesios 4:26-27).

En el pasaje anterior, el apóstol cita Salmos 4:4, donde leemos: “Temblad, y no pequéis; meditad en vuestro corazón estando en vuestra cama, y callad”. En otras palabras, ¡no se deje controlar por su enojo! Una mente sana siempre decidirá no aferrarse a emociones negativas ni a la amargura.

¡Decida perdonar!

Perdonar a los demás es una decisión personal. Muchas personas deciden no hacerlo porque piensan que dejarán una ofensa impune o que, si no se hace algo al respecto, la injusticia nunca será corregida.

Pero el hecho es que, si usted se rehúsa a perdonar y seguir adelante con su vida, se estará lastimando más de lo que lo han lastimado en primer lugar. Es por esto que le invitamos a meditar en los beneficios del perdón que le hemos descrito anteriormente y a hacer algo al respecto. ¡Decida perdonar!