La Pascua y el perdón

La ceremonia de la Pascua del Nuevo Testamento, es una de las fiestas cristianas más solemnes. También enseña una gran lección de perdón.

La Pascua bíblica es un recordatorio anual del momento en que Dios pasó por alto las casas de los israelitas y salvó a los primogénitos de la muerte. Los israelitas habían sido esclavos durante varios años antes que, Dios trabajara con Moisés para guiarlos fuera de Egipto, liberándolos de la esclavitud.

Pero debemos darnos cuenta de algo importante, y es que después de que Israel fue liberado de la esclavitud de los egipcios, entraron en un pacto con Dios —obedecerlo y servirlo (Éxodo 24:3-8). Al entrar en este pacto y quedar bajo la autoridad de Dios, se convirtieron en sus siervos. Como dijo Dios: “Porque mis siervos son los hijos de Israel; son siervos míos, a los cuales saqué de la tierra de Egipto. Yo el Eterno vuestro Dios” (Levítico 25:55).

La lección para nosotros hoy

Sin embargo Israel no siguió fielmente a Dios, sino que continuaron quebrantando sus leyes. Cuando miramos ea época del pasado, podemos ver que hay una lección para nosotros hoy: después de que somos liberados de la esclavitud del pecado, ¡también debemos convertimos en siervos de Dios!

En Romanos 6:16-18, 22 se explica esto: “¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis, sea del pecado para muerte, o sea de la obediencia para justicia? Pero gracias a Dios, que aunque erais esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados; y libertados del pecado, vinisteis a ser siervos de la justicia… Más ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna”.

En otra ocasión, Pablo habló refiriéndose a él y a Timoteo como “siervos de Jesucristo” (Filipenses 1:1). Y exhortó a todos los cristianos a que se vieran a sí mismos como “siervos” de Cristo (Efesios 6:6-8).

Para los que estamos viviendo bajo el Nuevo Pacto, la Pascua no es solo un recordatorio anual de cuando Dios liberó a Israel de la esclavitud en Egipto, más importante aún, es un momento para reflexionar en el máximo sacrificio del hijo de Dios y nuestro salvador Jesucristo, quien nos liberó de la esclavitud del pecado.

Para ser liberados realmente de una vida de esclavitud al pecado, debemos aceptar el sacrificio de nuestro salvador Jesucristo. Sólo por su sangre derramada, la sangre del Nuevo Pacto, pueden ser perdonados nuestros pecados y convertirnos en siervos de Dios y de Cristo (1 Juan 1:7).

Que hizo Jesús

Jesús, la noche antes de que fuera crucificado, les dio a sus discípulos los símbolos del Nuevo Pacto mientras compartían durante la cena de la Pascua. Mateo, Marcos, Lucas y más adelante el apóstol Pablo, escribieron acerca de estos símbolos relacionados a la Pascua.

En 1 Corintios 11:23-26, Pablo afirma: “Porque yo recibí del Señor lo que también os he enseñado: Que el Señor Jesús, la noche que fue entregado, tomó pan; y habiendo dado gracias, lo partió, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo que por vosotros es partido; haced esto en memoria de mí. Asimismo tomó también la copa, después de haber cenado, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre; haced esto todas las veces que la bebiereis, en memoria de mí. Así, pues, todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga”.

A menudo Jesús utilizaba cosas físicas para enseñar verdades espirituales, y sus discípulos con frecuencia lo malentendían. Un ejemplo de esto es cuando Él les dijo a sus discípulos que: “Mirad, guardaos de la levadura de los fariseos y de los saduceos” (Mateo 6:16). Los discípulos pensaron que Jesús estaba refiriéndose al pan, entonces Cristo tuvo que explicarles que estaba hablando de la doctrina de los fariseos y de los saduceos (vv. 11-12).

Cuando Jesús introdujo los símbolos de la Pascua del Nuevo Pacto, primero se los dio a sus discípulos y después les explicó el significado espiritual. Él tomó pan, lo partió, se los dio a comer y después les explicó que representaba su cuerpo. De una forma similar, tomó una copa de vino y les dijo que bebieran de ella porque representaba su sangre del Nuevo Pacto.

Lavamiento de los pies

Jesús también introdujo otro nuevo aspecto de la ceremonia de la Pascua del Nuevo Pacto: el lavamiento de los pies.

Juan dijo: “sabiendo Jesús que el Padre le había dado todas las cosas en las manos, y que había salido de Dios, y a Dios iba, se levantó de la cena, y se quitó su manto, y tomando una toalla, se la ciñó. Luego puso agua en un lebrillo, y comenzó a lavar los pies de los discípulos, y a enjugarlos con la toalla con que estaba ceñido. Entonces vino a Simón Pedro; y Pedro le dijo: Señor, ¿tú me lavas los pies? Respondió Jesús y le dijo: Lo que yo hago, tú no lo comprendes ahora; mas lo entenderás después. Pedro le dijo: No me lavarás los pies jamás. Jesús le respondió: Si no te lavare, no tendrás parte conmigo” (Juan 13:3-8).

La ceremonia del lavado de los pies refleja el servicio y la humildad que un cristiano debe tener. También nos enseña acerca de nuestra relación personal con Jesucristo —porque Cristo dijo que “no tendríamos parte” con Él si nos rehusábamos al lavamiento de pies.

Definitivamente Pedro quería tener parte con Cristo, entonces le dijo a Jesús: “Le dijo Simón Pedro: Señor, no sólo mis pies, sino también las manos y la cabeza” (v. 9). Básicamente Pedro le estaba diciendo a Jesús que no solo lavara sus pies, si no todo su cuerpo. A esta petición, Jesús le respondió: “El que está lavado, no necesita sino lavarse los pies, pues está todo limpio; y vosotros limpios estáis, aunque no todos” (v. 10).

Jesús sabía que esa sería la última Pascua que celebraría con sus discípulos. Él sabía que su hora había llegado y que había llegado el momento de morir por los pecados del mundo. Entonces le dijo a Pedro, y se aplica para nosotros también: “Si no te lavare, no tendrás parte conmigo” (Juan 13:8).

El perdón

Siguiendo el ejemplo de Cristo con sus discípulos, los miembros de la Iglesia de Dios nos lavamos los pies mutuamente antes de participar de los símbolos del pan y del vino, representando nuestra necesidad de ser humildes y de servir.

Continúa en Juan 13:12-15: “Así que, después que les hubo lavado los pies, tomó su manto, volvió a la mesa, y les dijo: ¿Sabéis lo que os he hecho? Vosotros me llamáis Maestro, y Señor; y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros. Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis”.

Debemos lavarnos los pies mutuamente por muchas razones espirituales. No solo nos recuerda que Jesucristo nos dio ejemplo en todas las cosas, especialmente en cómo debemos tratarnos y servirnos los unos a los otros, también nos recuerda cómo debemos amarnos unos a otros —y el amor nos obliga a perdonar. Entonces, ¿qué fue lo que Jesús hizo con sus discípulos? Les lavó los pies. Fue un acto de humildad con una actitud de servicio. Después Él les enseñó a que se lavaran los pies entre ellos —para que ellos tuvieran el mismo acercamiento humilde hacia sus condiscípulos. Y fuera de eso, una de las formas en que los discípulos de Cristo deben servir a los demás, es amándolos y perdonándolos —porque Cristo nos perdonó a todos nosotros.

Incluso, al dar las instrucciones para orar, Jesús dijo: “Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; más si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas” (Mateo 6:14-15). Entonces vemos que Dios va a perdonar nuestros pecados así como nosotros perdonamos a los demás.

Debemos lavarnos los pies mutuamente por muchas razones espirituales. No solo nos recuerda que Jesucristo nos dio ejemplo en todas las cosas, especialmente en cómo debemos tratarnos y servirnos los unos a los otros, también nos recuerda cómo debemos amarnos unos a otros —y el amor nos obliga a perdonar.

El ejemplo de Jesús

Con esto en mente, consideremos el hecho de que poco después de que Jesús dijera esas palabras, fue llevado preso, juzgado y asesinado. Miremos lo que Jesús dijo justo antes de morir: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34).

El ejemplo de Cristo al perdonar a los hombres que lo estaban torturando y matando, es quizás uno de los ejemplos más difíciles de seguir. A pesar de todo leemos que Esteban fue lo suficientemente fuerte para seguir el ejemplo de Cristo. “Y apedreaban a Esteban, mientras él invocaba y decía: Señor Jesús, recibe mi espíritu. Y puesto de rodillas, clamó a gran voz: Señor, no les tomes en cuenta este pecado. Y habiendo dicho esto, durmió” (Hechos 7: 59-60). ¡Esteban siguió el ejemplo de Cristo perfectamente!

Nuestro reto hoy en día es seguir el ejemplo de Cristo y estar dispuestos a perdonar a los demás —incluso si abusan y nos maltratan. Esto no significa que debamos aceptar y tolerar el abuso; significa que no debemos albergar resentimiento o rencor hacia nadie. Esto lo podemos hacer, sabiendo que en algún momento Dios va a juzgar a todos por sus actos (Romanos 14:10; 2 Corintios 5:10).

La Pascua es en realidad una de las fiestas cristianas más solemnes. Con la Pascua del Nuevo Testamento, se nos recuerda la sangre derramada de Cristo, su cuerpo destrozado por nuestros pecados personales y el tomar parte de una de las ceremonias más humildes de todas —el lavamiento de pies.