¿Qué es el Espíritu santo?

Las ideas acerca del Espíritu Santo han cambiado desde que éste fue dado a la Iglesia del Nuevo Testamento en el Día de Pentecostés. ¿Qué podemos aprender del Espíritu Santo de los creyentes del primer siglo?

El derramamiento del espíritu santo en el Día de Pentecostés en el año 31 d.C. fue un evento monumental en la historia de la Iglesia. Este suceso milagroso registrado en Hechos 2 cambiaría para siempre la vida de los discípulos de Jesús que estaban reunidos en la Fiesta de Pentecostés —y la vida de todos aquellos que seguirían sus pisadas.

También dio a estos miembros fundadores de la Iglesia del Nuevo Testamento un mayor entendimiento del Espíritu Santo que el que la mayoría de las personas que habían vivido antes tuvieron.

Descartada la definición bíblica

Pero, extrañamente, en los siglos siguientes a esta monumental ocasión, la mayoría de personas descartaron el entendimiento cristiano primitivo acerca del Espíritu Santo, para evolucionar a una definición inventada por el hombre acerca de la Deidad.

Según esta nueva teoría, la tan bien conocida como “la trinidad”, el Espíritu Santo fue elevado para ser un miembro igual a la Deidad. En otras palabras, el Espíritu Santo, Dios el Padre y Jesucristo, fueron conocidos como tres entidades distintas que juntas conformaban el Dios trino.

Los teólogos han enunciado la idea de la trinidad para combatir el politeísmo —la creencia en varios dioses— y después de un largo debate han llegado finalmente al acuerdo general de que esta explicación de Dios debería ser un dogma central del cristianismo.

A pesar de la teoría sin bases bíblicas (la palabra trinidad no se encuentra en la Biblia), y los elementos misteriosos que desafían toda lógica (¿cómo pueden tres seres individuales ser un solo ser?), esta filosofía inventada por el hombre está firmemente arraigada en el cristianismo tradicional. De hecho, la mayoría de las iglesias piensan ahora que la adherencia a la doctrina de la Trinidad es la prueba de fuego para determinar si uno es cristiano o no.

Pero de esto surgen preguntas inquietantes. Por ejemplo, ¿tenían los teólogos el derecho de rechazar el entendimiento del Espíritu Santo que tenían los cristianos del primer siglo —las personas que realmente experimentaron el milagro de ese Pentecostés tan especial? ¿Por qué no dieron mayor consideración al entendimiento que Dios les dio a aquellos que tuvieron esa experiencia de primera mano?

Sus conceptos del Espíritu Santo no sólo contradicen la teología moderna, sino que además proveen una claridad muy necesaria para los aspectos tan confusos del trinitarismo.

Jesús preparó a sus seguidores para Pentecostés

En los días previos al Pentecostés en el año 31 d.C. Jesús les dijo a sus discípulos lo que iba a ocurrir pronto. En la ceremonia de la Pascua, que se llevó a cabo en la tarde antes de su crucifixión, Jesús les explicó que Él le pediría a su Padre que les diera a sus seguidores: “…otro Consolador…el Espíritu de verdad” para que morara con ellos y estuviera en ellos (Juan 14:16-17).

Después de estar tres días y tres noches en la tumba, tal como lo había predicho (Mateo 12:40), Jesús fue resucitado milagrosamente y se encontró con sus discípulos en Jerusalén y en Galilea (Mateo 26:32; 28:7). Antes de Pentecostés, el grupo regresó a Jerusalén.

“Y estando juntos, les mandó que no se fueran de Jerusalén, sino que esperasen la promesa del Padre, la cual, les dijo, oísteis de mí. Porque Juan ciertamente bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días” (Hechos 1:4-5).

Él siguió diciéndoles algo que ellos no comprendieron plenamente en esos momentos: “…recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra” (v. 8).

Tal como les habían dicho, los discípulos fueron a Jerusalén a celebrar Pentecostés y esperaron por el poder prometido que les daría el valor y el compromiso de predicar el evangelio del Reino de Dios a todo el mundo (Mateo 24:14).

En pocos días, el día santo llegó y con él, el don del Espíritu Santo.

El Espíritu Santo es dado a la Iglesia

¡La forma en que el Espíritu Santo llegó en ese Día especial de Pentecostés en el año 31 d.C. fue espectacular y asombrosa! Además del sonido del viento recio, aparecieron llamas de fuego en las cabezas de todos los creyentes que luego, inexplicablemente, comenzaron a hablar en otras lenguas (Hechos 2:2-4). Estas demostraciones inexplicables dejaron claro que algo inusual había ocurrido, algo que requería de un poder sobrenatural.

A medida que las multitudes de muchos países comenzaron a llegar a la escena, también fueron partícipes del milagro —cada uno entendía las palabras en su propio idioma. ¿Quién podría negar esta prueba de que el Espíritu ahora residía en los seguidores de Cristo? Ellos en verdad habían recibido el poder que nunca habían poseído antiguamente.

Su entendimiento del Espíritu Santo fue exactamente el que Cristo les había dicho —era el verdadero poder de Dios.

El Espíritu Santo después de Pentecostés del año 31 d.C.

Más tarde, al escribirle a la Iglesia en Roma, el apóstol Pablo se refirió al “poder del Espíritu Santo” (Romanos 15:13). Dijo que era este “poder del Espíritu Santo” el que le permitía a él hacer las señales y prodigios en su ministerio (v. 19). A Timoteo, Pablo le escribió: “Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio” (2 Timoteo 1:7).

Los cristianos del primer siglo entendieron claramente que el Espíritu Santo era el poder de Dios. Por medio del poder de su Espíritu, Dios los consoló durante las pruebas, los ayudó para aprender la verdad, los identificó como cristianos y les ofreció la promesa de la vida eterna. Pero no encontramos ninguna evidencia de que los cristianos consideraran el Espíritu Santo como un miembro separado de la Deidad.

En cuanto a la Deidad, Pablo anotó de una manera breve, la enseñanza que Dios le había dado a él y a los hermanos del primer siglo: “Para nosotros, sin embargo, sólo hay un Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas; y nosotros somos para él; y un Señor, Jesucristo, por medio del cual son todas las cosas, y nosotros por medio de él” (1 Corintios 8:6). ¡No se menciona al Espíritu Santo!

Las definiciones bíblicas

La Trinidad es sencillamente una invención humana. Las enseñanzas bíblicas solamente mencionan una Deidad que está compuesta por Dios el Padre y su Hijo, Jesucristo. El Espíritu Santo es descrito y respetado como el poder de Dios, pero en ninguna parte se menciona que sea un ser aparte.

Hacia el fin del primer siglo, Judas amonestó a la Iglesia para que: “contendáis ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos” (Judas 1:3). Esta fe —incluyendo su explicación del Espíritu Santo— provee la única definición del Espíritu Santo respaldada en la Biblia.

Si desea aprender más acerca de esta definición establecida y enseñada por Dios a los seres humanos, vea la sección de Vida, Esperanza y Verdad, llamada: ‘El Espíritu Santo”.