Vida, Esperanza y Verdad

La franca confesión de un profesor de ciencias

Cualquiera pensaría que, siendo un profesor de ciencias, debo creer en la teoría de la evolución. Pero no es así. ¿Por qué?

[De nuestra edición Julio/Agosto 2015 de Discernir.]

Por qué no creo que el universo apareció y se desarrolló a partir de la nada? ¿Qué evidencias tengo para contradecir la teoría de la evolución? ¿Cómo puedo creer en la existencia de un Diseñador o Creador -un ser inteligente que planeó, hizo y sostiene todo el universo?

La verdad, tengo muchas razones para creer que el ámbito físico no es el resultado de la casualidad, sino del cuidadoso diseño del Creador. Éstas son dos de ellas:

Las leyes de la naturaleza

Todo lo que nos rodea está gobernado por las leyes que hacen al mundo funcionar: las leyes de la gravedad, la termodinámica, el movimiento, etcétera.

Analicemos la ley de la gravedad (la atracción entre dos piezas de materia). Es la fuerza que nos mantiene pegados al suelo, mantiene a la Luna girando alrededor de la Tierra y mantiene a todos los planetas del sistema solar girando alrededor del Sol.

Pero ¿de dónde salió esta ley? ¿Tiene un origen o apareció de la nada? ¿Cómo saben los cuerpos que tienen que atraerse? Esto es lo que la ciencia aún no puede responder.

Todos sabemos que Isaac Newton no creó la gravedad -y ni siquiera la descubrió. La gravedad existía desde mucho antes que él, y lo único que él hizo fue explicar sus observaciones científicamente. En la actualidad, 300 años después, la ciencia aún se pregunta cuál es el origen de esta fuerza. Algunos creen que proviene de una partícula, otros que es una propiedad de la materia, y otros que es un pliegue del eje espacio-tiempo. Pero en definitiva, los científicos simplemente no pueden explicar de dónde viene, cómo se inició, y de qué está compuesta la gravedad.

Por otro lado, la experiencia nos ha enseñado muy bien que las cosas no surgen de la nada. ¿Por qué entonces deberíamos creer que la gravedad (o cualquier otra ley de la naturaleza) simplemente “sucedió” o “apareció” por sí misma? Yo -y muchos otros científicos- no creemos que estas leyes se desarrollaron por sí mismas. Esto sencillamente carece de sentido.

Es interesante notar que todos los científicos llaman a estas fuerzas naturales “leyes”, y que éstas de hecho son reglas consistentes que gobiernan todas las cosas que existen. Más sorprendente aún es que existe una fuente mucho más antigua que Isaac Newton donde se revela el verdadero origen de todas las leyes del universo, incluyendo la ley de la gravedad. Esa fuente es la Biblia.

Como dice Santiago 4:12: “Uno solo es el dador de la ley”. Ese dador de la ley es el Creador que diseñó e hizo el universo y nuestro planeta. Y, cuando creó el universo, Él creó las leyes físicas que gobiernan el comportamiento de la creación y las leyes espirituales que gobiernan el comportamiento humano.

La complejidad de la naturaleza

El ser humano tiene una larga y fascinante historia de intentos por comprender y comprobar las complejidades de la naturaleza.

Ya alrededor del año 400 a.C., el filósofo griego Demócrito imaginó que la materia estaba compuesta de partículas minúsculas a las que llamó “átomos” o, en su lenguaje, partículas “indivisibles” (atomos significa literalmente “sin cortes”). Luego, otros filósofos griegos imaginaron que los átomos se juntaban para formar moléculas y tenían masa o peso. La verdad era que ellos estaban muy adelantados para su época. Lamentablemente hubo ideas equivocadas que tomaron la delantera frente a estos conceptos y opacaron la noción del átomo durante miles de años.

No fue sino hasta el siglo XVI que el átomo volvió a entrar en escena, y ya para principios del siglo XIX los científicos que estaban haciendo experimentos obtuvieron resultados que sólo podían explicarse por la existencia de los átomos. Finalmente, los datos experimentales comprobaron que el átomo era una realidad.

En los 100 años siguientes, los científicos pensaron que el átomo era el bloque indivisible que constituía la materia y creían que no existía nada más pequeño que el átomo. Pero poco antes de que comenzara el siglo XX, ocurrió el descubrimiento de la radioactividad. La radioactividad es la desintegración o el rompimiento de un átomo, a través de la emisión de partículas y/o energía de su núcleo. Por esa misma época se descubrieron los electrones y los protones, que, junto a los neutrones, resultaron ser las partículas emitidas en la desintegración radiactiva.

Entonces, ¡el átomo no era la pieza más pequeña de la materia después de todo!

Los científicos intentaron hacer modelos sencillos del átomo, pero, a medida que avanzaban las investigaciones, sus modelos se volvían cada vez más complejos. Detallar las órbitas de los electrones alrededor del núcleo resultó ser mucho más difícil que describir las órbitas de los planetas, y se requirieron complejas ecuaciones matemáticas para explicar el comportamiento de estas pequeñas partículas (así como determinar su probable posición en el espacio). Además, mientras más átomos dividían los investigadores, más partículas subatómicas encontraban. Así descubrieron los “gluones”, que se cree que unen a los protones con los neutrones. También descubrieron fuerzas invisibles que mantienen el núcleo compacto y que cuando éste se rompe, libera grandes cantidades de energía. Aunque alguna vez se pensó que eran partículas que no se podían dividir más, los protones y neutrones mostraron que consistían en partículas del tamaño de un electrón, llamados “quarks”.

¡Mientras más estudiamos el átomo, más nos asombra su increíble complejidad!

Después de estudiar todo esto, tuve que preguntarme: ¿podría una estructura tan fascinante haber surgido de la nada? La evidencia me llevó a concluir que el átomo tuvo que haber sido diseñado y creado por alguien. Sencillamente no es lógico creer que simplemente apareció. Es demasiado complejo para que esto ocurriera. Tuvo que haber sido hecho —creado.

Sin embargo, la teoría de la evolución quiere y espera que nosotros creamos que los átomos y la materia surgieron de la nada en el momento del evento inicial: el Big Bang.

Creer en un Creador requiere de fe

Es cierto que creer en un Ser supremo que creó todas las cosas requiere de fe. Tal vez algunos digan que esto es una fe ciega. ¿Es ciega en verdad?

Para mí creer que el universo físico y sus leyes surgieron por sí mismos, como un simple producto del azar, es algo que implica una fe más ciega. La evolución es una teoría que no se puede probar —es el intento del hombre por explicar el mundo sin un Creador. Contrario a lo que sucede con la teoría atómica, de la cual existe una evidencia sólida, no hay pruebas de que la evolución haya ocurrido.

Por supuesto, querer sacar a Dios del cuadro no es nada nuevo. Lea cuidadosamente esto que alguien escribió hace casi dos mil años atrás: “habiendo conocido a Dios, [los seres humanos] no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido. Profesando ser sabios, se hicieron necios, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles… ya que cambiaron la verdad de Dios por la mentira, honrando y dando culto a las criaturas antes que al Creador, el cual es bendito por los siglos”. Éstas son las palabras del apóstol Pablo en Romanos 1:21-23, 25, al describir la historia de la negativa de la humanidad a aceptar la Palabra de Dios.

Al rehusarse a aceptar a Dios como el Creador, el hombre ha inventado sus propias ideas —¡creencias que requieren de una fe indiscutiblemente ciega para ser aceptadas!

¿Pero qué clase de fe necesitamos para creer en Dios? Hebreos 11:1 describe la fe en Dios como “la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve”. ¿Implica esto que también hablamos de una “fe ciega” (algo que “no se ve”)?

Romanos 1:20 nos describe la evidencia de Dios en las obras de sus manos: “las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa”.

¡Ésta es una afirmación categórica! Podemos observar lo que existe y “ver” —entender claramente— los atributos invisibles de Dios.

Ésta es mi fe y mi creencia. Cuando veo cosas como las que he descrito -las leyes que gobiernan el universo y la complejidad de la naturaleza- veo claramente la mano de Dios. Y también soy, por mi profesión y entrenamiento, un científico. Creo firmemente que, cuando la estudiamos bien, la ciencia respalda más la existencia y la lógica de un Creador que la teoría de un mundo natural que de alguna manera se juntó por azar. También veo que la existencia de un Creador le da un sentido y un propósito a nuestra existencia que la evolución jamás no podrá dar.

Haga lo que les pido a mis alumnos: estudie la pregunta desde todos los ángulos antes de sacar conclusiones. Y, si está dispuesto a darle una oportunidad a Dios, Él con gusto estará dispuesto a guiarlo en su búsqueda. Usted puede pedirle que le quite la ceguera. Cuando haya estudiado todos los aspectos de la pregunta con la guía de Dios, entonces tome una decisión.

Ésa es la manera más científica —y correcta— de hacerlo.

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