¿Por qué pedir “Venga tu Reino”?

¿Por qué Jesucristo nos enseñó a orar por el Reino de Dios?

 ¿Sabe qué tienen en común Andrea Bocelli, Gladys Knight, Perry Como y los Beach Boys? Que todos interpretaron canciones inspiradas en las palabras de Mateo 6:9-13, más conocidas como “el Padre Nuestro”.

Incluso sin la música estos versículos son probablemente los más conocidos de toda la Biblia, aunque sólo unos pocos nos detenemos a pensar en su significado. Si usted lo ha hecho, quizá le hayan surgido algunas preguntas; o al menos eso me sucedió a mí cuando me iniciaba en la fe.

Una de las cosas que más me llamó la atención fue el comentario de Cristo, justo antes de comenzar su famosa oración: “no uséis vanas repeticiones… porque vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad, antes que vosotros le pidáis” (vv. 7-8).

Pero si Dios ya sabe lo que necesitamos, entonces, ¿por qué orar? Sobre todo, ¿por qué pedirle que venga su Reino (v. 10)? ¿No es más bien atrevido de nuestra parte aconsejar a Dios diciéndole básicamente: “Dios, ¿no te has dado cuenta del caos que hay acá abajo? ¿No crees que ya es tiempo de mandar a Jesucristo??”

Una inversión personal

Las primeras respuestas a mis preguntas vinieron de una fuente inesperada: el mundo de los negocios. Durante el medio siglo pasado los modelos de liderazgo han evolucionado, y tan solo gritar un montón de órdenes, esperando que los empleados trabajen por las metas de la compañía, simplemente ya no es efectivo.

Lo que los empresarios buscan ahora es inspirar una pasión propia por los objetivos corporativos en sus empleados. Pero para lograr esta “apropiación” de la filosofía y perspectiva de la empresa, los trabajadores necesitan percibir esas metas como suyas.

La lógica es sencilla: si alguien está rentando una casa o un automóvil, ¿los cuidará tanto como el dueño lo haría? Lamentablemente la mayoría no lo hace, y lo mismo sucede con todo en la vida. Sólo si las personas sienten que tienen una “inversión personal” en algo, se interesan y trabajan más por ello.

De la misma manera, cuando nosotros pasamos tiempo orando por el Reino de Dios, comenzamos a hacerlo nuestro; y no sólo eso, también comenzamos a crecer como cristianos.

Orar por el Reino

Debo confesar que cuando comencé a orar por el Reino, mis pensamientos aún no estaban donde debían estar. De hecho, lo primero que había en mi mente era el deseo de estar en el Reino de Dios. Y ese deseo no es malo, por supuesto, pero tampoco es suficiente, aunque es bastante común entre los “bebés” espirituales.

Los cristianos nuevos en la fe se parecen mucho a los bebés en que generalmente están enfocados en sus propias necesidades y miedos. Los bebés no pueden cambiarse los pañales ni prepararse un bocadillo por si mismos. Lo único que pueden hacer es llorar para que sus papás los cambien, los alimenten o los carguen. Un bebé no piensa en que llorar a las dos de la mañana significa otra noche en vela para mamá y papá.

Sin embargo, a diferencia de los padres humanos, Dios no necesita dormir. Él nunca se cansa de nuestras oraciones; pero, sí quiere más de nosotros porque quiere más para nosotros. Él quiere que amemos a nuestros hermanos, lo que incluye orar por sus necesidades. Y la necesidad número uno de la mayoría de los seres humanos en estos momentos es que Jesucristo salve al mundo de la autodestrucción y establezca el Reino de Dios.

Gemir y clamar

Ezequiel, un joven del linaje sacerdotal de Zadok, no tenía aún edad para servir en el templo cuando fue llevado cautivo a Babilonia. Pero mientras vivía en esa tierra extraña, en una de las épocas más difíciles para su pueblo, Ezequiel comenzó su labor como profeta, primero advirtiendo acerca de una destrucción inminente y luego proclamando la esperanza de la restauración.

En una impresionante visión, Dios dirigió la atención de Ezequiel hacia la idolatría que se había extendido en su tierra, alcanzando incluso los edificios del templo (Ezequiel 8). En el siguiente capítulo, Dios le ordenó a un ángel que pusiera “una señal en la frente a los hombres que gimen y que claman a causa de todas las abominaciones que se hacen en medio de [Jerusalén]” (Ezequiel 9:4). Luego, Dios encomendó a otros seis ángeles que pasaran por la tierra y mataran a todo el que no tuviera la señal (vv. 5-6).

Lo interesante de esto es que no fue suficiente con que las personas evitaran las prácticas paganas; también debían dolerse tanto con lo que estaba sucediendo que gimiesen y clamasen por ello. Debían lamentar el dolor que el pueblo de Judá y Jerusalén se estaban acarreando a sí mismos.

De la misma manera, nuestra motivación para orar por el Reino no puede ser sólo nuestro bienestar; debemos orar por toda la humanidad también.

Cuando miramos a nuestro alrededor, lo que vemos es gente perdida y sufriendo, temerosa y con dolor. La esperanza escasea en el mundo y todos están desesperados por escuchar buenas noticias. Por lo tanto, si nosotros somos de los pocos que han sido bendecidos con el entendimiento del evangelio (las “buenas noticias”), deberíamos gemir por el Reino para ayudar a una humanidad desesperanzada.

¡Pero incluso esto es insuficiente!

Como la gallina junta sus polluelos

Observemos el ejemplo de Jesucristo y lo que dijo tras reprender a los escribas y fariseos en cierta ocasión. En el capítulo 23 de Mateo, Cristo expresó su molestia siete veces, comenzando cada reproche con la frase “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!”. Su reprensión termina en el versículo 36 y, con tan larga demostración de enojo, cualquiera diría que lo único que había en el corazón de Jesús para las autoridades religiosas de su época era desdén. Pero eso no es cierto. De hecho, sus verdaderos sentimientos se demuestran en el versículo siguiente:

“¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste!” (v. 37).

Incluso mientras reprendía a los escribas y fariseos, Cristo nunca dejó de amarlos. Los humanos no pensamos como Dios y por eso a veces no entendemos que Él también desea la venida de su Reino. Saber esto nos lleva a la razón más importante por la que debemos pedir por el Reino de Dios: ¡que Dios mismo tiene el deseo de morar con nosotros!

Orar porque el Reino venga pronto es una inversión de nuestro tiempo y de nuestra vida que transformará nuestra mente y corazón. No se trata de convencer a Dios de que haga algo por nosotros; se trata de ver, anhelar y soñar con aquello que la humanidad tanto necesita y, especialmente, ¡aquello que Dios tanto desea!

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