Conociendo a Dios: un adelanto

En este número de Discernir, tenemos el agrado de presentar un pequeño adelanto del nuevo recurso que estará disponible próximamente en el Centro de Aprendizaje de VidaEsperanzayVerdad.org: “Conociendo a Dios”.

Éste será uno de tres blogs semanales diseñados para guiarlo en el estudio de algunas de las verdades más importantes de la Biblia —verdades que culminan en el maravilloso plan de Dios para la humanidad. Le invitamos a estar atento al lanzamiento oficial de “Conociendo a Dios”. Mientras tanto, lo dejamos con un anticipo de los primeros dos días.

Día 1: Dios, el autónomo

Hay muchas razones por las que usted no está muerto en este momento.

Tomemos la atmósfera, por ejemplo. La atmósfera de la Tierra tiene un delicado equilibrio entre oxígeno y otros gases, que le permite tomar una bocanada de aire sin sofocarse y morir. La historia sería diferente si estuviera, digamos, en el espacio exterior o bajo el agua.

Pero eso no es todo. Las leyes fundamentales del Universo (como la gravedad y la fuerza nuclear) también están en un equilibrio tan preciso que impiden la implosión o el desorden caótico de todo lo que conocemos. Los telómeros de sus cromosomas son lo suficientemente largos para que sus células se dividan y se reproduzcan, y su cerebro y demás órganos vitales trabajan en perfecta armonía para realizar la infinidad de funciones que lo mantienen con vida.

La lista podría continuar. Cada factor que agregamos deja más y más en claro que toda nuestra existencia depende de un sinnúmero de variables —todas equilibradas con perfecta precisión. Si una sola de ellas dejara de funcionar, nosotros también lo haríamos.

La cosa es diferente para Dios.

Dios no requiere de una atmósfera para sobrevivir; no depende de leyes físicas ni de circunstancias ambientales precisas. No envejece; no se enferma ni se debilita; no depende de absolutamente nada.

Piénselo por un segundo:

Nada.

No hay ninguna variable que pueda poner en peligro la existencia de Dios. Dios simplemente es. Sin restricciones, sin excepciones, sin dependencias. En las siguientes bellas palabras el salmista dice: “Desde el principio tú fundaste la tierra, y los cielos son obra de tus manos. Ellos perecerán, mas tú permanecerás; y todos ellos como una vestidura se envejecerán; como un vestido los mudarás, y serán mudados; pero tú eres el mismo, y tus años no se acabarán” (Salmos 102:25-27).

Cuando Dios se identificó con Moisés, le dio dos de sus nombres: “YO SOY EL QUE SOY” y “el Eterno [YHWH], el Dios” (Éxodo 3:14-15). En hebreo —el idioma en que se escribió el Antiguo Testamento— ambos nombres vienen de la raíz haya, que significa simplemente “ser”. En otras palabras, Dios es el Dios que es. Existe sin la ayuda de nadie ni de nada. El Universo mismo puede desaparecer, pero no Dios; Dios es inmutable, existe por sí mismo y es eterno.

Éstas son buenas noticias para nosotros. Como seres frágiles, temporales y de vidas limitadas, es animador saber que nuestro Creador no tiene ninguna de esas barreras. Tal vez nosotros estemos restringidos por cosas como el espacio y el tiempo, pero Dios no. El Dios que gobierna el Universo existe fuera del Universo.

Esto obviamente no es fácil de entender. Como seres humanos, tendemos a interpretar el mundo en torno a sus límites y restricciones. Esto es esto y no aquello; esto comienza aquí y termina acá. A Dios, por otro lado, no podemos meterlo en una caja. Él no tiene límites. No entra en el tiempo ni el espacio y existe “desde la eternidad hasta la eternidad” (Salmos 90:2, Reina Valera Actualizada, 2015). Sin restricciones. Sin excepciones.

Si queremos entender a Dios, tenemos que empezar por ahí —la verdad más básica:

Dios es.

Entonces, y sólo entonces, podremos empezar a entender quién es Dios realmente.

Día 2:  Dios, el ilimitado

El problema de nosotros los seres humanos (bueno, uno de nuestros problemas) es que queremos definir todo con base en sus límites. Cuando le mostramos a alguien dónde está Tanzania en el mapa, también le estamos mostrando donde no está. Como todos los países, Tanzania tiene fronteras que señalan su principio y su fin.

Lo mismo sucede cuando medimos el tiempo. Si usted está hablando del segundo jueves de septiembre de 1874, todos sabemos que se refiere a un periodo definido de 24 horas con límites claros.

Es así como funcionamos. Miramos el mundo y lo que vemos son límites. Comienzos y finales, pausas y principios, límites en el tiempo y el espacio. Y eso es algo bueno. La vida sería una pesadilla si no tuviéramos sentido del tiempo, sentido de dónde empezamos y dónde terminamos. Necesitamos una manera de comprender el universo que nos rodea. Necesitamos límites, y necesitamos ser capaces de verlos.

Desafortunadamente, es por eso mismo que nos cuesta tanto entender a Dios; porque Dios es un Dios sin límites.

Desde la perspectiva humana, esto no tiene sentido. Sin embargo, es así como la Biblia describe una y otra vez a Dios. No es que Dios no tenga una apariencia, de hecho, la Biblia dice que fuimos hechos a su imagen (Génesis 1:26). Pero Él es un ser espiritual ilimitado que nuestra mente no puede comprender del todo. David pregunta: “¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia?” (Salmos 139:7), y Dios nos recuerda: “El cielo es mi trono, y la tierra estrado de mis pies; ¿dónde está la casa que me habréis de edificar…?” (Isaías 66:1). Dios tiene la capacidad de estar en cualquier lugar y en cualquier momento, sin impedimentos ni restricciones.

Y eso no es todo. Los discípulos del primer siglo también describieron a Dios como “Tú, Señor, que conoces los corazones de todos” (Hechos 1:24); y Él mismo lo confirma en Jeremías 17:10: “Yo el Eterno, que escudriño la mente, que pruebo el corazón”. No hay ningún lugar al que Dios no pueda llegar, nada que no pueda saber y, lo más importante, nada que le sea imposible. “He aquí que yo soy el Eterno, Dios de toda carne; ¿habrá algo que sea difícil para mí?” (Jeremías 32:27). Jesús responde: “para Dios todo es posible” (Mateo 19:26).

No podemos meter a Dios en una caja. Dios existe fuera del tiempo y el espacio. No tiene un comienzo ni tendrá un fin; no hay ningún rincón del Universo al que no pueda ir, ni ninguna acción que no pueda hacer. Lo sabe todo y en todo momento —desde el número de cabellos que hay en nuestra cabeza, hasta los pensamientos más escondidos de nuestro corazón.

Con todo, hay ciertos límites que en su gran perfección y justicia, Dios se rehúsa a cruzar. La Biblia nos dice que entre otras cosas, Dios no puede —es decir, no quiere— mentir (Tito 1:2). Pero cuando se trata de nosotros y las dificultades que enfrentamos, el hecho permanece: el Dios del Universo no puede ser limitado por nadie ni nada.

¿Por qué nos cuesta tanto recordarlo?

Son los límites. Siempre los estamos buscando. Incluso con Dios; incluso cuando sabemos que no los tiene. En algún lugar de nuestra mente, algo nos dice que esos límites deben existir, así que los inventamos. Nos decimos por qué Dios no puede ayudarnos, por qué no puede vernos, por qué no puede llegar a tiempo, por qué no puede hacerlo funcionar, por qué no puede arreglarlo.

Pero todo eso es mentira.

Cuando una turba furiosa se acercó a Cristo para apresarlo, uno de sus discípulos decidió actuar. El discípulo sabía que Jesús era el Hijo de Dios, pero por alguna razón, también creía que el Hijo de Dios necesitaba de su ayuda. Se abalanzó con su espada, listo para defenderlo, pero lo único que se ganó fue la reprimenda inmediata de Cristo: “Vuelve tu espada a su lugar… ¿Acaso piensas que no puedo ahora orar a mi Padre, y que él no me daría más de doce legiones de ángeles?” (Mateo 26:52-53).

Dios no necesita de nuestra ayuda. Nosotros necesitamos la suya. Él tiene la perspectiva, la sabiduría y el poder para hacer lo que nosotros no podemos; y no hay ningún escenario en el que sea incapaz de actuar.

Es cierto que a veces Dios decide no actuar. A veces no responde nuestras oraciones en el momento y la forma que quisiéramos; pero eso no significa que no nos esté escuchando. No significa que no le importe, y ciertamente no significa que no sea capaz.

Hay muchas razones por las que Dios puede no responder una oración de la forma en que nos gustaría. Tal vez esté preparando algo mejor para nosotros —algo que no podemos ver desde nuestra perspectiva— o tal vez le estemos haciendo una petición que a la larga nos perjudicará, aunque en ese momento no veamos cómo.

También es posible que nuestras decisiones nos estén alejando del Dios a quien oramos. Como dijo Isaías: “He aquí que no se ha acortado la mano de Jehová para salvar, ni se ha agravado su oído para oír; pero vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar de vosotros su rostro para no oír” (Isaías 59:1-2).

En otras palabras, cuando se trata de entender por qué y cuándo Dios decide actuar, las respuestas no siempre serán tan claras como probablemente quisiéramos. Hay muchas variables involucradas, y no todo tendrá siempre sentido desde nuestra perspectiva. No sabemos todo lo que Dios sabe y no podemos ver todo lo que ve, pero hay una enorme diferencia entre creer que Dios a veces decide no actuar y creer que simplemente no puede.

Al fin de cuentas, todo se reduce a la fe.

La fe es algo difícil porque significa aceptar que Dios sabe lo que hace, a pesar de lo que vemos y pensamos. Significa creer en algo que no tiene sentido en nuestro mundo de límites y restricciones; y significa mirar lo imposible aceptando que con Dios, no sólo es posible, sino seguro.

La fe requiere creer en un Dios ilimitado.

Y obviamente nada de eso nos es natural. Es una lucha constante, y está bien que lo sea. Dios entiende. En cierta ocasión, un padre desesperado le llevó su hijo a Jesús para que lo sanara y le rogó: “si puedes hacer algo, ten misericordia de nosotros, y ayúdanos. Jesús le dijo: Si puedes creer, al que cree todo le es posible. E inmediatamente el padre del muchacho clamó y dijo: Creo; ayuda mi incredulidad” (Marcos 9:22-24).

Muchas veces a nosotros nos pasa lo mismo. Tenemos fe, pero a la vez dudamos. Confiamos, pero miramos con escepticismo. Estamos atrapados en una lucha interna entre lo que vemos con nuestros ojos y lo que creemos en nuestro corazón, y no hay nada de malo en pedir ayuda a Dios.

La claridad empieza a llegar en el minuto que desechamos los límites en los que intentamos meter a Dios. Dejemos ir eso que creemos que Dios no puede hacer. Hagamos borrón y cuenta nueva y permitámonos creer en un Dios que puede hacerlo todo, saberlo todo y serlo todo.

Sólo cuando hacemos a un lado esos límites podemos empezar a ver a Dios como realmente es, y no como creemos que debe ser.

Como descubriremos, Dios es un Dios verdaderamente increíble.

Nota: Les anunciaremos cuando el resto de estos viajes estén disponibles en VidaEsperanzayVerdad.org. ¡Esté atento!