La crucifixión de Jesucristo

¿Por qué Jesucristo, siendo inocente, permitió que se le sometiera al horror de la crucifixión?

A través de la historia, las sociedades humanas han creado tanto leyes como castigos para imponerlas. También han desarrollado métodos diferentes y terribles para llevar a cabo el mayor de estos castigos, la pena de muerte.

En el Antiguo Testamento, la pena de muerte se aplicaba en caso de homicidio, secuestro, adulterio, prostitución, violación y maldición o daño físico a los padres, entre otros. La mayoría de las veces, el método de ejecución era la lapidación , pero también existían otros.

El hombre ha inventado muchas otras maneras de aplicar esta pena. Los antiguos tiranos, por ejemplo, parecen haberse empeñado en diseñar los castigos más escabrosos posibles, como la mutilación, incinerar al criminal vivo o echarlo a los leones, por nombrar algunos (Daniel 2:5; 3:6; 6:7).

Y, en el imperio romano, una de las formas de ejecución más comunes era la crucifixión —el castigo que los líderes judíos querían para Cristo.

Jesucristo vino a la tierra con un mensaje de paz, redención y amor —con la promesa de vida eterna para todo aquél que le siguiera. Nunca quebrantó una ley ni cometió un crimen, y nunca comenzó una rebelión. Sin embargo, muchos líderes religiosos lo consideraban una amenaza, pues sólo estaban interesados en mantener su estatus social. Pero, a pesar de todo, Cristo obedeció las leyes de Dios, su Padre, hasta la muerte (Filipenses 2:6-8).

¡Jesús fue odiado, acusado de varios crímenes, traicionado por alguien cercano, arrestado, juzgado injustamente y condenado a muerte! Todo por predicar el mensaje que su Padre lo envió a predicar.

Horrores de la crucifixión

La crucifixión implicaba mucho más que ser colgado en un árbol, poste o cruz. Generalmente, este castigo comenzaba por azotar al individuo.

La flagelación se llevaba a cabo con un látigo de corta longitud por un profesional conocido como “lictor”, que realizaba la tarea hábilmente, arrancando la piel de la víctima con cada golpe. A menudo, estos látigos tenían pedazos de hueso, piedra o metal amarrados en la punta para aumentar su terrible efectividad; también existía un tipo de látigo llamado “el escorpión” cuyas puntas tenían ganchos. El propósito de azotar a la víctima era dejarla casi muerta.

Luego, se le escoltaba al lugar donde iba a ser crucificada —en el caso de Jesús, a Gólgota. Y, si era capaz de hacerlo, la víctima debía cargar la viga en que posteriormente se le ataría o clavaría.

Pero los horribles azotes que Cristo recibió lo dejaron tan débil que no pudo llevar su propia cruz, y un transeúnte llamado Simón tuvo que hacerlo por Él (Mateo 27:32-33). Esta “procesión” fue nada menos que otra manera de humillarlo.

Al llegar a Gólgota, los verdugos probablemente tiraron a Cristo al suelo para clavar sus manos y pies a la cruz que luego asegurarían en una estaca vertical. El dolor que Jesucristo sufrió durante su crucifixión fue insoportable; sus heridas sangraban incesantemente y es muy probable que le costara respirar. Mientras tanto, los espectadores de su sufrimiento se burlaban de Él y los soldados romanos echaban suertes para decidir quién se quedaría con su ropa.

En su artículo “La crucifixión desde el punto de vista médico” publicado en Arizona Medicine (marzo 1965), el Dr. C Truman Davis, oftalmólogo, describe los aspectos médicos de este cruel evento:

“Al empujarse hacia arriba para evitar este tormento por estiramiento, colocaba todo su peso sobre el clavo que atravesaba los pies. Nuevamente se producía una agonía de dolor ardiente al desgarrar el clavo los nervios entre los huesos metatarsianos de los pies. En este punto se producía otro fenómeno: al fatigársele los brazos, grandes oleadas de calambres le pasaban por los músculos engarrotándolos con un profundo dolor punzante que no cedía. Con estos calambres se producía la incapacidad de impulsarse hacia arriba. Al colgar de los brazos, los músculos pectorales, grandes músculos del pecho, se paralizaban y los músculos intercostales, pequeños músculos entre las costillas, no podían actuar. Se podía inhalar aire a los pulmones pero no se podía exhalar. Jesús luchaba por elevarse para tener al menos un pequeño respiro. Finalmente el nivel de dióxido de carbono de los pulmones y del torrente sanguíneo aumentaba y los calambres se atenuaban parcialmente”

Muchos otros autores con conocimiento médico han descrito la agonía que implica una crucifixión.

Los enemigos de Cristo lo odiaban tanto que buscaron el método de ejecución más doloroso posible para eliminarlo. De todas formas, Jesús soportó la humillación de la cruz, llevando nuestros pecados en su propio cuerpo para que eventualmente pudiésemos tener vida eterna.

Y, tres días después, triunfó sobre la muerte al ser resucitado.

Jesús no merecía morir

Lo más terrible de la crucifixión de Jesucristo es que, en toda la historia de la humanidad, ¡Él ha sido el único inocente de todo crimen o pecado! Sí, Cristo murió a causa del pecado, pero no los propios.

Cuando el apóstol Pablo dijo que “todos pecaron” y que “la paga del pecado es muerte” (Romanos 3:23; 6:23), ¿se refería a los cristianos del primer siglo solamente? ¿O hablaba de los pecados de toda la humanidad?

Veamos lo que el apóstol Juan dice al respecto:

  • “Y él [Jesucristo] es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo” (1 Juan 2:2, énfasis añadido).
  • “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29, énfasis añadido).
  • “…sabemos que verdaderamente éste es el Salvador del mundo, el Cristo” (Juan 4:42, énfasis añadido).

Jesús, el Mesías, no fue sentenciado a muerte por haber cometido algún crimen contra las autoridades o por haber pecado. Cristo murió por todos los pecados que los seres humanos han cometido a través de la historia. Cuando fue clavado en la cruz, cargó el peso de toda mentira, robo, homicidio y cualquier otro pecado que se haya cometido.

La sangre derramada de Jesús hizo posible el perdón tanto de los pecados que se habían cometido hasta ese momento, como de los que se cometerían en el futuro, siempre y cuando haya arrepentimiento.

La crucifixión de Jesús: ¿Cuál debería ser nuestra reacción?

El horror de la crucifixión nos ayuda a comprender lo despreciable que es el pecado realmente. Mientras muchos otros métodos de ejecución son bastante rápidos, la crucifixión fue especialmente diseñada para causar una muerte lenta, extremadamente dolorosa y humillante.

Y, debido al gran amor que Cristo y nuestro Padre Celestial nos tienen, nuestro Salvador estuvo dispuesto entregarse en sacrificio por sus pecados y los míos (Juan 3:16; 1 Juan 3:16).

De hecho, la muerte de Cristo es la pieza central del plan de salvación de Dios para la humanidad, que fue establecido desde mucho antes de la creación que encontramos en Génesis. Como explica el apóstol Pedro, la sangre preciosa de Cristo pagó por nuestro rescate:

“Y si invocáis por Padre a aquel que sin acepción de personas juzga según la obra de cada uno, conducíos en temor todo el tiempo de vuestra peregrinación; sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación, ya destinado desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por amor de vosotros, y mediante el cual creéis en Dios, quien le resucitó de los muertos y le ha dado gloria, para que vuestra fe y esperanza sean en Dios” (1 Pedro 1:17-21, énfasis añadido).

Sin duda, todos deberíamos estar muy agradecidos porque Jesucristo murió por nosotros. De no ser por su crucifixión, aún seríamos pecadores condenados y enemigos de Dios sin esperanza para el futuro. Y nuestra tristeza y agradecimiento consecuentes, deberían llevarnos al arrepentimiento, motivándonos a cambiar y a comenzar a vivir agradando a Dios y Jesucristo.

Le invitamos a descubrir más acerca de cómo debemos responder a la motivación que nos inspira la crucifixión de Jesús en nuestras secciones “Arrepentimiento”, “Bautismo” y “Conversión”.