Las siete últimas frases de Jesús

Todas las palabras de Cristo son palabras de vida. Pero hay siete de sus frases que merecen especial consideración, las deberían cambiar nuestra vida.

Si usted hubiese presenciado la muerte de Cristo, lo habría escuchado decir siete frases impresionantes que no sólo demostraron su total sujeción, sino que además encierran un profundo significado. Sin duda, las últimas siete frases de Cristo son un impactante ejemplo de cómo debemos pensar y vivir.

1. “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34).

Jesús estaba cumpliendo la profecía que encontramos en Isaías 53:12: “orado por los transgresores”. ¿Por quiénes pedía específicamente? En realidad, por todos nosotros. Como Pedro explicó: “toda la casa de Israel” crucificó a Cristo (Hechos 2:36) y todos los presentes en el templo mataron “al Autor de la vida” (Hechos 3:15). Más adelante, Pablo extiende la lista de pecadores a toda la humanidad (Romanos 3:23).

Sin embargo, Pedro agrega: “sé que por ignorancia lo habéis hecho, como también vuestros gobernantes” (Hechos 3:17). ¿Será que Dios baja sus estándares de justicia según nuestra ignorancia? ¡Por supuesto que no! La ignorancia no es inocencia. Es por esto que Pedro insta a sus oyentes al arrepentimiento —a sacar de sus vidas los pecados por los que Cristo murió— pues sólo así podían recibir el perdón de Dios.

Nuestros pecados también nos hacen enemigos de Dios. A pesar de esto, Él nunca ha dejado de amarnos. ¿Qué hay de nosotros? ¿No deberíamos entonces esforzarnos por hacer lo que nos pide: “Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen” (Mateo 5:44).

2. “Hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lucas 23:43).

Cristo fue crucificado junto a dos criminales que, a diferencia de Él, eran culpables y merecían su castigo. En un principio, ambos lo insultaron (Mateo 27:40-44), pero luego uno de ellos demostró un cambio increíble, defendiendo a Cristo de las injurias de su compañero (Lucas 23:40). Confesó su culpa y reconoció la inocencia de Jesús: “éste ningún mal hizo” (v. 41).

Pero lo más extraordinario de todo es su petición: “Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino” (v. 42), una clara expresión de fe en Cristo como futuro Gobernante del Reino de Dios.

La respuesta de Jesús a este ruego confirma lo que leemos en Hebreos 7:25, que Él “puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos”.

Sin embargo, sus palabras no implican que el ladrón se fue al cielo ese mismo día. Usted puede encontrar la verdadera explicación en nuestro artículo ¿Qué sucedió con el ladrón en la cruz?

Otra cosa interesante es que, si bien Jesús nunca reaccionó frente a los insultos, burlas y escupitajos de la multitud que lo observaba, sí respondió rápida y compasivamente a este criminal arrepentido que buscaba humildemente su misericordia.

¿Nos sentimos identificados con las palabras de este ladrón? ¿Estamos plenamente conscientes de nuestra culpa y necesidad de la misericordia de Dios? ¿Somos tan misericordiosos como Cristo lo fue al ver en este hombre un potencial hijo de Dios, que tendrá la oportunidad de estar en su familia y su Reino si le obedece?

3. “Mujer, he ahí tu hijo” (Juan 19:26-27).

Ser la madre de Jesús no debió haber sido nada fácil. Sin duda, María sufrió bastante durante su vida. Y ahora, sólo podía permanecer “junto a la cruz” mientras veía como su hijo era odiado por la gente y abandonado por sus amigos (v. 25).

Seguramente ese momento le recordó lo que Simeón había dicho cuando Jesús era sólo un bebé: “He aquí, éste está puesto para caída y para levantamiento de muchos en Israel...(y una espada traspasará tu misma alma)” (Lucas 2:34-35).

Pero ahí estaba Jesús, sufriendo intensamente y más preocupado de las necesidades de aquella mujer que lo había amado tanto, asegurándose de que Juan cuidase de ella. Aunque la mayoría de los relatos de su muerte enfatizan la estrecha relación que Cristo tenía con su Padre celestial, estas palabras dejan ver que también honraba profundamente a su madre física.

Pocas horas antes, Jesús había lavado los pies de sus discípulos para enseñarles la importancia de servir a los demás con humildad. Si bien nuestro principal compromiso en la vida siempre será nuestra relación espiritual con Dios, nunca debemos olvidar la responsabilidad que también tenemos para con los demás. No en vano el segundo gran mandamiento es “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22:39).

4. “Elí, Elì, ¿lama sabactani? Esto es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mateo 27:46).

David dijo que jamás vio a un “justo desamparado” (Salmos 37:25). “Desamparar” es sinónimo de abandonar. Y, si el abandono ya es una sensación terrible, ser abandonado por Dios debe ser muchísimo peor.

En realidad, Cristo no fue abandonado por su Padre. Y, como lo demuestran sus palabras más adelante, Él lo sabía muy bien. Lo que Dios sí hizo fue dejar a Jesús indefenso. ¿Por qué?

Primero, debemos recordar que Cristo estaba cargando con todos los pecados de la humanidad —“el Eterno cargó en él el pecado de todos nosotros” (Isaías 53:6)— y Dios no aliviaría nada que tuviese que ver con pagar la pena del pecado. Sencillamente, el pecado causa sufrimiento. Y Cristo lo experimentó en su máxima expresión, lo cual implica vivir el trauma de estar separado de Dios, que el pecado conlleva.

Tiempo atrás, Cristo aseguró: “no me ha dejado solo el Padre” (Juan 8:29) —jamás había experimentado la profunda soledad de estar separado de Dios. Pero ahora, llevando en sí los pecados de la humanidad, tendría que pasar por eso.

¿Se ha sentido alguna vez solo, olvidado? Cristo conoce este sentimiento y ¡Él le puede dar el entndimiento y la fe que usted necesita en momentos como estos!

Ahora, aunque Jesús exclamó: “¿por qué me has desamparado?”, su pregunta no fue más que eso. Aunque Dios tuvo que abandonarlo, Él no abandonaría a su Padre. No estaba acusando a Dios ni cuestionando su amor y sus promesas. Como algunos dicen: “fue un grito de angustia, no de desconfianza”.

Otro punto interesante es que, ese mismo día, unos líderes judíos que claramente no aceptaban a Jesús como su Salvador, se habían burlado de Él citando la profecía mesiánica de Salmos 22 (Mateo 27:41-43). Entonces, en su agonía, Cristo pronunció las mismas palabras con las que sus torturadores lo habían insultado —“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”.

Usar esta escritura fue su manera de decirles que: sí, estaban sacrificando al Mesías. Cristo sabía desde antes que esta profecía se refería a Él, y, aunque le dolía tener que ser abandonado por un tiempo, estaba seguro de que Dios respondería su oración.

A pesar de su aflicción, Jesús nunca abandonó a Dios. Pero, ¿lo hemos hecho nosotros? ¿Nos habrá preguntado Dios alguna vez “Hijo mío, hijo mío, ¿por qué me has desamparado”? Por supuesto que lo hemos hecho; todos hemos abandonado a Dios con nuestros pecados. Y ya es tiempo de parar, ¿no es así?

5. “Tengo sed” (Juan 19:28).

“...sabiendo Jesús que ya todo estaba consumado, dijo, para que la Escritura se cumpliese: Tengo sed”. En medio de su terrible angustia, Cristo seguía lúcido y consciente de que aún debía cumplir la profecía de Salmos 69:21: “en mi sed me dieron a beber vinagre”.

Con esto vemos cuán real fue su sufrimiento físico (Hebreos 2:17-18), lo que ahora le permite comprender el nuestro.

Y la sed tiene un importante significado espiritual. Como dijo Cristo a la mujer samaritana, “Cualquiera que bebiere de esta agua [física] volverá a tener sed; mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna” (Juan 4:13-14; consulte también 7:38-39).

Jesús se puso en nuestros zapatos y tuvo sed como cualquiera de nosotros. ¡Ahora nos toca ponernos en los suyos y descubrir lo que Él sabía: “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados” (Mateo 5:6)!

6. “Consumado es” (Juan 19:30).

¿Qué fue lo consumado? Muchísimo. En el día de su muerte se cumplieron por lo menos 25 profecías mesiánicas, confirmando la inspiración de las Escrituras por parte de Dios. Además, a los 12 años, Cristo había dicho que “en los negocios de mi Padre me es necesario estar” (Lucas 2:49), y ahora su trabajo había terminado.

Estaba a sólo minutos de completar su obra más grande como ser humano: ofrecerse a sí mismo —su cuerpo maltratado y sangre derramada— como sacrificio por el perdón de nuestros pecados. Cristo nunca había rehuido su destino; era el “Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo” (Apocalipsis 13:8). Y ahora, finalmente había vencido, “Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio” (Hebreos 12:2).

Su muerte también determinó el destino de Satanás, pues le dio el poder para “destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo” (Hebreos 2:14). Es cierto que Satanás aún no ha sido lanzado al abismo, pero su fin se acerca. El Día de Expiación —una de las fiestas santas de Dios— nos explica cómo Dios le quitará su poder para que la humanidad entera pueda finalmente ser reconciliada con el Creador.

7. “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lucas 23:46).

Luego de haberse entregado voluntariamente a sus verdugos, Cristo se estaba encomendando al Padre; hizo la voluntad de Dios durante toda su vida y su muerte no sería diferente.

Aquel sentimiento de abandono que había experimentado no tardó en desaparecer. Claramente, Jesús sabía que Dios honraría su deseo. Entonces, tomó su último aliento y pronunció sus últimas palabras —palabras que demuestran una fe inamovible.

Y, por supuesto, Dios lo resucitó tres días después, tal como estaba escrito.

¿Podemos nosotros ponernos en manos de Dios así, no sólo al morir sino, como Cristo lo hizo, cada día de nuestras vidas?

¿Que nos diría Cristo a nosotros hoy?

Nos maravillamos de todo lo que nuestro Salvador tuvo que soportar en su agonía, pero es más impresionante aún saber todo lo que Él pensó y dijo. Dios preservó estas palabras —y todas las palabras en su Biblia— porque como Cristo proclamara en Juan 6:63: “…las palabra que yo os he hablado son espíritu y son vida”.

Al darnos cuenta que Él dio su vida por nosotros, lo menos que podemos hacer es darle nuestra vida a Él, ¿no es cierto? Lo que Él nos dice ahora a nosotros no es algo distitnto de lo que Él afirmó varios años antes de su muerte: “…no sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mateo 4:4).