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A dondequiera que tú fueres, iré yo

El hambre reinaba en aquel tiempo y la lluvia había cesado de regar la tierra. La siega había sufrido y las muy anticipadas cosechas sólo eran un recuerdo en las mentes de los habitantes. Sin embargo, había regiones donde la tierra estaba produciendo abundantes frutos.

A veces pareciera que cuando llegan los problemas, llegan doblemente difíciles. Así les pasó a Noemí y a sus nueras. Tanto Elimelec, el esposo de Noemí, como sus dos hijos, murieron, dejando a las tres viudas y sin recursos para sostenerse en un ambiente hostil.

Un oscuro futuro

Para Noemí el futuro se vislumbraba verdaderamente amargo y lleno de incertidumbre; ya no era joven y su preocupación ahora era buscar sustento para ella y sus dos nueras. El único lugar donde sabía que pudiera recibir ayuda era en Judá, la tierra de sus ancestros. Noemí les comunicó a sus nueras, Rut y Orfa, sus intenciones de regresar a Judá, no sin advertirles que tal vez ellas no serían bien recibidas. Después de todo Dios había prohibido a su pueblo que se mezclaran con los pueblos de alrededor. Rut y Orfa, siendo moabitas, quizá no serían bienvenidas.

Noemí exhortó a sus nueras a que se quedaran con su pueblo. Orfa vio el incierto futuro, besó a su suegra y regresó con su familia. Pero Rut se negó a dejar a su suegra y pronunció las famosas palabras que aún suenan en nuestros oídos como un ejemplo de fidelidad: “A dondequiera que tú fueres, iré yo, y dondequiera que vivieres, viviré. Tu pueblo será mi pueblo y tu Dios será mi Dios” (Rut 1:16).

Buscando al verdadero Dios

Rut se había comprometido a mucho más que cuidar a su suegra. Se comprometió a seguir al verdadero Dios y su camino de vida. Sin duda había escuchado mucho acerca de Él viviendo con su esposo y sus suegros. Había llegado el día en que debía decidir entre regresar a los dioses de su pueblo o confiar en Aquél que le contaron que había salvado a Israel de Egipto con milagros portentosos, y que bendecía a su pueblo por su obediencia. Su limitada comprensión del camino de Dios hizo que su decisión de obedecerlo incondicionalmente haya sido tan extraordinaria.

Todo lo que te viniera a la mano hacer… (Eclesiastés 9:10)

Con todas sus fuerzas Rut puso sus manos a la obra. Por diseño de Dios, Noemí y Rut llegaron a Judá en plena cosecha del grano de primavera. Durante el período de siete semanas que comienza al día siguiente del sábado semanal que cae durante la Fiesta de Panes sin Levadura. Rut se dedicó a seguir a los segadores recogiendo grano para alimentarse ella y su suegra. Su labor no era fácil. Además del arduo trabajo que debía realizar, sin duda había discriminación hacia ella; primero, por ser mujer, y segundo, por ser extranjera. A pesar de todo, su ejemplo de integridad, de trabajo duro y perseverancia fueron notorios para las personas que diariamente la veían.

El pariente rico

Su impecable ejemplo le dio a Rut una muy buena reputación que llegó a los oídos de Booz, el propietario de los campos donde ella trabajaba. Booz, quien era un prominente agricultor y pariente cercano de Noemí, había escuchado del amor desinteresado de Rut por su anciana suegra y conocía su integridad y perseverancia desde su llegada a la tierra de Judá. Le habían contado cómo ella trabajaba sin descanso desde muy temprano espigando en sus campos. Esto hizo no sólo que Rut ganara el favor de Booz, sino que él la mirara con ternura y deseo de ayudarle. Booz ordenó a sus trabajadores que no la molestaran y que dejaran caer espigas en su camino para facilitar su labor. Booz, siendo un hombre justo, reconoció la intervención de Dios en la vida de estas mujeres, y cuando tuvo la oportunidad de platicar con Rut le dijo: “El Eterno recompense tu obra, y tu remuneración sea cumplida de parte del Eterno Dios de Israel, bajo cuyas alas has venido a refugiarte” (Rut 2:12).

La bendición de Dios

Con el tiempo, la comunidad entera acogió a Rut, aunque no era israelita. Booz mismo reconoció su fidelidad a Dios y no dudó en darle su nombre cuando Rut le pidió que la redimiera, aplicando la costumbre hebrea del “levirato”. Esta costumbre amparaba a las viudas no dejándolas solas y desposeídas si eran desposadas por un pariente cercano. Cuando moría un esposo en Israel, su hermano podía casarse con su viuda para que no se perdiera el nombre y patrimonio del difunto. Y, de no tener un hermano, el pariente más cercano podía cumplir la costumbre, convirtiéndose así en el protector. Luego, cuando tenían un hijo varón, éste heredaba las tierras en nombre del difunto esposo.

Booz, sabiendo que no era el pariente más cercano, habló con aquel al que correspondía realizar esta acción de misericordia para con Rut y Noemí. Sin embargo, ese pariente no quiso desposar a Rut, por lo que Booz gustosamente tomó a Rut como su mujer. Fue así como ella llegó a formar parte de la familia de Booz y de su pueblo, Israel.

Un ejemplo extraordinario

Rut se convirtió en un maravilloso ejemplo de fidelidad hacia Dios, amor a su suegra y hacia su protector. Lo más extraordinario de su ejemplo ni siquiera se encuentra en el libro de Rut, sino en el Nuevo Testamento —en el libro de Mateo—, donde encontramos que Rut forma parte de la genealogía de Jesucristo mismo. Mucho tiempo después, nuestro Redentor nació de esta extraordinaria historia de amor, fidelidad y confianza.

El gran ejemplo de Rut también nos da esperanza de ser redimidos por Jesucristo, nuestro Protector y Redentor, aunque no seamos físicamente parte de su pueblo, Israel. Su historia nos recuerda el gran amor de Dios y su fidelidad para con todo aquel que se comprometa a seguirlo a Él y la forma de vida que representa.

Nuestro pariente más cercano

Si estamos dispuestos a dejarlo todo por seguir al verdadero Dios, sin ver lo difícil del camino, ni lo espeso de los argumentos contradictorios, nosotros también, al igual que Rut, podremos llegar a escribir una historia de amor con nuestro Redentor. Si le somos fieles a Dios, Él siempre nos será fiel. Dios, nuestro Padre, es nuestro pariente espiritual más cercano.

Sepa más

Rut

“Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios mi Dios”. Éstas son las famosas palabras que Rut pronunció al renunciar a su propio pueblo y a sus dioses.

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