Bebés abortados, voces silenciosas

Recientemente en varios países latinos se ha estado legalizando el derecho al aborto por diferentes causales, algo jamás pensado hace algunos años. Tal pareciera que el permitir el aborto legalmente es uno de los requisitos para que los países entren a la modernidad. En Estados Unidos este es un año de campaña electoral en el que ya se han debatido, una vez más, los derechos reproductivos de las mujeres para elegir lo que hacen o no con sus propios cuerpos. Pareciera ser que los líderes políticos más populares y exitosos son aquellos que darán más permiso legal para que las mujeres aborten libremente.

Estados Unidos legalizó el aborto en 1973, a través de un dictamen histórico de la Suprema Corte de Justicia que reconoció el derecho de las mujeres a interrumpir su embarazo. En las pasadas cuatro décadas pocos asuntos han dibujado tan claramente la división entre demócratas y republicanos en el país del norte, como el derecho al aborto.

El hecho de haber llegado hasta la Suprema Corte de Justicia para decidir legalizar o no el aborto, es por demás triste y muestra en la gente una total falta de juicio en cuestiones morales.

El asunto es claro desde el punto de vista de Dios, pues su palabra delinea lo que es bueno y lo que no lo es. El derramar sangre inocente de un ser humano es un pecado detestable para el Creador de la vida, como leemos en el relato del primer asesinato registrado, cuando Caín mató a su hermano Abel y su sangre clamaba desde la tierra (Génesis 4:8,10). Si la sangre de un solo hombre clamaba a Dios, ¡cuánto más clamará la sangre de millones de niños inocentes no nacidos que son arrancados del vientre de sus madres continuamente!

Desde 1980 se han practicado más de mil millones de abortos en todo el mundo… esto es lo que sabemos. ¡Imaginen la cantidad de abortos que no sabemos! ¿Sabía usted que esa cifra excede por mucho la suma de todos los que han muerto en todas las guerras? En Proverbios 6:16-19 se mencionan siete cosas que Dios detesta, y una de ellas es el derramamiento de sangre inocente. ¿Existirá sangre más inocente que la de un niño aún por nacer? Otra que Dios detesta es el corazón que maquina pensamientos inicuos. Esto describe, con gran exactitud, las clínicas que practican el aborto y que existen por miles alrededor del mundo. ¿No lo cree usted?

Las consecuencias de las sangrientas acciones de la humanidad pronto vendrán sobre el mundo entero, pues “la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad” (Romanos 1:18).

Nos aproximamos al peligroso tiempo que la Biblia llama “el tiempo del fin”. Necesitamos acercarnos a Dios para que él purifique los corazones de los de doble ánimo (Santiago 4:8).

En Salmos leemos que los hombres malos piensan que no darán cuentas de sus actos (Salmos 10:13), pero están muy equivocados. Hablándole a Dios el salmista dice: “Tú lo has visto; porque miras el trabajo y la vejación, para dar la recompensa con tu mano; a ti se acoge el desvalido; tú eres el amparo del huérfano” (Salmos 10:14). Dios es claro. Él vendrá a enjuiciar a todas las naciones pronto y entonces las vidas de los bebés inocentes no nacidos serán demandadas de sus asesinos.

Por ahora la Suprema Corte de Justicia de Estados Unidos tendrá que tomar una decisión para la apelación que acercará la nación al bien o la catapultará aún más lejos de Dios, precipitándose en el oscuro abismo de una cultura de muerte de la que no hay retorno. La sangre de los inocentes clama a Dios, quien no detendrá su ira para siempre. Pronto este mundo sabrá que existe un Dios que actúa y que interviene en la defensa de los bebes no nacidos porque fueron asesinados sin culpa.

Si usted desea profundizar más acerca de la ira de Dios, lo invitamos a leer nuestro artículo titulado “La ira de Dios: cómo sobrevivir a ella”.