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Comienza una guerra… comercial

Por Jorge Iván Garduño

“El presidente Trump aprueba los aranceles para China y amenaza con más gravámenes”. “México estudia un arancel sobre el maíz y soja de Estados Unidos si el señor Trump insiste en el proteccionismo”. “Estados Unidos endurece los aranceles para la importación de aceituna negra española”. “China contraataca con aranceles a productos de Estados Unidos, valorados en 50.000 millones de dólares”. “La Unión Europea lanza una última oferta a Estados Unidos para evitar la guerra comercial”. “El secretario del tesoro de Estados Unidos trata de reducir la tensión por la amenaza de una guerra comercial”, etcétera. Estos son tan sólo algunos titulares que la prensa internacional ha destacado en los últimos meses.

La guerra comercial continúa hasta ahora. China, Europa, México, Canadá y Estados Unidos han oficializado subidas de aranceles a mercancías, o bien están en vías de realizarlo.

La afirmación de que “otros países se están aprovechando de Estados Unidos” fue uno de los principales temas de la campaña presidencial del señor Trump. Este discurso, sin duda, recibió buena aceptación entre las bases electorales. Pero hacer política con el impacto en los bolsillos del electorado, no ha sido nada sencillo.

Primeramente, hay que entender que una gran parte del comercio moderno se hace con bienes intermedios, materias primas que se usan para fabricar otras cosas. Por ejemplo: un arancel sobre el acero ayuda a los productores de acero, pero perjudica a los consumidores de acero, como el sector automovilístico.

Luego de esto, le siguen los efectos indirectos, lo que significa que cualquier aumento del empleo en un sector protegido por aranceles, debe compararse con la pérdida de empleo en otros sectores. Normalmente, el comercio y la política comercial tienen pocos efectos (o ninguno), sobre el empleo total. Este tipo de política comercial afecta al tipo de empleos, pero no tanto al número total de empleos. Los especialistas en el tema indican que, hay razones para creer que estos efectos indirectos impedirían cualquier creación de empleos netos.

El comercio internacional se rige por normas. Si empezamos a incumplir esas normas, los demás también lo harán, tanto en represalia como por simple imitación. A eso nos referimos cuando hablamos de una guerra comercial.

Sería arriesgado pensar que Estados Unidos ganaría dicha guerra, ya que enfrente no tiene únicamente a China, que ya de por sí es un mercado preponderante como el americano, sino que además hay que sumar a la Unión Europea, un actor igual de importante y capaz de adoptar también represalias eficaces.

En cualquier caso, el comercio no es cuestión de ganar o de perder. En general, el comercio correcto permite que las partes involucradas en un acuerdo sean más ricas, pero una guerra comercial sí suele perjudicar a todos los países involucrados y sus habitantes.

Cuando nos detenemos a observar al mundo de la industria y el comercio, nos encontramos, sin lugar a duda, ante un desarrollo tan espectacular que despierta admiración y asombro. Redes complejas son las que dan vida al comercio, y los Estados Unidos, hasta ahora, representa a la nación con la que cualquier otro país del mundo desea realizar negocios e intercambios comerciales.

Sin embargo, si observamos detenidamente, nos damos cuenta que, el comercio hoy en día, en cualquier parte del mundo, está basado en la competencia y la codicia, en prácticas deshonestas que buscan el beneficio ventajoso sobre el otro. Las naciones más poderosas buscan generalmente, con la publicidad y el mercadeo de sus productos, apelar con frecuencia a la vanidad y a la lascivia de los demás. Se valen del fraude, la tergiversación, el engaño y los negocios injustos. El incentivo que los impulsa es dar menos y cobrar más. Esa es la naturaleza humana en su esplendor, a la hora de hacer comercio.

Con esto no estamos diciendo que Estados Unidos esté egoístamente propiciando una guerra comercial. Lo que estamos diciendo es que la guerra comercial en sí, siempre afecta negativamente a muchas naciones y a sus habitantes.

“Amontonar tesoros con lengua mentirosa, es aliento fugaz de aquellos que buscan la muerte” (Proverbios 21:6).

Cuando hay guerra comercial, los aranceles proteccionistas generalmente no buscan la justicia, el bien común del mundo, sino imponer impuestos para evitar la competencia y la entrada al mercado de productos extranjeros. Esto beneficia en lo inmediato a unos y perjudica a otros, aunque en el fondo y a mediano plazo, los mercados financieros mundiales sufren y provocan desestabilización económica, propiciando desempleo y menor poder adquisitivo de las personas. Se propicia también la carestía de la canasta básica, aumento de la deuda pública, etcétera. Vivimos inmersos en una economía global donde todos salimos perjudicados al fin de cuentas, cuando hay una guerra comercial.

En la antigüedad, la ciudad de Tiro era sinónimo de opulencia, capital del comercio en Medio Oriente. Los mercaderes más poderosos negociaban toda clase de telas, piedras preciosas, maderas, utensilios, aceites y comestibles. Esto propició prácticas deshonestas en aquel lugar, por lo cual Dios profetizó en contra de Tiro con palabras que continúan resonando hasta nuestros días en contra de las naciones afines a las prácticas financieras y comerciales de aquella memorable ciudad.

“Tus riquezas, tus mercaderías, tu tráfico, tus remeros, tus pilotos, tus calafateadores y los agentes de tus negocios, y todos tus hombres de guerra que hay en ti, con toda tu compañía que en medio de ti se halla, caerán en medio de los mares el día de tu caída… En el tiempo en que seas quebrantada por los mares en lo profundo de las aguas, tu comercio y toda tu compañía caerán en medio de ti. Todos los moradores de las costas se maravillarán sobre ti, y sus reyes temblarán de espanto; demudarán sus rostros” (Ezequiel 27:27, 34-35).

Las palabras del profeta Ezequiel están más vivas que nunca. Nos reflejan a una nación o sociedad que se había enriquecido gracias a sus acuerdos y contrataciones, por lo cual su corazón se había enaltecido, olvidándose del Dios verdadero y creyendo que por sus muchas “mercaderías”, era como Dios. Por eso dijo el Eterno que aquella sociedad seria quebrantada con la fuerza de otras naciones extranjeras, derribando su esplendor, y abatiendo la hermosura de su sabiduría.

“Con tu sabiduría y con tu prudencia has acumulado riquezas, y has adquirido oro y plata en tus tesoros. Con la grandeza de tu sabiduría en tus contrataciones has multiplicado tus riquezas; y a causa de tus riquezas se ha enaltecido tu corazón. Por tanto, así ha dicho el Eterno el Señor: Por cuanto pusiste tu corazón como corazón de Dios, por tanto, he aquí yo traigo sobre ti extranjeros, los fuertes de las naciones, que desenvainarán sus espadas contra la hermosura de tu sabiduría, y mancharán tu esplendor… De muerte de incircuncisos morirás por mano de extranjeros; porque yo he hablado, dice el Eterno el Señor” (Ezequiel 28:4-7,10).

Al igual que en la ciudad de Tiro, un análisis del sistema comercial y financiero de nuestro mundo en la actualidad revela una motivación egoísta, falta de interés por el bien del mundo, una búsqueda de la ventaja a toda costa y competencia implacable, además de una soberbia de unos hacia otros que es insoportable. Es evidente que los valores del Dios verdadero no están presentes en el sistema económico y comercial de este mundo, por lo cual debemos orar sin cesar porque el Reino de Dios se establezca pronto en la Tierra. Sólo el gobierno de Dios traerá una economía sana, que buscará realmente el bienestar de todos. ¡Que venga pronto ese Reino!

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