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¿Dónde está Dios cuando el mundo sufre?

¿Por qué Dios permite que haya tanto dolor y sufrimiento en el mundo? ¿Por qué personas buenas enferman y mueren y personas malas viven saludables? ¿Cómo puede permitir Dios que los inocentes sean violentados, abandonados, secuestrados y asesinados? ¿Por qué no parece haber respuesta a las oraciones? ¿Qué podemos hacer cuando nuestras preguntas parecen no tener respuesta?

¿Ha sentido alguna vez que es difícil creer en Dios? ¿Ha sentido que la vida es demasiado difícil o que no entiende lo que está pasando? No debe sorprendernos que hay muchas personas que se sienten así. Muchas personas se hacen preguntas todos los días. Son personas que creen en nuestro Creador y saben que la Biblia revela a Dios como un Padre misericordioso y amoroso. Sin embargo, estas personas en ocasiones se encuentran en situaciones en que no saben cuál es la explicación espiritual del por qué suceden las cosas.

¿Cómo es posible que un Dios bueno y amoroso parece no intervenir cuando enfrentamos crisis personales? ¿Por qué permite Dios que sufran y mueran los pequeños? Muchos se sienten perdidos, palpando en la oscuridad en búsqueda de una salida viable. ¿Por qué Dios no responde cuando le pedimos con todo el corazón que intervenga en nuestras vidas?

Dios ha dado a todo ser humano la capacidad de decidir por sí mismo lo que desea hacer o no hacer. Eso se llama libre albedrío, y todos apreciamos esa libertad. Muchos estarían dispuestos a morir por conseguir y preservar la libertad. Dios nos ha dado la inteligencia, creatividad y razonamiento suficientes para tomar nuestras propias decisiones. Nos ha dado la libertad de escoger, y ello es una de las razones por las que este mundo se encuentra en tantos problemas. El mundo —hombres y mujeres por igual— ha decidido por sí mismo lo que es bueno y lo que es malo. Desde el principio la humanidad ha elegido, tal como Adán y Eva decidieron lo que era bueno para comer, a pesar de lo que Dios les había dicho; ellos eligieron el rumbo que tomarían. El mundo entero, desde entonces, ha elegido tomar decisiones aparte de Dios.

Como consecuencia tenemos un mundo de filosofías, religiones, instituciones educativas y gobiernos que han elegido lo que es bueno y lo que es malo. ¿Cuál ha sido la consecuencia? Un mundo lleno de caos, guerra, confusión religiosa, enfermedad, sufrimiento y muerte. Después de hacer siempre lo que han querido, sin tomar en cuenta a Dios, se quejan de que las cosas están mal y se preguntan: ¿dónde está Dios? La respuesta es: en el olvido.

No es que Dios no quiera involucrarse en los asuntos del mundo, al contrario. Él envió a su Hijo al mundo para morir y así salvar a toda la humanidad. “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna” (Juan 3:16). Dios no envió a su Hijo Jesucristo para condenar al mundo ni para causarle problemas, sino para que fuera salvo por medio de Él (Juan 3:17). Mandó a su Hijo para que fuera la solución, no para ser parte del problema. ¿Cuál fue el resultado de esa acción de amor? Rechazaron al Autor de la vida, se burlaron de Él, lo torturaron, lo golpearon y finalmente lo colgaron de una cruz para que se desangrase hasta morir. Luego se preguntan: ¿por qué Dios no nos responde? La verdad es que el mundo no desea que Dios le responda, porque no está dispuesto a creer, obedecer y vivir de acuerdo a la voluntad de Él, sino que desea seguir viviendo a su manera, de acuerdo a su propio libre albedrío.

Dios no interviene en el mundo porque en realidad no se le invita a que se involucre. Las personas no se rinden ante su voluntad, ni le obedecen. El mundo sigue tratando, a su propia manera, de hacer que la vida funcione y pocas veces se detienen a preguntar: ¿está funcionando mi vida?

Cuando Dios no responde de inmediato asumimos, generalmente, que no hay respuesta a las oraciones. Más bien deberíamos preguntarnos si nos hemos alejado de Dios por nuestras acciones y actitudes. En Isaías 59:1-2 leemos: “He aquí que no se ha acortado la mano de Jehová para salvar, ni se ha agravado su oído para oír; pero vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar de vosotros su rostro para no oír”. En otras palabras, nuestros pecados y malas acciones hacen que Dios se aleje de nosotros y que se aparte de nuestras vidas.

Necesitamos evaluar nuestra propia humanidad y nuestras actitudes hacia Dios primero para ver si no es culpa nuestra que Él esté lejos de nosotros. Hemos hecho a Dios de acuerdo a nuestra propia imagen y semejanza, en vez de reconocer lo contrario, que nosotros hemos sido hechos de acuerdo a su imagen y semejanza. Hemos creado una imagen falsa de Dios y, aun así, esperamos que Él se envuelva en nuestras vidas.

Jesús dijo que si tuviéramos fe podríamos pedirle a Dios cualquier cosa y Él nos la concedería, siempre y cuando estuviera en acuerdo con su voluntad. Pero no creemos, no tenemos ni la certeza ni la convicción para creer incondicionalmente en Dios y en su voluntad. Si conociéramos a Dios sabríamos que sus decisiones son lo mejor para nosotros. Estaríamos confiados en decirle: “No se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lucas 22:42), porque sabríamos que Dios tiene nuestro bienestar en mente. Sabríamos que Dios desea lo mejor para nosotros. A veces tenemos que aceptar que la respuesta de parte de Dios es: no. A nadie le gusta que nos digan: “No” “Espera” o “No ahora”, porque todos deseamos que las cosas que queremos sucedan, y pronto.

Es increíble leer que aún Jesús, siendo humano, exclamó: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mateo 27:46). Es difícil imaginar que el Hijo de Dios haya experimentado esa desesperación y soledad, pero así fue. Con ello aprendemos que la carne es débil; que como seres humanos tenemos que luchar con nuestra naturaleza rebelde y contraria a la voluntad de Dios (Jeremías 17:9). Y, sin embargo, también encontramos consuelo, porque sabemos que Cristo, quien ahora se sienta a la derecha del Padre, está allí para interceder por nosotros. Cristo sabe cómo se siente estar alejado de Dios, abandonado y en sufrimiento. Él intercede por nosotros y desea tener una relación cercana y personal con cada uno. La paz de Dios está a nuestro alcance si estamos dispuestos a creerle y obedecerle (Filipenses 4:7). Aun cuando no comprendamos porqué estamos sufriendo, podremos tener paz de parte de Dios.

Dios no es la causa del sufrimiento humano. Nosotros lo somos. Dios puede y desea ayudarnos, pero tenemos que creerle y obedecerle primero. ¿Qué hacer cuando las preguntas no tienen respuesta? Primero, reconozcamos que Dios está a cargo y que desea nuestro bien. Reconozcamos también que Dios espera que le obedezcamos. Si cumplimos esto, Él promete intervenir dramáticamente en nuestras vidas. Promete bendecirnos y guiarnos hasta la vida eterna que amorosamente desea darnos. Si lo obedecemos y le creemos, Dios se manifestará a nosotros. Entonces ya no habrá preguntas que parecen no tener respuesta, porque Dios nos la revelará.

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