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El Medio Oriente, una amenaza al mundo

Para poder comprender al mundo árabe actual, primeramente hay que entender que hay dos grandes rivales: el líder del islam sunita, que es Arabia Saudita, y el líder del islam chiita, que es Irán. Estos dos rivales, no son sólo rivales religiosos, sino también son rivales geopolíticos que se encuentran viviendo una especie de “Guerra fría” entre ellos. Su enfrentamiento indirecto tan profundo se ha manifestado recientemente en eventos como la guerra civil en Siria, en Yemen, o en Líbano.

Con la llegada del presidente Donald Trump a la Casa Blanca, su evidente simpatía por Arabia Saudita (que dejó manifiesta en su reciente visita a Oriente Medio), y tras tensos acontecimientos desde inicios de este mes de noviembre, la escalada de la tensión entre Arabia Saudí e Irán ha sido constante. Esto supone un gravísimo riesgo para la estabilidad de la región, y para el mundo entero. El cruce de acusaciones entre Riad y Teherán —capitales de ambos países— debe cesar cuanto antes y las grandes potencias aliadas de ambos países deben ejercer la presión necesaria para bajar una temperatura de agresión que se ha disparado peligrosamente a lo largo de las últimas semanas.

En un mundo todavía dependiente del petróleo, Arabia Saudí desempeña un papel crucial al momento de sentar las bases para la estabilidad económica, de lo cual, Riad se ha aprovechado, hasta cierto punto, durante décadas. Sin embargo, la inmutabilidad del régimen ha saltado por los aires tras la purga ordenada por el príncipe saudí, y nuevo hombre fuerte del país, Mohamed bin Salmán. Él ha ejecutado las órdenes de aprehensión de once príncipes, cuatro ministros en activo y decenas de antiguos ministros, todos ellos acusados de corrupción.

Por otra parte, el aliado iraní, Líbano, salta a escena nuevamente, ya que su primer ministro, Saad Hariri, en vez de comparecer ante su Parlamento, voló a Riad para anunciar su dimisión a través de un video en el que confesaba temer por su vida. Acto seguido, Hezbolá, la milicia pro-iraní libanesa, considerada grupo terrorista por Estados Unidos y la Unión Europea —que cuenta con varios miles de militantes armados y ha protagonizado una guerra contra Israel—, acusó a Arabia Saudí de forzar la dimisión del primer ministro libanés.

La respuesta saudí ha sido fulminante: considerará cualquier acción de Hezbolá contra sus intereses como una declaración de guerra del Líbano. Este grupo libanés combate en Siria contra el Estado Islámico junto al ejército de Asad y miembros de la Guardia Revolucionaria iraní. La victoria de estas fuerzas crearía un corredor chií desde Irán hasta el Mediterráneo, algo que el gobierno de Jerusalén —empeñado en evitar que Hezbolá reciba de Teherán armas y misiles con los que ataca a Israel— no está dispuesto a permitir. Esto aproxima a israelíes y saudíes, que también recelan del programa nuclear iraní y la influencia de Teherán en la región.

En pocas palabras: si hay una región del mundo en la que las tensiones pueden llevar a conflictos de consecuencias funestas, esa es Medio Oriente. Estados Unidos —principal aliado de Arabia Saudita e Israel— y Rusia —aliado de Irán y Siria—, podrían actuar para rebajar la tensión, aunque la injerencia de estas naciones podría desatar más tensión en la región.

El Medio Oriente en general y Jerusalén en particular constituyen el punto focal de casi toda la profecía bíblica, y por medio de ésta podemos saber lo que va a acontecer pronto en la crítica región del Medio Oriente.

La profecía nos dice que no obstante los esfuerzos de los hombres en pro de la paz, tanto en esa región como en otros países, el Medio Oriente acabará por precipitarse a una crisis suprema, impulsada por fuerzas que están más allá del control de los estadistas.

Jesucristo revela que en el futuro Jerusalén se verá “rodeada de ejércitos” y “hollada por los gentiles” (Lucas 21:20, 24). En Zacarías 14:1-2 la Biblia muestra a todas las naciones reunidas para la batalla contra Jerusalén y advierte que la ciudad será tomada.

¿Cómo sucederán estas cosas?

La Biblia profetiza un renacimiento final del antiguo Imperio Romano. Habrá una confederación de diez naciones o grupos de naciones encabezadas por un gran dictador denominado “la bestia” (Apocalipsis 17). El profeta Daniel revela que en “el tiempo del fin”, dicho Imperio Romano se verá envuelto militarmente en el Medio Oriente… para pesar tanto de árabes como israelís. Daniel denomina al Imperio Romano restaurado como “el rey del norte”.

Es posible que en el futuro los árabes presionen a Europa con el fin de obligar a Israel a ceder. Especulando tal vez, esto podría incluir la restricción de los envíos de petróleo, y el resultado sería un choque de frente entre Europa y el Medio Oriente. Europa no tendría más alternativa que recurrir a la fuerza militar para asegurar el flujo ininterrumpido de petróleo hacia sus fronteras, de ahí la relevancia de que Europa se sume a la mediación sunita-chiita.

Por último, en el tiempo del fin el Medio Oriente se convertirá en el centro de una lucha titánica por la supremacía mundial, en la cual participarán varias potencias. Solamente la intervención de la mano de Dios en los asuntos del hombre impedirá que el género humano se aniquile del todo.

Pero sí vendrá la paz entre Israel y sus vecinos. El destino final del Medio Oriente es convertirse en una región estable y próspera, libre de conflictos y de amenazas de guerra. Antes, sin embargo, los pueblos de aquella región sufrirán un periodo de caos y suplicio, un tiempo de tribulación “cual no la ha habido desde el principio del mundo hasta ahora, ni la habrá” (Mateo 24:21).

La paz duradera llegará entre sunitas y chiitas. Dicha paz llegará también a todo el Medio Oriente, y al mundo entero. Esto sucederá en cuanto regrese Jesucristo como Mesías para gobernar sobre todas las naciones.

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