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Jerusalén y el Medio Oriente, un barril lleno de pólvora

“Jerusalén es el corazón de una de las más exitosas democracias del mundo, un lugar donde judíos, musulmanes y cristianos pueden vivir según sus creencias. En 1995, el congreso de Estados Unidos aprobó por abrumadora mayoría reubicar ahí la embajada, y desde entonces todos los presidentes han aplazado la decisión por miedo a afectar las negociaciones de paz, pero décadas después no estamos más cerca del acuerdo. Este es un paso largamente postergado que permitirá avanzar en el proceso y trabajar en la consecución del pacto. Estamos aceptando lo obvio. Israel es una nación soberana y Jerusalén es la sede de su gobierno, parlamento y tribunal supremo”. Estas fueron las palabras del presidente Donald Trump antes de reconocer recientemente a Jerusalén como capital de Israel.

Con este anuncio, el presidente Trump se ha desmarcado de sus antecesores, y de muchos gobernantes en el mundo, cumpliendo así con una resolución del congreso de Estados Unidos y con una de sus promesas de campaña. Lamentablemente el Medio Oriente sigue siendo un auténtico barril de pólvora que ha tomado este anuncio como una declaración de guerra.

En las palabras del presidente de Estados Unidos, el traslado de la embajada hacia Jerusalén tardará años en concretarse.

Ningún presidente de los Estados Unidos había decidido trasladar la embajada norteamericana de Tel Aviv a Jerusalén (como acordó por unanimidad el congreso estadounidense en 1995), por las tensiones que causaría el reconocer esta ciudad como capital de Israel. La ciudad alberga lugares sagrados no sólo del judaísmo, sino también del islam y de distintas ramas del cristianismo. Ciertamente los palestinos reivindican la parte oriental de Jerusalén como capital del Estado Palestino, pese a que fuera ocupada totalmente por Israel en 1967, en la Guerra de los Seis Días. Los palestinos piensan de esa manera, en parte, porque la comunidad internacional nunca asumió la soberanía israelí sobre la ciudad completa, aunque Rusia reconoció en enero pasado la capitalidad israelí de Jerusalén.

Aunque la decisión del presidente Trump es una promesa de campaña y también un seguimiento a la resolución del congreso de Estados Unidos, el anuncio ha vuelto a avivar las tensiones en Medio Oriente, y coloca contra la pared a los palestinos, lo que se interpreta como un espaldarazo de apoyo al mundo judío. Pero al mismo tiempo es algo negativo al proceso de paz duradero entre israelís y palestinos que por décadas se ha buscado. Esto sitúa a Estados Unidos en una posición riesgosa, ya sea que se concrete o no el traslado de su embajada a Jerusalén.

Es cuestión de tiempo para: 1) recoger los escombros de una ciudad milenaria que por décadas ha sido testigo del esfuerzo humano por consolidar el Estado de Israel a golpe de contiendas y guerras y; 2) observar la decadencia, hasta ahora impensable, de la nación más poderosa de la Tierra en parte por apoyar este proceso. Este anuncio, sin quererlo ni saberlo, podría también acelerar una alianza árabe, propiciando un eje de contrapeso en Medio Oriente sin precedentes. En otras palabras, esto podría consolidar lo que la Biblia llama “el rey del Sur”.

La complicada situación entre árabes e israelís se presenta cada vez más como un problema insoluble. Aunque ambos lados han transigido en algo con el fin de resolver ciertos aspectos del dilema, la brecha sigue siendo profunda y amplia respecto a muchos puntos fundamentales.

La profecía bíblica revela que en los próximos años veremos renacer en Europa al antiguo Imperio Romano. En los tiempos del fin surgirá en Europa una confederación de diez naciones o grupos de naciones encabezadas por un gran dictador, quien en el lenguaje bíblico se denomina la “bestia” (Apocalipsis 17).

Muchas profecías indican que ese Imperio Romano resucitado actuará militarmente en el Medio Orienten para implantar la paz que ha sido tan esquiva. Esta intervención militar hará sentir su impacto sobre israelíes y árabes por igual.

No obstante los esfuerzos sinceros por lograr la paz en esa región, ¡todo el Medio Oriente será escenario de una formidable crisis!

En las profecías de Daniel, la “bestia” se llama, “el rey del Norte”. En el tiempo del fin, muchos pueblos y naciones del Medio Oriente serán vencidos por la intervención militar de la bestia o rey de Norte (Daniel 11:40-41).

Las zonas ocupadas por los ejércitos europeos incluirán a Palestina, pues “entrará a la tierra gloriosa” (Daniel 11:41). El actual Estado de Israel será ocupado… ¡cómo fue ocupada Judea hace casi 20 siglos por el Imperio Romano! (Lucas 21:20, 23-24).

Son varias las profecías que revelan cuánto durará la ocupación de Jerusalén. Un ángel le dijo a Daniel que sería “por tiempo, tiempos, y la mitad de un tiempo”, o sea tres años y medio (Daniel 12:7). Apocalipsis 11:2 corrobora lo anterior al decir que la potencia política-religiosa que será ese Imperio Romano “hollará la ciudad santa cuarenta y dos meses”, lo cual equivale a 1.260 días o tres años y medio.

La profecía nos dice que lamentablemente los hijos de Judá, junto con sus naciones hermanas —los Estados Unidos, Inglaterra y demás descendientes de la casa de Israel— tendrán que aprender una amarga lección, sufriendo la humillación y la derrota a manos de sus enemigos durante tres años y medio durante la Gran Tribulación.

Jerusalén se convertirá en el núcleo de una lucha a muerte por el dominio del mundo. A medida que vaya escalando el conflicto, la humanidad toda llegará al borde de la aniquilación. Pero antes que la humanidad se autodestruya, Dios intervendrá poderosamente en los asuntos del hombre. Jesucristo regresará a la Tierra liderando un gran ejército para salvar a su pueblo, y al mundo entero, de la aniquilación total.

A su regreso, Cristo destruirá a la bestia, a los reyes de la Tierra que la apoyan, y a sus ejércitos reunidos en Jerusalén (Apocalipsis 19:19-20).

Con la segunda venida de Jesucristo se acabarán los “tiempos de los gentiles”. Él librará a Jerusalén de las fuerzas gentiles. Las doce tribus de Israel saldrán del cautiverio y serán devueltas a su tierra original (Jeremías 23:3-8; 50:4-5, 19:20; Ezequiel 20:34-43; 36:24-28; 39:25-29). El gobierno de Dios será establecido sobre toda la Tierra (Daniel 2:44; Apocalipsis 11:15) y Jerusalén será su sede (Jeremías 3:17).

En aquel día no sólo Israel, sino el mundo entero, gozará de completa armonía bajo el reinado del Príncipe de paz. He aquí las palabras consoladoras en Isaías 11:9, “No harán mal ni dañarán en todo mi santo monte; porque la tierra será llena del conocimiento del Eterno, como las aguas cubren el mar”.

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