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Jugando con fuego

Adulterio. Palabra dura que resuena en los oídos como un molesto ruido estridente. Plaga que aqueja a nuestra sociedad actual. Cada vez más hombres y mujeres son infieles a sus parejas excusándose en que “todo el mundo lo hace”. Las prácticas sexuales se han pervertido. La sociedad en general sabe cuáles conductas son inapropiadas, se lo dicta su sentido común y su espíritu humano, pero las corrientes de este mundo son cada vez más perversas y cauterizan las conciencias. Sin embargo, los seguidores de Cristo no debemos seguir las tendencias del mundo, porque muchas son pecado.

La Biblia dice claramente quiénes no entrarán al Reino de Dios: “¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones… heredarán el reino de Dios” (1 Corintios 6:9-11). ¿Quiénes son “injustos”? Es sencillo de entender. Lo injusto es todo lo que es contrario a lo justo. La Biblia revela que todos los mandamientos de Dios son justicia; por ende, todo el que practica sus mandamientos practica la justicia, y es justo (Salmos 119:172). Pero quienes practican el adulterio o cualquier forma de sexo ilícito, es injusto y, por ende, no estará en el Reino de Dios, a menos que haya un profundo y definitivo arrepentimiento.

El adulterio nace del corazón, porque “del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias” (Mateo 15:19). Aunque mucho se habla de las bondades de nuestro corazón, en realidad es esencialmente malo. Esto puede sonar extraño, pero Dios lo revela en su Palabra: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá? Yo el Eterno, que escudriño la mente, que pruebo el corazón, para dar a cada uno según su camino, según el fruto de sus obras” (Jeremías 17:9-10).

¿Qué sucedería si siguiéramos ciegamente todos los deseos de nuestro corazón?

Todo ser humano es injusto hasta que se arrepiente de su conducta y sus pensamientos pecaminosos. Mientras tanto, pecar es lo normal, porque “la mente carnal no se sujeta a la ley de Dios ni tampoco puede” (Romanos 8:7). El apóstol Pablo explica que quienes viven según sus deseos son enemigos de Dios, porque no sólo no quieren obedecerlo, sino que no pueden hacerlo, pues no tienen el único elemento que nos ayuda a salir del pecado: el Espíritu de Dios. Quienes no tienen el Espíritu de Cristo “no son de él”, se nos dice en Romanos 8:9. Es claro: quienes no han aceptado a Jesucristo como su Salvador, no se han arrepentido de sus pecados ni se han bautizado (Hechos 2:38-39), no son de Cristo.

El adulterio puede evitarse con la ayuda de Dios. Todos deberíamos conocer lo que Dios dice sobre la fornicación —todo sexo fuera del matrimonio. Bien nos haría leer los Proverbios, pues brindan valiosa información para quien desea mantenerse sin mancha del mundo y puro para Dios y para su pareja. En Proverbios 6:27-28 leemos: “¿Tomará el hombre fuego en su seno sin que sus vestidos ardan? ¿Andará el hombre sobre brasas sin que sus pies se quemen? Así es el que se llega a la mujer de su prójimo; no quedará impune ninguno que la tocare”. Obviamente la respuesta a estas preguntas es NO. No podemos jugar con fuego sin quemarnos.

Quien comete adulterio, fornicación o cualquier otro tipo de sexo ilícito, tiene falta de entendimiento. También la debilidad humana puede llevarnos a caer; sin embargo, sea cual fuere la razón, es pecado. Además, una vez que se cae en las redes del pecado es muy difícil escapar sin la ayuda de Dios. Cada vez más nos enteramos de personas de toda edad, índole social, política y religiosa, que sin distinciones caen ante las tentaciones. Cayó en pecado sexual aún el rey de Israel, David, un hombre conforme al corazón de Dios.

¿Qué es realmente el adulterio? Podría pensarse que es, simple y llanamente, sostener relaciones sexuales con una persona distinta a la legítima pareja, pero no es así. Es mucho más que eso. Veamos cómo lo definió Jesucristo: “Oísteis que fue dicho: No cometerás adulterio. Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón” (Mateo 5:27-28). Cristo liga el adulterio con el corazón. Es codicia. El deseo de obtener algo que no nos pertenece. Podemos tener una pareja lícitamente por medio del matrimonio. A partir de ese momento tener relaciones sexuales con esa persona es legítimo, no es pecado. Pero tener cualquier tipo de deseo carnal por una persona que no sea nuestra pareja es, según Cristo, un deseo ilícito. Es codicia y la codicia es pecado; el décimo mandamiento de la ley de Dios lo muestra.

El adulterio se prohibió en el Antiguo Testamento así: “no te acostarás con la mujer de tu prójimo” (Levíticos 18:20, LBLA). Pero nuestro Señor Jesucristo lo amplió. No sólo no lo abolió, sino que lo magnificó y amplió su intención espiritual. Cristo nos enseña que quien codicia a una mujer, aún solamente en su corazón, es culpable del pecado de adulterio. No es necesario que se cometa el acto sexual físicamente. La pornografía, los bailes exóticos, los mensajes con contenido sexual y demás cosas semejantes que proliferan en los últimos años promueven el adulterio, la fornicación y la vida carnal.

¿Qué podemos hacer?

Tenemos que alejarnos de todas las situaciones y ambientes que impulsan al pecado. Tenemos que pedirle a Dios que nos ayude a vencer las tentaciones. También tenemos que aplicar toda nuestra fuerza de voluntad para no pecar. El apóstol Santiago escribió: “¡Oh almas adúlteras! ¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios? Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios” (Santiago 4:4). El apóstol nos enseña más adelante que sí podemos escapar del pecado de este mundo y nos da la fórmula: “Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros. Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros” (Santiago 4:7-8).

Todos debemos acercarnos a Dios con verdadero y profundo arrepentimiento. Es tiempo de buscar a Dios para ser fortalecidos contra el pecado mediante su Espíritu Santo.

Sepa más

Séptimo mandamiento: no cometerás adulterio

El séptimo mandamiento está registrado en Éxodo 20:14: “No cometerás adulterio”.

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