Por el camino del desierto…

Imágen:ElPais
Más de 130 mil personas se han aglomerado a lo largo de la carretera del desierto a las afueras de Diffa, en Níger África, huyendo del grupo militante Boko Haram, quien persigue, secuestra y asesina indiscriminadamente en una campaña de violencia extrema. Esta semana el periódico The New York Times publicó entrevistas documentadas de las historias de más de 100 residentes tratando de mantenerse vivos en una situación precaria y aparentemente sin solución.

Decenas de miles de personas se han lanzado a la carretera del desierto en Níger que sólo conduce a una vida de incertidumbre y necesidad. Entre los entrevistados se encontró una niña de 13 años que describió sus pesadillas narrando que sólo recuerda estar huyendo mientras gritaba, una y otra vez, “¡vienen a matarme!”. Muchos están siendo desalojados. Pero la situación no es nueva, ya muchos han tenido que sobrevivir estas tristes y lamentables condiciones desde hace varios largos y difíciles años.

La ofensiva militar en contra de Boko Haram ha tenido algo de éxito en la vecina nación de Nigeria, donde han podido deshacerse de campamentos escondidos en los bosques cercanos. Cientos de miles de nigerianos finalmente han logrado regresar a sus hogares después de meses de estar escondidos tratando de sobrevivir en el desierto. Sin embargo, al regresar sólo han encontrado que sus casas, cosechas y tierras fueron totalmente destruidas, haciendo casi imposible su supervivencia.

Más de 200 mil personas han sido esparcidas en la región de Níger por los militantes, quienes los persiguen de un lugar a otro. Se reportó que algunos han tenido que huir hasta cuatro veces para escapar de Boko Haram.

“Estuve allí cuando mataron a mi esposo”, dijo Kiari Yamangou, una mujer, ahora viuda, que está viviendo en el desierto con sus hijos. Dijo que comenzó a huir hace dos años cuando los seguidores de Boko Haram invadieron su pueblo. Ella y su esposo trataron de huir con sus ocho hijos, todos montados sobre la motocicleta del esposo. Cuando fueron alcanzados, su marido les ofreció las llaves de la moto y les dijo que se llevaran cuanto quisieran, pero ellos “no deseaban más que su vida”, dijo Kiari. Ahora ella y sus ocho hijos viven en el camino que conduce al desierto, tratando desesperadamente de sobrevivir bajo una improvisada tienda de campaña vacía y casi sin alimentos.

Estos miles de refugiados han podido sobrevivir gracias a la ayuda humanitaria que ha provisto la UNICEF (Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia) y otras organizaciones humanitarias internacionales. Camiones cargados de botellas con agua, bolsas de arroz y leche en polvo son lo que los sostienen vivos. Para la mayoría es su única dieta y se muestran muy agradecidos, aunque es poca la cantidad de comida que reciben de manos de voluntarios de los diferentes grupos de rescate. El desierto es cruel y no ofrece nada. Si no fuera por estas organizaciones muchos más hubieran sucumbido víctimas del hambre y la desnutrición. La organización “Médicos sin Fronteras” maneja una pequeña clínica para asistir a los heridos y enfermos con lo poco que tienen para el gran número de personas.

La constante migración de los nuevos peregrinos ha convertido el camino al desierto en verdaderas comunidades, en pueblos necesitados y carentes de todo, especialmente de la esperanza de una vida mejor. ¿Cómo ayudar a tantas personas desesperadas, intentando sobrevivir y buscando una vida mejor para ellos y sus familias? ¿Cuál es el remedio y quién cuenta con los recursos y el poder para ofrecer una solución buena y perdurable?

La Biblia revela que habría tiempos muy difíciles al final de esta era. ¿Acaso dudamos que ya estemos viviendo en ese tiempo? Es obvio que estos días han llegado para quedarse y las cosas sólo empeorarán hasta que venga el Reino de Dios. Jesucristo, cuando enseñó cómo orar, dijo específicamente que pidamos que venga el Reino de Dios a poner fin al sufrimiento, injusticia y dolor que enfrenta la humanidad (Lucas 11:2).

El tema del Reino de Dios fue algo que Jesucristo predicó a menudo; de hecho, comenzó su ministerio hablando acerca de éste (Marcos 1:14). Profetizó que serían predicadas “las buenas noticias” (el Evangelio) a todas las naciones del mundo como testimonio, y entonces vendría el fin de esta era donde reina el terror de Satanás.

Cristo también advirtió que antes del “fin” habría un tiempo de “gran tribulación”, cual no la ha habido desde el principio del mundo hasta ahora, ni la habrá. Y si aquellos días no fuesen acortados, nadie quedaría con vida; “más por causa de los escogidos aquellos días serán acortados” (Mateo 24:21-22).

Las actuales escenas mundiales son en verdad sin precedentes. Durante los casi seis mil años de la historia humana hemos comprobado que los hombres son incapaces de resolver sus conflictos de convivencia y han recurrido una y otra vez a la segregación, violencia y guerra. Desde el año 3600 a.C. el mundo sólo ha tenido 292 años de paz. En ese tiempo miles de millones de personas han perdido sus vidas. Lamentablemente, la tendencia de la raza humana parece ser siempre hacia la auto-destrucción. El hombre es incapaz de gobernarse a sí mismo sin violencia.

El profeta Jeremías nos enseña: “el hombre no es señor de su camino, ni del hombre que camina es el ordenar sus pasos” (Jeremías 10:23). El profeta reconoce que el hombre no puede vivir en paz. Todas sus decisiones las ha tomado independientemente de Dios y ha seguido su propio camino de muerte (Proverbios 14:12). El hombre natural actúa contrariamente a la voluntad de Dios y desconoce que su deplorable condición actual se debe a problemas de índole espiritual.

El apóstol Pablo describe al hombre como un ser incapaz de sujetarse a la ley de Dios (Romanos 8:6-7). Hoy vivimos en un mundo que vive las consecuencias de haber rechazado a su Creador. Desde el inicio, Adán y Eva rechazaron a Dios y creyeron la mentira de Satanás (Génesis 3:1-7; 9:11) pensando que eran capaces de encontrar la verdad y podrían decidir lo que es bueno y lo que es malo sin Dios. La violencia es nada menos que el fruto de las malas decisiones que el hombre ha tomado, apartado de Dios, desde el principio.

La única cura para este mundo sumergido en guerra, dolor, sufrimiento y violencia, es que Dios mismo regrese y retome el gobierno de la tierra con autoridad sobre todas las naciones: que se establezca el Reino de Dios. La profecía bíblica revela que Jesucristo pronto reinará sobre la tierra entera (Daniel 4:17) con un gobierno que no tendrá fin jamás.

Cuando observamos las tristes condiciones de dolor y sufrimiento en el África, acordémonos de pedirle a Dios que pronto venga su reino para poner fin a tanto sufrimiento de la humanidad. Reconozcamos también, que si Cristo se tarda en venir, el mundo seguirá empeorando hasta el punto en que nadie quedará con vida (Mateo 24:22). Visualicemos un maravilloso futuro para los refugiados en África y vivamos con la visión y la esperanza de un mundo mejor.