¿Qué quiso enseñarnos Cristo al decir “no juzguéis”?

En Mateo 7:1, Jesucristo dijo: “No juzguéis”. ¿Significa esto que nunca debemos juzgar a nadie? ¿Es incorrecto pensar que la conducta de otra persona es incorrecta?

¿Qué quiso enseñarnos Jesús al decir: “No juzguéis”? Para encontrar la respuesta, debemos poner en práctica una de las reglas básicas del buen estudio de la Biblia: analizar las Escrituras en contexto. En este caso, debemos buscar el contexto de Mateo 7:1 en los versículos 3-5, donde Cristo recalca que no debemos andar por ahí tratando de corregir los errores de los demás. El mensaje completo es que primero debemos trabajar en nuestros propios defectos. Esta enseñanza fue luego reiterada en 2 Corintios 13:5, que nos exhorta claramente: “Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe”.

La palabra griega traducida como “juzgar” en Mateo 7 es krino, que también significa “expresar una opinión sobre la probidad de algo”, “condenar”, “tener opinión”, “estimar” o “considerar”. Y esto parece confirmar la idea de que no deberíamos tener o expresar ninguna opinión acerca de otras personas.

Más de lo que parece

Sin embargo, las palabras de Jesucristo en Mateo 7:1 van más allá de esto, tal como vemos en el versículo siguiente. Al juntar ambos versículos leemos: “No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados, y con la medida con que medís, os será medido”.

Aquí, Cristo está asumiendo que las personas juzgarán a los demás. Pero advierte que tengamos mucho cuidado al hacerlo, pues cada uno de nosotros será juzgado según el estándar con que medimos a otros.

Otra de las reglas básicas del estudio de la Biblia es analizar los versículos en un contexto aun más amplio, considerando otros versículos similares que traten el mismo tema. De esta manera podremos comprender mejor lo que Dios intenta decirnos a través de su Palabra y evitaremos malinterpretarla por tener solo una perspectiva. En el caso de Mateo 7:1, debemos tomar en cuenta que otros pasajes bíblicos nos instan a usar nuestro juicio (palabra que proviene del mismo término griego utilizado por Jesús en Mateo) en varias situaciones de la vida.

En 1 Corintios 6:2, por ejemplo, Pablo increpó a los creyentes de Corinto por haber acudido al sistema legal en lugar de tomar sus propias decisiones y llegar a una conclusión sin influencia externa. Más aun, les dijo que evitar llegar a conclusiones con respecto a sus propios asuntos era vergonzoso (vv. 4-5).

Un cristiano debe  juzgar

Además, refiriéndose al discernimiento espiritual, el apóstol Pablo dijo que “el espiritual juzga todas las cosas; pero él no es juzgado de nadie” (1 Corintios 2:15).

En este pasaje, la palabra griega traducida como “juzgar” es anakrino, que comparte la raíz del término utilizado por Cristo en Mateo 7. Esta palabra significa: “examinar o juzgar”, “investigar, comprobar, inquirir, escudriñar, indagar, cuestionar”, “llevar a cabo una investigación, específicamente en el campo de las ciencias forenses”, “interrogar, “observar al imputado o testigo”, “ser juez de algo, estimar, determinar (la excelencia o deficiencia de algo o alguien)”.

Entonces, ¡1 Corintios 2:15 nos entrega una nueva perspectiva con respecto a si un cristiano debe juzgar o no! Pero, ¿cómo reconciliar estas dos posturas que parecen tan diferentes? Un cristiano debe juzgar la probidad de una acción según la ley de Dios, pero no debe “juzgar” a una persona para condenarla. Es decir, debemos investigar, analizar y llegar a una conclusión con respecto a las obras, pero sólo Dios tiene la autoridad para juzgar a quienes las hacen.

Sólo Dios puede juzgar los corazones de los demás. Es su prerrogativa y de nadie más. Dios es el único que podrá dictar nuestra sentencia final, sea la vida eterna o la muerte definitiva. En Romanos 2:1, 3, el apóstol Pablo nos advierte del peligro de emitir este tipo de juicio, explicando que, si condenamos a los demás, no escaparemos del juicio de Dios. En otras palabras, si juzgamos y condenamos a otra persona, ¡corremos el peligro de ser puestos en el lago de fuego!

Por lo tanto, las palabras de Jesucristo en Mateo 7:1 nos enseñan que no debemos condenar a los demás. Y esto es aun más claro en la Escritura paralela, donde leemos: “No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados” (Lucas 6:37).

Otro pasaje bíblico que trata el tema del juicio es Filipenses 1:9, donde leemos: “Y esto pido en oración, que vuestro amor abunde aun más en ciencia y en todo conocimiento”. Aquí, la palabra traducida como “conocimiento” también significa “discernimiento”.

Juzgar según los estándares de Dios

El apóstol Pablo pidió en oración que los creyentes tuviesen suficiente conocimiento o discernimiento para aprobar lo mejor.

La palabra “aprobar” es otra muy interesante, pues proviene de dokimazô, que significa: “probar, analizar, escudriñar (para comprobar la legitimidad de algo) un metal”, “reconocer la autenticidad de algo luego de examinarlo, aprobar, considerar como valioso”. Es un término que proviene del nombre que se daba a los expertos en reconocer la autenticidad de las monedas. Y, en el sentido bíblico, implica que un cristiano siempre debería reflexionar y tener una opinión crítica sobre las cosas. Esto no significa que debamos “criticar” todo y volvernos negativos, sino que debemos ser cuidadosos y precisos en nuestro análisis.

En 1 Corintios 10:15, ¡Pablo incluso dijo a los corintios que juzgaran sus palabras! Y nosotros le pedimos lo mismo a usted. No dé por sentado lo que decimos; analice las Escrituras que hemos citado, compruebe la Palabra de Dios y ponga en práctica las verdades que ha aprendido.

Pero, ¿con cuáles estándares debemos juzgar y formarnos una opinión de las cosas? ¿Según nuestras propias creencias? ¡Claro que no! Jesucristo nos enseña: “No juzguéis según las apariencias, sino juzgad con justo juicio” (Juan 7:24, énfasis añadido). Y la única manera de hacerlo es estudiando regularmente la Palabra de Dios—el único estándar verdaderamente justo—y viviendo según sus leyes. Tal como dijo el apóstol Pablo, los Diez Mandamientos son nuestro manual para diferenciar entre el bien y el mal (Romanos 7:7).

Quien vive según la Palabra de Dios sabe distinguir lo bueno de lo malo y debería llegar a una conclusión acerca de las cosas con base en esto.