¿Por quién votaría Jesús?

Norteamérica está en medio de una conflictiva elección presidencial y otras naciones están enfrentando elecciones controversiales también. Si Jesús estuviera en la Tierra ahora, ¿a quién respaldaría?

Cada cuatro años, los Estados Unidos pasan por un proceso (doloroso) de elegir al presidente —un cargo considerado como uno de los más poderosos del mundo. Después de una temporada de elecciones primarias que duró casi un año, los norteamericanos irán a las urnas el 8 de noviembre para decidir si quieren que Hillary Clinton o Donald Trump lideren su país en los próximos cuatro años.

El escenario político americano ha estado profundamente polarizado por muchos años, pero pareciera que las divisiones políticas se están agudizando y son menos civilizadas. Los demócratas, republicanos e independientes, parecen incapaces de trabajar juntos en prácticamente cualquier cosa, regularmente arrojando dudas acerca de las motivaciones de otros, su integridad y aun terminando en acusaciones y difamación.

Otras naciones también se están preparando para elecciones muy importantes. Después de peleas tan amargas, ¿podrán los ganadores unir a sus naciones y gobernar efectivamente? ¿Podrán cumplir tantas promesas que han hecho?

¿Por quién votaría Jesús?

A Jesucristo le importan profundamente nuestras naciones, y la Biblia nos muestra su gran interés en el gobierno. Tal vez entonces sería bueno que nos planteáramos la siguiente pregunta:

¿Si Jesucristo estuviera ahora en la Tierra, a quién respaldaría?

Hay una respuesta a esta pregunta, pero requiere que estudiemos con detenimiento lo que la Biblia revela acerca del enfoque de Jesús en la política, los partidos políticos y el gobierno civil. Para hallar la respuesta, es necesario tener en cuenta estos cinco puntos:

1. Jesús reconoció que éste no es todavía el mundo de Dios.

Muchas personas ven lo que sucede en su país y ven problemas muy serios. Algunos observan el deterioro moral; otros ven la injusticia y la falta de equidad; y otros se enfocan en el aumento de los impuestos del gobierno.

Pero ninguno de estos problemas es exclusivo del siglo XXI. Jesús vivió en un mundo que tenía los mismos problemas —declive de la moralidad (Mateo 16:4), había pobreza e inequidad (Mateo 26:11) y había problemas serios con el gobierno (Lucas 13:1).

Jesús ayudó a los que entraron en contacto con Él, pero no trató de arreglar todos los problemas de su país y del mundo de entonces. Algunos pensaban erróneamente que Él venía para derrocar a Roma y restaurar un reino judío independiente (Hechos 1:6). Pero Jesús rechazó tajantemente esta idea.

Jesús reconoció que su primera venida no era para arreglar la multitud de problemas que la humanidad enfrentaba, porque éste no era todavía su mundo. Cuando se enfrentó con Satanás en el desierto, una de las más grandes tentaciones de Satanás era ofrecerle autoridad inmediata a Jesús sobre “todos los reinos del mundo”, a cambio de que lo adorara (Lucas 4:5-7).

Jesús no rebatió la capacidad que Satanás tenía para hacer esta oferta. Satanás tiene autoridad. Por ahora, “el mundo entero está bajo el maligno” (1 Juan 5:19).

Pero pronto Jesús va a expulsar a Satanás (Juan 12:31), aunque todavía no.

Actualmente, Jesús reconocería que no hay candidato que pueda arreglar la inmensa cantidad de problemas que enfrentan nuestras naciones. Él hablaría acerca de la causa de nuestros problemas, pero su solución no estaría en ningún partido político actual.

2. Jesús no se involucró con los políticos judíos del primer siglo.

Jesús no vivió en un sistema democrático. Su nación estaba gobernada por el Imperio Romano, que la administraba a través de los reyes herodianos y gobernadores tales como Poncio Pilato. Pero esto no significaba que en la Judea del primer siglo no hubiera políticos. El relato de los evangelios muestra que la cultura en la que Jesús vivía estaba llena de políticos, con muchos partidos luchando por tener influencia política y religiosa.

Algunas de las prominentes facciones religiosas del primer siglo en Judea fueron los fariseos (una secta ultra estricta del judaísmo que controlaba las sinagogas), los saduceos (un partido dominado por la élite sacerdotal, asociada con el templo y que simpatizaba con los herodianos) y los zelotes (un grupo que se oponía violentamente al gobierno romano).

El Nuevo Testamento nos muestra que Jesús no participaba en la política cuando se trataba de grupos religiosos judíos y políticos romanos. Él nunca se adhirió a ninguno de ellos ni respaldó sus soluciones a los problemas morales y civiles de Judea. Con frecuencia Él puntualizaba dónde estaban errados los puntos de vista religiosos de esos grupos, pero les enseñó a sus discípulos a respetar la limitada autoridad que tenían sin imitar su conducta (Mateo 23:1-3).

Así como no se alineó con los saduceos ni con los fariseos, si Jesús estuviera hoy en la Tierra no se alinearía tampoco con los demócratas, republicanos o miembros de cualquier otro partido. Él representaría la postura de su Padre, no la plataforma de ningún partido político.

3. Jesús hablaba de una buena ciudadanía, pero no de política.

Jesús tuvo oportunidades para invocar el cambio político y cuestionar la estructura del poder político en su nación. En una ocasión, un grupo de fariseos se puso de acuerdo con los herodianos para preguntarle acerca del asunto de los impuestos: “Dinos, pues, qué te parece: ¿Es lícito dar tributo a César, o no?” (Mateo 22:17).

El asunto de los impuestos era un tema candente en la Judea del primer siglo, —como ocurre también en la actualidad. Los judíos resentían la gran carga de impuestos que les habían puesto Herodes y Roma.

Jesús tuvo la oportunidad de expresar una opinión política contraria a los impuestos que en ese momento representaban una gran carga para su pueblo. En vez de ello, Él respondió: “Dad, pues, a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios” (v. 21).

La respuesta dejó a sus enemigos sin palabras. No ratificó la carga de impuestos ni protestó por ella. Él simplemente dijo que su pueblo debería cumplir con las responsabilidades civiles ante el gobierno bajo el cual vivían, en tanto cumplían con sus deberes de darle el diezmo a Dios.

Años más tarde, el apóstol Pablo reafirmó las enseñanzas de Cristo, enseñando que los cristianos debían someterse “toda persona a las autoridades superiores” (Romanos 13:1).

El apóstol Pedro, que en un momento de su vida trató de protestar violentamente ante el arresto de Jesús (Mateo 26:51-52), más tarde escribió que “es la voluntad de Dios” que los cristianos se sometan y respeten la autoridad civil (vea 1 Pedro 2:13-17).

Jesucristo tendría el mismo enfoque hacia el gobierno civil en la actualidad. No protestaría ni movilizaría a las personas en contra del líder de otro partido, sino que pagaría sus impuestos, se sometería a las leyes que no fueran contrarias a las leyes de Dios y mostraría respeto por la autoridad civil.

4. Jesús representaba un gobierno diferente.

Cuando Jesús compareció en el juicio por su vida, Poncio Pilatos le preguntó: “¿Eres tú el rey de los judíos?” (Juan 18:33). Sabemos que los judíos que querían la muerte de Jesús lo acusaron de ser una amenaza para Roma al declararse a sí mismo el Mesías.

La respuesta de Jesús a Pilato es la clave que enmarca la forma en que los cristianos deben ver su mundo: “Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí” (v. 36).

Esta respuesta nos explica el por qué de todos los puntos anteriores. Por esto es que Jesús reconocía que este mundo no estaba siendo gobernado todavía por Dios, y por esto Él no respaldaba los partidos políticos de su época y hablaba de una buena ciudadanía pero no de una participación política. Por esto es que unas pocas horas antes Jesús dijo que sus seguidores no “son del mundo, como tampoco yo soy del mundo” (Juan 17:16).

Jesús representaba un Reino —un gobierno literal— que no era ni es de este mundo.

El reino que Jesucristo dirige y representa está actualmente en los cielos —donde Jesús está sentado en el trono, a la diestra de Dios el Padre. En vez de involucrarse en la política y los asuntos de este mundo, los cristianos deben pensar como Cristo —su adhesión es a su gobierno. Ellos entienden que su “ciudadanía está en los cielos” y “esperan ansiosamente” el regreso de Jesucristo a esta Tierra (Filipenses 3:20).

Ellos interactúan con el mundo actual como embajadores (2 Corintios 5:20). Embajadores que representan a su país en una tierra extranjera y se rigen por las leyes de dicha tierra pero no participan activamente en su política.

Si Jesús estuviera en la Tierra ahora, Él sería un buen ciudadano y respetaría a los que están en autoridad civil, pero el Reino de Dios tendría su adherencia principal, y Él siempre se comportaría como un embajador de ese gobierno.

5. Jesús quería proclamar un nuevo gobierno —no influenciar el gobierno actual.

A lo largo de los Evangelios, leemos que Jesús vino “predicando el evangelio del reino de Dios” (Marcos 1:14). Él dijo que sus seguidores debían buscar “primeramente el reino de Dios” (Mateo 6:33). ¿Qué es el Reino de Dios?

En pocas palabras, un reino es un gobierno regido por un rey —con territorio, leyes y súbditos. Por lo tanto, el Reino de Dios es el gobierno bajo la autoridad de Dios el Padre y Jesucristo. Actualmente, ese dominio está en el cielo, pero el mensaje central desde Génesis hasta Apocalipsis es que el Reino de Dios vendrá a la Tierra.

Jesús vino predicando un nuevo gobierno mundial. Después de que Cristo regrese, todos los gobiernos del hombre —las democracias, las dictaduras y toda forma de gobierno intermedio—  serán reemplazados por el gobierno de Jesucristo: “Los reinos del mundo han venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo; y él reinará por los siglos de los siglos” (Apocalipsis 11:15).

Si Jesús estuviera en la Tierra en la actualidad proclamando las buenas nuevas del Reino, éste seguiría siendo su enfoque específico (Lucas 4:43). De la misma forma en que Él estaba demasiado ocupado como para participar en la política en su época, Jesús invertiría su tiempo en proclamar las soluciones de nuestros problemas nacionales y mundiales, soluciones que trascienden la política.

Discernir trata de quedarse al margen de la política partidista. Los problemas de la humanidad son, en esencia, de naturaleza espiritual, y nos esforzamos por proclamar las soluciones espirituales. La solución espiritual definitiva es el mismo mensaje que Jesús proclamó en la Judea del primer siglo —¡el evangelio del Reino de Dios!

¿Por quién votaría Jesús?

Entonces, ¿podemos saber por quién votaría Jesús? Ésta es la respuesta concreta:

Jesús no votaría por ninguno de los candidatos. De hecho, Él no votaría.

Si Jesús estuviera en la Tierra ahora, Él estaría haciendo las mismas cosas que hizo hace dos mil años atrás (Hebreos 13:8). Él estaría hablando acerca de cómo Satanás rige sobre esta Tierra en la actualidad y cómo pueden escapar de su destructiva influencia las personas. Él no estaría involucrado con ninguno de los partidos políticos que están en competencia. Sería un buen ciudadano, pero un embajador de un gobierno diferente (y más grande). Invertiría su tiempo en la predicación del evangelio del Reino de Dios.

De la misma forma, Discernir no va a respaldar a ningún candidato político. Discernir respaldará a Jesucristo como el mejor candidato para resolver los problemas más grandes y difíciles del mundo.

El Reino de Dios es la única solución real.

Para aprender más, vea nuestro artículo en Vida, Esperanza y Verdad, “La política de Jesús”; también puede descargar nuestro folleto gratuito El Misterio del Reino.