Ayudando a nuestros hijos a crecer

¿Cómo crear un buen ambiente para el desarrollo de nuestros hijos y hacer de nuestro hogar un santuario para los pequeños que Dios nos encomendó?

Todos llegamos al mundo siendo dulces, adorables e inocentes bebés, sin enredos emocionales ni malos hábitos para cambiar. A medida que crecemos, necesitamos aprender prácticamente todo —a comer, ir al baño, gatear, caminar, hablar, escuchar, cuál es la hora de dormir— y nuestros padres son nuestros primeros y más importantes maestros. Todo lo que aprendemos y la forma en que lo aprendemos en esos años será un factor determinante de nuestro futuro éxito o fracaso.

Aunque hay muchas cosas que pueden influenciar la mente de un niño (como sus compañeros, sus diversiones y las redes sociales), muchos estudios han demostrado que la familia sigue siendo la mayor de las influencias.

La forma en que criamos a nuestros hijos determinará en gran medida lo que ocurrirá con el resto de su vida. Define cómo les irá en el trabajo, lo que buscarán en una pareja, el éxito de sus matrimonios, cómo criarán a sus hijos, y el tipo de relación que tendrán con ellos.

Comenzando desde la base

Las bases de un hogar y familia exitosos se sientan desde antes de casarnos. ¿Cómo podemos prepararnos para ser buenos cónyuges y padres? Y, ¿qué debemos buscar en el futuro padre o madre de nuestros hijos?

Como bien dice Salomón, “Si el Eterno no edificare la casa, en vano trabajan los que la edifican; si el Eterno no guardare la ciudad, en vano vela la guardia”, y “He aquí, herencia del Eterno son los hijos” (Salmos 127:1, 3). Una persona sabia buscará la bendición de Dios en su matrimonio y, una vez casada, también le pedirá que bendiga la concepción, nacimiento y crianza de sus hijos.

Si nuestros pequeños son una bendición de Dios, nadie mejor que Él para enseñarnos cómo criarlos de una forma exitosa.

Dos grandes principios

Dios nos da los parámetros para cumplir con la gran responsabilidad de criarlos bien. Es cierto que nuestros hijos pueden tomar malas decisiones y no hay garantía de que tengamos buenos resultados, pero seguir las instrucciones de Dios sin duda aumentará las probabilidades a nuestro favor.

Las grandes leyes de la vida también son las grandes leyes de la crianza de los hijos. Y como dijo Jesucristo, toda la ley de Dios se resume en dos grandes mandamientos: amar a Dios con todo nuestro corazón y amar al prójimo como a nosotros mismos (Mateo 22:36-39). Estos dos principios son la mejor guía para ayudar a nuestros hijos a tener vidas felices y exitosas.

Cuando descubrimos que todo ser humano (incluyendo los pequeños que Dios nos confió) tiene un potencial increíble, la paternidad toma un significado mucho más profundo. Al igual que nuestro futuro y propósito, el futuro y propósito de nuestros hijos tiene mucho que ver con su relación con Dios y su prójimo.

Si Dios es lo primero en nuestra vida, también será al primero que pediremos ayuda para cumplir con la importantísima responsabilidad de ser buenos padres. Y cuando lo hagamos, Él nos ayudará a crear el ambiente apropiado para que nuestros hijos se conviertan en lo que deben ser: hombres y mujeres que amen a Dios con todo su corazón y a su prójimo como a sí mismos.

Creando el ambiente apropiado

Cuando pienso en un ambiente de crecimiento, se me viene a la mente una experiencia que tuve hace algunos años en Indiana. Indiana es un lugar hermoso en verano, pero en invierno todo se vuelve frío y gris.

En uno de esos días nublados, mi esposa y yo visitamos a una pareja que tiene un vivero. Al llegar, salimos del auto y caminamos con dificultad hasta el lugar donde siembran sus plantas.

De repente, las puertas se abrieron para recibirnos con el acogedor calor de 22°C y varias hileras de hermosas flores y plantas vegetales de distintas especies. Era muy bello; por frío, nevado y sometido a las inclemencias del viento que estuviese afuera, dentro de aquellos edificios las plantas tenían el ambiente perfecto para crecer sin problemas.

Ese día aprendí que, con las condiciones apropiadas, se puede sembrar casi cualquier cosa, y lo mismo ocurre con nuestros hijos: si les damos el ambiente apropiado, podrán desarrollar las cualidades que necesitan para tener un buen futuro.

Creando un santuario

El ambiente familiar es lo que hace de una casa un hogar. No siempre es agradable allá afuera, y todos necesitamos un lugar acogedor al que podamos llegar tras un día duro en la escuela o el trabajo.

Es por esto que mi esposa y yo nos propusimos hacer de nuestro hogar un santuario para nuestros hijos. Queríamos hacerles saber que siempre podrían encontrar paz, seguridad, bondad y amor en casa sin importar cuán duro hubiera sido su día en la escuela o el vecindario, “pues Dios no es Dios de confusión, sino de paz” (1 Corintios 14:33).

Una de las formas para crear un ambiente de crecimiento es enseñar a la familia a respetarse entre sí y establecer una estructura que les dé seguridad.

Veamos algunas de las reglas que pueden ayudarnos a generar este tipo de ambiente:

  • Solucionar las diferencias sin gritos ni enojos.
  • Tener comidas en familia.
  • Pasar menos tiempo en la televisión y la computadora y más tiempo hablando y escuchando.
  • Crear tradiciones familiares, como noches de juego y estudios bíblicos en familia.
  • Leerle mucho a los hijos, especialmente cuando son pequeños. ¡Les encanta! No sólo es una buena forma de conectarnos con ellos emocionalmente, sino que además les despierta el deseo de aprender.

Y  el método de enseñanza más efectivo siempre será nuestro ejemplo. Una imagen dice más que mil palabras: un buen ejemplo de lo que se debe hacer dice mucho más que mil “no lo hagas”.

Lo más importante de todo es empezar a enseñarles a nuestros hijos acerca de Dios lo antes posible. Siempre debemos recordarles que todas las cosas buenas provienen de Él (Santiago 1:17).

Instruyendo a nuestros hijos

Dios nos pide hablarle a nuestros hijos de Él y sus leyes todos los días, enseñándoles cuán beneficiosos son sus mandamientos para su vida (Deuteronomio 6:5-7, 24; 10:13).

Cuando nuestros hijos eran pequeños, pasábamos mucho tiempo juntos en el automóvil, y en los viajes más largos los niños me pedían que les contara una historia. Mis historias (inventadas) siempre tenían héroes y villanos, pero me esmeraba especialmente para que también tuvieran una moraleja sobre la importancia de la honestidad, del servicio o de sacrificarse por una buena causa.

Es cierto que a veces es difícil encontrar el tiempo para instruir a nuestros hijos. Sin embargo, afortunadamente tenemos el mandamiento del día de reposo en que Dios nos ordena descansar del trabajo. (Conozca más acerca de esto en el folleto gratuito El sábado: un regalo de Dios que hemos descuidado.) Mi familia pronto aprendió que el sábado era un día especial y diferente al resto de la semana, pues nos daba la oportunidad de pasar tiempo juntos y hablar de la Palabra y el Camino de Dios.

Mi esposa siempre hacía una cena especial para el comienzo del sábado (viernes en la noche) y nuestros hijos sabían que el postre se servía después de nuestro estudio bíblico familiar, así que siempre esperaban el estudio con ansias. Además, intentábamos que el estudio fuera interesante y apropiado para sus edades y lo hacíamos muy interactivo.

Disciplina y responsabilidad

Las reglas y la disciplina son aspectos fundamentales de la vida. Si no enseñamos a nuestros hijos a vivir dentro de los límites de la buena conducta, la vida y la experiencia sin duda serán sus crueles maestras. No en vano Dios, nuestro Padre, dice que nos disciplina por nuestro propio bien (Hebreos 12:10).

Un padre sabio va incluso más allá de corregir errores. Más importantes que las faltas en sí son las actitudes y motivaciones que hay detrás de ellas. Siempre es bueno detenerse a pensar cuáles pueden ser para corregirlas cuando sea necesario.

Ningún padre quiere que su hijo o hija se convierta en una persona infeliz, decepcionada, solitaria, rechazada, problemática, inmoral, incompetente o insolvente. Lo que les enseñemos ahora puede marcar una gran diferencia en el futuro éxito de sus matrimonios y familias, y como padres tenemos la responsabilidad de enseñarles las actitudes y patrones de conducta que eventualmente les ayudarán a convertirse en adultos responsables.

¿Padres perfectos?

Sin importar el éxito que hayan tenido sus hijos, todo padre alguna vez dice: “Cometí algunos errores. Podría haberlo hecho mejor”. No existen los padres perfectos; no se desanimen. Sólo hagan lo mejor que puedan con la ayuda de Dios y dejen que Él se encargue del resto.

Dios dio a su propio Hijo como un regalo para el mundo. Y, aunque su regalo va mucho más allá de lo que nos podamos imaginar, Dios nos pide algo similar: que le entreguemos a nuestros hijos preparándolos para servir al resto del mundo y hacer de éste un mejor lugar para todos.

Lo invitamos a seguir estudiando los consejos de crianza y buenas relaciones familiares que encontramos en la Biblia en las secciones “Crianza” y “Familia” de nuestro sitio web Vida, Esperanza y Verdad.