¿Quién está observando SU ejemplo?

En la Biblia Dios usa a la familia como una poderosa analogía. Pero para entender esa analogía, necesitamos entender la familia según Dios.

Tengo 14 sobrinos y sobrinas, y un 15vo en camino.

En otras palabras, tengo muchos sobrinos y sobrinas.

Cuando mi esposa y yo vivíamos en Virginia, Estados Unidos, los veíamos seguido a casi todos. Jugábamos con ellos, los cuidábamos, les enseñábamos; y claro, cuando era necesario, los lanzábamos al aire como si fueran sacos de arroz.

(Esto obviamente era necesario muy a menudo. Y completamente seguro.)

Ahora vivimos más lejos, pero seguimos visitándolos cada vez que podemos. Y cuando lo hacemos, los cambios son evidentes. Nuestros sobrinos son cada vez más altos, corren cada vez más rápido y aprenden cada vez más cosas. Sus personalidades individuales son cada vez más evidentes. Nadie podría negar que los pequeñuelos definitivamente están creciendo.

Pero lo que realmente me impresiona no es que crezcan, sino lo mucho que se están pareciendo a sus papás.

Como niños

Mis sobrinos no lo saben, pero todos los días traen a la vida un importante versículo: “Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados” (Efesios 5:1).

Los niños tienen una habilidad increíble para imitar a sus padres. Lo copian todo: la forma en que sus padres hablan, la forma en que caminan —cada gesto y cada peculiaridad se convierte en un modelo de comportamiento. Los niños ven los valores y las creencias de sus padres y de ahí toman sus parámetros acerca de lo que importa en la vida.

Es impresionante ver cómo ese proceso se desarrolla en mis sobrinos. Nunca cabe la menor duda de quién es hijo de quién, pues basta un simple vistazo para darse cuenta de quién está imitando a quién.

Sin embargo, cuando crecemos las cosas se complican más. Nadie se queda como un niño pequeño para siempre. Los años pasan y cada quien adopta sus propias ideas, toma sus propias decisiones y se convierte en una persona independiente.

Jesucristo lo sabía bien cuando les recordó a sus discípulos: “De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos” (Mateo 18:3). Como hijos de Dios (1 Juan 3:1), debemos tomar la decisión consciente y constante de imitar a nuestro Padre celestial..

Entender a Dios

Es fácil decirlo, claro, pero no tanto hacerlo. A veces el solo concepto de “Dios” puede parecernos difícil de entender —un ser espiritual inmortal, todopoderoso y omnisciente, sin límites de tiempo y espacio, sin principio ni fin, que habita en la eternidad y gobierna el universo. ¿Qué significa todo eso? ¿Cómo se ve eso? ¿Cómo se supone que entendamos a un Dios cuya misma naturaleza se escapa de nuestro entendimiento?

La respuesta está en la familia.

Una y otra vez, Dios usa el concepto de familia para ayudarnos a comprender cómo es Él. Él es el Dios del universo, omnipotente y eterno, pero también es nuestro Padre celestial (Mateo 6:8). Eso tiene más sentido, ¿no? La paternidad es algo que sí podemos entender. Sabemos qué significa y cómo se ve. La hemos visto, y algunos de nosotros la hemos vivido.

Pero el punto va mucho más allá: la familia no es sólo una analogía conveniente para entender a Dios; Dios mismo es una familia, y nuestras familias humanas fueron diseñadas como un reflejo de esa institución divina.

El apóstol Pablo describe a Dios como “el Padre de nuestro Señor Jesucristo, de quien toma nombre toda familia en los cielos y en la tierra” (Efesios 3:14-15). En otras palabras, Dios no sólo es un padre, sino el Padre, y su familia es el modelo que todas las familias del mundo deberían imitar.

Redefinir la familia

El problema es el siguiente:

La manera en que vemos a la familia afectará la manera en que vemos a Dios.

Es inevitable. Algunas de las verdades más profundas acerca de la naturaleza de Dios y su plan para la humanidad se revelan en términos de la familia. Si nuestra visión de la familia es errada, también lo será nuestro entendimiento de Dios.

¿Qué siente usted cuando oye hablar de Dios “el Padre”? ¿Orgullo? ¿Enojo? ¿Desconfianza? ¿Felicidad? ¿Seguridad? ¿Miedo? Dependiendo de cómo haya sido su padre humano, podría sentir muchas cosas diferentes. Su actitud y sentimientos hacia el concepto de padre obedecerán a su experiencia personal.

Lamentablemente, las cosas no siempre son como Dios las diseñó. La humanidad ha ignorado a Dios durante miles de años y, como resultado, la familia ha sufrido daños graves. Una de las consecuencias es que cada quien tiene su propia idea de lo que es una familia y de cómo deberían ser las familias.

Tal vez usted creció con un solo padre. Tal vez fue adoptado o vivió toda su vida en hogares de paso. Tal vez sus padres se divorciaron y se volvieron a casar. Tal vez perdió a uno de sus padres a temprana edad. O tal vez alguien abusó de usted.

Tal vez nunca sufrió ninguna de estas cosas y no puede siquiera imaginar cómo habría sido pasar por algo así. Si éste es su caso, qué bueno; pero recuerde que para algunas personas las situaciones hipotéticas que acaba de leer son una realidad.

También hay muchas otras variables. Tal vez usted tuvo doce hermanos o tal vez fue hijo único. Tal vez creció en una familia acomodada; tal vez fue pobre. Tal vez sus padres eran muy cariñosos; tal vez no.

La lista podría continuar, pero el punto es el mismo: para bien o para mal, nuestra idea de lo que es una familia depende en gran medida de nuestra experiencia personal. Pero si lo que queremos es entender a la familia de Dios, tenemos que dejar que las Escrituras redefinan nuestra visión de este concepto.

El centro de la familia

La familia comienza con dos personas: un esposo y una esposa. Como leemos en las primeras páginas de la Biblia, ésa fue la intención de Dios desde el principio de la creación. “Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne” (Génesis 2:24).

La combinación de “un hombre y una mujer” no fue una elección al azar. Dios tenía una razón específica para cimentar a la familia sobre la estrecha relación de esposo y esposa, aunque no la reveló claramente sino hasta mucho tiempo después.

En el primer siglo, el apóstol Pablo dio algunas instrucciones para los esposos y las esposas, que parecen muy sencillas en la superficie: “Maridos, amad a vuestras mujeres” (Efesios 5:25) y “casadas estén sujetas a sus propios maridos” (v. 22). Nada especialmente profundo, ¿verdad? Al menos hasta que seguimos leyendo.

En el versículo 25, Pablo continúa: “Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella” (énfasis añadido). Y a las esposas les dice: “casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo, y él es su Salvador” (vv. 22-23, énfasis añadido). Estos pasajes en realidad revelan verdades muy profundas.

Las instrucciones de Pablo no fueron arbitrarias. Él no era un predicador cualquiera del primer siglo con delirios de autoridad, sino que fue inspirado por Dios para revelar la razón de la estructura familiar humana. Cuando Dios instituyó el matrimonio miles de años antes, su intención era que la relación entre esposo y esposa reflejara la relación entre Cristo y la Iglesia; y el apóstol lo confirma citando el relato del libro de Génesis:

“Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne. Grande es este misterio; mas yo digo esto respecto de Cristo y de la iglesia. Por lo demás, cada uno de vosotros ame también a su mujer como a sí mismo; y la mujer respete a su marido” (Efesios 5:31-33, énfasis añadido).

La práctica hace al maestro

Cristo ama a la Iglesia; los esposos deberían amar a sus esposas. La Iglesia sigue a Cristo; y las casadas deberían seguir a sus maridos mientras ellos sigan a Jesús.

Debería ser así de simple; pero no lo es. Amar como Cristo ama —aun cuando es difícil, cuando la otra persona es desagradable y cuando se requiere de sacrificio— no nos sale natural. Requiere de esfuerzo.

Seguir a alguien como la Iglesia sigue a Cristo —aun cuando no sabemos bien a dónde vamos, cuando no entendemos cómo funcionarán las cosas, y cuando el camino nos parece difícil— también cuesta mucho. Ambas son cualidades que se desarrollan con toda una vida de práctica.

Sin embargo, la belleza de estas virtudes es que funcionan cíclicamente. Mientras mejor entendamos la relación de Cristo con la Iglesia, mejor entenderemos cómo ser buenos esposos y esposas. Y mientras más practiquemos ser buenos esposos y esposas, mejor entenderemos la relación entre Cristo y la Iglesia.

Obviamente, éste es sólo uno de los aspectos de la familia de Dios —sólo una de las maneras en que nuestras familias pueden representar a la familia divina. Podríamos escribir libros enteros acerca de cada aspecto —como la naturaleza del carácter de Dios y la forma en que éste debería reflejarse en nuestro rol de padres; o lo que podemos aprender de Cristo como nuestro hermano mayor; o cómo ser hijos de Dios nos enseña a ser mejores hijos de nuestros padres humanos.

Todos estos son buenos temas para que los analice y estudie por su cuenta. Mientras más lo haga, más se convencerá de que la clave para entender a Dios es la familia, y la clave para entender a la familia es Dios.

Que nuestro ejemplo mejore constantemente

Al principio de este artículo mencioné a mis sobrinos y cómo ellos, sin saberlo, le dan vida a un versículo bíblico. Consciente o inconscientemente, mis sobrinos observan todo lo que sus padres hacen: adoptan sus ideas, copian sus frases e imitan sus gestos. Cada vez que leo acerca de imitar a Dios “como niños”, ellos me ayudan a visualizar lo que esto significa.

¿Qué sucede con usted? ¿Qué aspecto de la familia de Dios está usted ejemplificando? ¿Y quién lo está observando?

Aunque usted no se dé cuenta, su vida inevitablemente está ejemplificando un rol familiar que trasciende lo físico. Hijo o hija, hermano o hermana, esposo o esposa —si cualquiera de estas palabras lo describe, entonces usted es un modelo para alguien más y, por lo tanto, podría ser un punto de referencia para que esa persona entienda a Dios.

Esposos, la manera en que tratamos a nuestras esposas afectará el prisma con el que ellas ven a Jesucristo. Si somos opresivos, infantiles, desinteresados o indiferentes, ¿cuánto más les costará a ellas no ver a Cristo de la misma forma?

Esposas, la manera en que tratan a sus esposos afectará la manera en que ellos ven su papel en la Iglesia. Si los menosprecian, los menoscaban o dudan de ellos constantemente, ¿cuánto más difícil les será a ellos dejarse guiar por Cristo sin hacer lo mismo?

Padres, la forma en que tratan a sus hijos afectará la manera en que ellos interactúan con su Padre celestial. Si no les demuestran amor, no les ponen límites y no les enseñan lo que es correcto y lo que no, ¿cuánto más les costará a ellos acercarse al Padre sin resentimiento o indiferencia?

¿Qué ven los demás en nosotros?

Una de las cosas más difíciles de encontrar en las Escrituras —incluso tratándose de los siervos más fieles de Dios— es una familia sólida. Desde Abraham hasta David, muchas de las familias de la Biblia fueron inestables en el mejor de los casos y turbulentas en el peor.

¿Por qué? Porque no es fácil sostener una familia, y ni usted ni yo somos perfectos. Nunca seremos el ejemplo perfecto y, aún si pudiéramos serlo, ésa es sólo una parte de la ecuación. Lo que otros hagan con el ejemplo que damos no está en nuestras manos; lo único que nosotros podemos hacer es dar lo mejor, y no olvidar que nuestro ejemplo cuenta.

Cualquiera que sea el rol familiar que usted cumple, sus acciones ayudarán a quienes lo rodean a definir lo que es una “familia”. Depende de usted que ese ejemplo les ayude o les dificulte entender mejor a Dios.

Así que ejemplifique amor.

Ejemplifique respeto.

Ejemplifique una determinación firme de hacer lo correcto cueste lo que cueste.

Que los demás vean en usted un corazón que se preocupa y manos que sirven. Que vean humildad, paciencia y bondad. Que vean en todas sus palabras y acciones a un siervo de Dios deseoso de hacer la voluntad del Padre.

Tal vez así —sólo tal vez— podamos convertirnos en parte de la razón por la que otros pueden comprender lo que significa ser parte de la familia de Dios.

Descubra más en nuestro artículo “Construyendo familias sólidas”, de VidaEsperanzayVerdad.org.