Divorcio y segundas nupcias en la Biblia

Dios creó el matrimonio y ha diseñado leyes espirituales que gobiernan el matrimonio, el divorcio y las segundas nupcias. ¿Qué nos dice la Biblia?

El matrimonio le fue dado a la humanidad desde la creación. El matrimonio es una unión natural y una institución divina —un pacto para toda la vida, espiritual, delante de Dios.

Los cristianos no están obligados a casarse, pero cuando ellos lo hacen, están ligados por las leyes espirituales de Dios que gobiernan el matrimonio. Estas leyes e instrucciones también legislan la disolución del matrimonio, que desafortunadamente ocurre con demasiada frecuencia. El divorcio y las segundas nupcias para los cristianos deben ser analizados a la luz de las directrices bíblicas.

Principios bíblicos

El matrimonio fue diseñado por Dios. Trasciende el plano humano y es un reflejo de la relación que Jesucristo tiene con la Iglesia (Efesios 5:22-23).

En el momento de la creación, Dios dijo: “No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él” (Génesis 2:18). La instrucción bíblica es: “Por lo tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne” (v. 24).

Malaquías 2:13-16 confirma que Dios pretendía que la relación matrimonial fuera un pacto de por vida: “Y esta otra vez haréis cubrir el altar del Eterno de lágrimas, de llanto, y de clamor; así que no miraré más a la ofrenda, para aceptarla con gusto de vuestro mano. Mas diréis: ¿Por qué? Porque el Eterno ha atestiguado entre ti y la mujer de tu juventud, contra la cual has sido desleal, siendo ella tu compañera, y la mujer de tu pacto. ¿No hizo él uno, habiendo en él abundancia de espíritu? ¿Y por qué uno? Porque buscaba una descendencia para Dios. Guardas, pues, en vuestro espíritu, y no seáis desleales para con la mujer de vuestra juventud. Porque el Eterno Dios de Israel ha dicho que él aborrece el repudio, y al que cubre de iniquidad su vestido, dijo el Eterno de los ejércitos. Guardaos, pues, en vuestro espíritu, y no seáis desleales”.

Dios dice claramente que Él aborrece el divorcio. No debemos suponer que Él ahora tiene un sentir diferente al que tenía en la época de Malaquías.

Jesucristo lo confirmó cuando le preguntaron si era permitido el divorcio en cualquier circunstancia. Él puso la pregunta en contexto al preguntarles: “¿No habéis leído que el que los hizo al principio, varón y hembra los hizo, y dijo: Por esto el hombre dejará padre y madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne?” (Mateo 19:5). Luego, él declaró: “Así que no son ya más dos, sino una sola carne; por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre” (v. 6).

El pacto matrimonial es un acuerdo para unirse (“juntó”) sin ninguna intención de disolver alguna vez la relación. Cristo dijo claramente en Mateo 19:3-6 que el matrimonio es un compromiso para toda la vida.

El hombre y la mujer que contraen matrimonio deben entender que además del pacto que se hace en el bautismo, el matrimonio es uno de los pasos más trascendentales que van a dar en su vida. Dios ordena a los esposos a sustentar y cuidar a sus esposas (Efesios 5:29). Él sencillamente odia el divorcio. Idealmente, la opción del divorcio y segundas nupcias nunca debiera ser considerada. Y como leímos en Malaquías, el matrimonio sin divorcio es la clave para criar hijos para Dios.

Todos los matrimonios tienen desacuerdos; sin embargo, las parejas necesitan aprender cómo resolver sus diferencias de una manera respetuosa. Con demasiada frecuencia, las parejas simplemente escogen la vía más fácil del divorcio y se casan con otra persona pensando que esto es lo mejor para la felicidad.

Pero el divorcio y el volverse a casar con otra persona podrían ser espiritualmente fatales, ya que este acto es, en todas las circunstancias y con pocas excepciones, considerado un adulterio. Como lo explica Lucas 16:18: “Todo el que repudia a su mujer, y se casa con otra, adultera; y el que se casa con la repudiada del marido, adultera”.

Permiso para divorciarse

Aunque Dios pretendía que los matrimonios fueran para toda la vida, Cristo entendió que el divorcio y las segundas nupcias iban a ocurrir. El propósito de Dios escasamente es la costumbre del hombre. La humanidad, apartada de Dios, ignora a Dios y a sus instrucciones. Dios permitió que en el Antiguo Pacto se hicieran juicios con respecto al matrimonio, el divorcio y las segundas nupcias. En Deuteronomio 24:1 encontramos que Moisés permitió el divorcio en ciertos casos:

“Cuando alguno tomare mujer, y se casare con ella, si no le agradare por haber hallado en ella alguna cosa indecente, le escribirá carta de divorcio, y se la entregará en su mano, y la despedirá de su casa”.

En Mateo 19 leemos lo que Dios quería con el matrimonio y porque permitió esta situación. “Le dijeron: ¿Por qué, pues, mandó Moisés dar carta de divorcio, y repudiarla? El les dijo: Por la dureza de vuestro corazón Moisés os permitió repudiar a vuestras mujeres; mas al principio no fue así. Y yo os digo que cualquiera que repudia a su mujer, salvo por causa de fornicación y se casa con otra, adultera; y el que se casa con la repudiada adultera” (vv. 7-9).

Dios quería que el matrimonio fuera para toda la vida. La razón por la que esto no sucede es que los hombres y las mujeres tienen “dureza” de corazón. Sin el Espíritu de Dios, los hombres y mujeres sencillamente no tienen un corazón que tema a Dios y guarde sus mandamientos, ni tienen un corazón con la misericordia para perdonar a los pecadores arrepentidos, aun cuando el pecador sea el mismo cónyuge de uno.

El propósito de Dios siempre ha sido que el matrimonio sea para toda la vida. Sin embargo el Nuevo Testamento menciona circunstancias en las que el matrimonio no es reconocido o se disuelve (Mateo 19:9; Mateo 5:31-32). Bajo tales circunstancias, la anulación y nuevo casamiento o el divorcio y las segundas nupcias son permitidos sin transgredir la ley de Dios. Estas circunstancias pueden ser resumidas como inmoralidad sexual y engaño.

Matrimonio y conversión

Los seres humanos tomamos malas decisiones, con frecuencia con serias consecuencias y gran impacto en nuestra vida. Dios, en su misericordia ha provisto la forma de resolver de una forma aceptable y satisfactoria los pecados del hombre, por medio del sacrificio de Jesucristo. Cuando uno se convierte en creyente, sus hijos y cónyuge inconverso (si el cónyuge consiente en vivir con el creyente), son santificados —esto es, santos y especiales a los ojos de Dios (1 Corintios 7:14).

El bautismo, precedido por el arrepentimiento, trae perdón y libera a los creyentes de los pecados pasados. Ya no están ligados nunca más a los pecados pasados en el matrimonio como tampoco lo están a sus otros pecados (Romanos 6:1-7. El bautismo representa la muerte del viejo hombre; por lo tanto, Pablo declara: “Porque el que ha muerto, ha sido justificado del pecado” (v. 7). Entonces aquellos que se han divorciado y se han vuelto a casar antes del bautismo no tienen que dejar su cónyuge actual. Ni los que están solteros porque el divorcio los vincula con el cónyuge anterior. Si ellos deciden volverse a casar, no están quebrantando la ley.

El bautismo marca un nuevo comienzo. Los nuevos convertidos tienen un nuevo comienzo gracias a Dios quien “Según su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos” (1 Pedro 1:3). Los pecados pasados son perdonados. Por lo tanto, una persona recién convertida es aceptada con su estatus marital actual —o vuelto a casar o soltero como resultado del divorcio.

Si muere el cónyuge de la persona convertida, quien sobrevive no está obligado a volverse a casar. Pero si un cristiano quiere casarse, debería hacerlo con alguien que sea miembro del cuerpo de Cristo (1 Corintios 7:39-40).

Cuadro espiritual y consejería personal

El matrimonio es el reflejo del Reino de Dios. Si bien el matrimonio es un pacto temporal hasta que se termina con la muerte, tiene una gran importancia porque está diseñado para representar la relación eterna entre Cristo y la Iglesia. Toda la humanidad eventualmente será “descendencia para Dios”, morando para siempre en la familia de Dios.

Tristemente, debido a la dureza del corazón o a las grandes cicatrices del pecado, habrá matrimonios que no sobrevivirán. Sin embargo, hablando en términos generales, el divorcio debería ser el último recurso.

Cuando las parejas tienen problemas matrimoniales, el ministerio de la Iglesia de Dios, una Asociación Mundial, está dispuesto a ayudarlos a aplicar los principios bíblicos para salvar sus matrimonios. Si desea saber más al respecto, vea los artículos “Problemas matrimoniales” y “Cómo salvar su matrimonio”.

Si usted y su cónyuge están comprometidos a aprender y practicar las instrucciones con respecto al matrimonio, ¡hay muchas probabilidades de que su matrimonio pueda sobrevivir y prosperar!