El problema de escuchar su corazón

¿Confía en usted mismo para tomar buenas decisiones, o con frecuencia se arrepiente de haberlas tomado? ¿Cómo podemos tomar mejores decisiones?

María* se sentó al frente con una caja de pañuelos faciales. Había estado llorando varios minutos mientras me contaba cómo su esposo (llevaban seis meses casados), había explotado con ira, destruido los cuadros de una pared y había golpeado con un martillo su camioneta.

Su hija mayor, que había presenciado la escena, me había dicho ya lo intimidada que se había sentido con su padrastro.

No era la primera vez que Juan* se había descompuesto. De hecho, María ya me había contado en otras ocasiones que Juan era temperamental. A medida que lloraba con dolor e ira por este último incidente, me acordé de una conversación que habíamos tenido siete meses atrás, cuando acababa de conocer a Juan. Lo había visto perder su compostura con María. Me sentía preocupada de que fueran a casarse y María también me expresó sus preocupaciones.

Sin embargo, siguió adelante con su boda.

¿Escuchar lo que le dice el corazón?

Desafortunadamente, la historia de María no es algo tan escaso. La mayoría de las personas se tiene que enfrentar con las consecuencias de sus acciones, especialmente en estas relaciones tan impactantes. Las decisiones que tomamos pueden ser complicadas y tener repercusiones devastadoras.

Cuando nos enfrentamos con una decisión difícil, ¿cómo la tomamos? ¿Somos guiados por nuestras emociones como tantos otros?

¿Cuántas veces hemos oído las expresiones: “me sentía bien en ese momento” o “si te sientes bien, hazlo”?

Estas ideas son comunes en nuestra cultura y con frecuencia las encontramos en la literatura popular, la música y las películas. Me acuerdo de una canción antigua que decía: “Escucha tu corazón, no puedes hacer nada distinto”.

¿Es esto verdad? ¿Es algo que todos podemos o deberíamos hacer, cuando nos enfrentamos a tomar decisiones, dejarnos llevar por la forma en que nos sentimos en ese momento?

Como arena movediza

Imagínese por un momento que está caminando por una duna de arena. Puede ser muy divertido caminar, jugar o correr en la arena; pero la arena no se distingue precisamente por su estabilidad. La arena siempre se mueve, lo que la hace un fundamento inestable. Usted no quisiera construir algo que no puede permanecer.

Las emociones son como la arena movediza. Lo que sentimos hoy no es lo que sentiremos mañana. O tal vez sí sintamos lo mismo pero la intensidad quizá sea diferente.

Por ejemplo, cuando María me contó por primera vez lo que era vivir con Juan, ella expresó ira por la forma como la trataba a ella y a sus tres hijos. Pero a la semana siguiente, cuando la volví a ver, ella estaba menos airada y más dispuesta a defender las acciones de él. Sus sentimientos habían cambiado y lo que ella había tenido que resolver por la ira que sentía una semana antes, ahora se había mezclado con otros sentimientos.

Ella mencionó la posibilidad de irse porque ella se sentía diferente acerca de lo que había pasado. El problema era que Juan seguía siendo la misma volátil persona.

Una guía diferente

Puede ser útil pensar en las decisiones que hemos tomado. ¿Cuántas veces hemos sido influenciados por emociones de temor, soledad, ira o dolor? ¿Nos arrepentimos ahora de cualquiera de esas decisiones?

¿No sería mejor ser guiados por algo que no siempre se está moviendo como las dunas de arena —algo sólido que no cambie?

Para eso es que existen los valores. Los valores son parámetros o creencias fundamentales, que están destinados a ofrecernos un fundamento sólido para tomar nuestras decisiones. Las emociones fluctúan y pueden confundirnos, pero los valores deberían ser sólidos como la roca y no cambian.

Esto no significa, por supuesto, que las emociones no importan. De hecho, con frecuencia, ellas nos motivan a tomar acciones en nuestra vida. Por ejemplo, la ansiedad por un gran examen o una presentación laboral pueden hacer que nos preparemos mejor. Las emociones nos dan información acerca de nosotros mismos y nos ayudan a interactuar con otros. Y sí, desempeñan un papel a la hora de tomar decisiones.

El problema se presenta cuando descartamos nuestros valores para poder escuchar a nuestro corazón.

La decisión que María tomó de casarse y luego permanecer con Juan es un buen ejemplo de esto. Con frecuencia, María hablaba acerca de lo mucho que significan sus hijos para ella y como ellos son su prioridad. Ella quería que estuvieran seguros y afirmó que no quería traer otro hombre a su vida que no la tratara a ella o a ellos con amor.

Pero cuando todo pasó, la forma en que Juan la hacía sentir a ella (cuando él no estaba furioso), era lo que importaba más. Ella estaba cansada de estar sola.

Si ella se hubiera dejado guiar por su deseo de tener una familia saludable, segura y ser una madre de la cual sus hijos pudieran depender para su seguridad y protección, las cosas hubieran resultado diferentes. En lugar de ello, su decisión basada en las emociones, tendría un impacto duradero en ella y en sus hijos.

Un fundamento sólido para tomar decisiones

Desafortunadamente, vivimos en una cultura en la cual se le da mayor importancia a sentirse bien que a hacer bien. En lugar de vivir por un código moral de ética y parámetros bien definidos, muchas personas han aceptado el concepto de relativismo moral, lo cual significa que lo que ellos consideran correcto o errado es determinado por circunstancias y emociones que siempre están cambiando.

¿Es el concepto de correcto y errado algo que podemos decidir por nosotros mismos? O ¿hay un estándar de medida que todos deberíamos seguir?

En Éxodo 20:1-17, Dios estableció sus parámetros para nosotros en los 10 mandamientos. En sus leyes, Dios nos dice cuál debe ser nuestro sistema de valores, y en Gálatas 5:22-23 el apóstol Pablo escribe el fruto o resultado que tenemos por el hecho de vivir de acuerdo con estas leyes: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza.

Imagínese viviendo una vida que refleje estas características. Cuando tomamos decisiones basadas en los sólidos e inamovibles principios de Dios, el resultado es una vida feliz y fructífera.

En Mateo 7:24-27 Cristo les dijo a sus seguidores: “Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca. Descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y golpearon contra aquella casa; y no cayó, porque estaba fundada sobre la roca. Pero cualquiera que me oye estas palabras y no las hace, le compararé a un hombre insensato, que edificó su casa sobre la arena; y descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y dieron con ímpetu contra aquella casa; y cayó y fue grande su ruina”.

La vida que construimos es el resultado de una vida de decisiones. Si no estamos contentos con la vida que tenemos actualmente, es bueno que le echemos un vistazo al fundamento en el cual nos estamos basando para tomar decisiones.

María tiene este problema porque ella construyó basada en sus emociones. Eventualmente se divorció; sus hijos han crecido con hastío y sienten desconfianza por las promesas que les hizo pero no les cumplió.

Pero el problema de María no tiene que ser nuestro problema. Si bien cometer errores es algo inevitable, cuando tomamos nuestras decisiones con base en el fundamento correcto —la Palabra de Dios— y confiamos en Él, podemos estar seguros de que estaremos construyendo sobre la roca sólida y sobreviviremos a cualquier cosa que la vida traiga.

Si desea aprender más acerca de este fundamento sólido, puede descargar nuestro folleto gratuito: Los Diez Mandamientos.

*Los nombres han sido cambiados para proteger la privacidad. Debbie Pierce, LPC, NCC, es una sicoterapeuta, con una experiencia de 20 años.