Lecciones de un naufragio
Bucear en un barco hundido de la Segunda Guerra Mundial me recordó cómo podemos evitar los peligros espirituales.
Ya íbamos a llegar a los 21 metros bajo la superficie del Pacífico, cuando vimos el oscuro casco acercarse. El buzo guía, mis hijas y mi esposa descendían por la cuerda guía frente a mí, mientras sus reguladores soltaban burbujas. Estábamos a punto de visitar uno de los naufragios accesibles más impresionantes del mundo.
El President Coolidge fue un crucero de lujo, que en 1942 (cuando Estados Unidos peleaba en la Segunda Guerra Mundial), se transformó en buque de transporte de tropas. Podía transportar a más de 5.000 soldados, tal como lo hacía el día en que se acercó a la isla Espíritu Santo, en lo que hoy es el país de Vanuatu. El capitán Henry Nelson eligió el camino más obvio hacia el puerto, pero no tenía un mapa que le mostrara las minas submarinas que lo protegían. Como consecuencia de esto el Coolidge golpeó dos de esas minas, e inmediatamente el agua empezó a entrar. Se ordenó a la tripulación evacuar hacia la playa.
La evacuación fue exitosa y sólo dos hombres murieron. Uno murió en la explosión inicial y el otro era un capitán de la Armada, Elwood Euart, que volvió a la nave para salvar a los hombres atrapados, pero luego no pudo salir.
La nave se anegó desde la popa, para finalmente volcarse y hundirse en aguas superficiales.
Retrocediendo en el tiempo
Hoy en día el buque está disponible para el buceo recreacional, que fue la razón por la que estábamos ahí. En la cubierta de la proa encontramos un cañón de 7,5 cm, y en el puente de paseo vimos cascos militares, máscaras de gas, una máquina de escribir, rifles, bayonetas y otros objetos de guerra.
En una segunda incursión, llevamos linternas y penetramos en el interior de la nave moviéndonos despacio a través de oscuras bodegas llenas de equipamiento. Nuestras luces revelaron pilas de equipo médico, frascos de polvos y una silla de barbero aún reclinada. En algún lugar del barco estaban todas las reservas de quinina que la Armada de Estados Unidos tenía en 1942, y los restos del capitán Euart. (Su cadáver finalmente se encontró en 2012 y el oficial fue sepultado con altos honores militares en Rhode Island en agosto de 2016.)
Sin embargo, nuestra expedición fue tan emocionante como sobrecogedora. La inmensidad de la nave, el valor de la carga perdida y la tragedia humana habían sido impresionantes, y todo se debió a la ausencia de un mapa —falta de información y una suposición errada.
Navegando sin mapa
Al escuchar esta historia, no podemos evitar pensar en Proverbios 14:12: “Hay camino que al hombre le parece derecho; pero su fin es camino de muerte”. Los seres humanos entramos al mundo sin los mapas espirituales necesarios; no podemos reconocer por nosotros mismos todos los peligros de la vida —qué decisiones podrían lastimarnos o incluso matarnos a la larga— y a veces cosas que nos parecen buenas e inofensivas (como comer del fruto prohibido le pareció a Eva) en realidad nos llevan a la miseria.
El único lugar donde encontramos esos mapas es la Biblia. “Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino” (Salmos 119:105). La Palabra de Dios nos permite andar por camino seguro y escapar de las minas espirituales que se esconden bajo la superficie de la vida. Pero, si queremos mantenernos en el curso correcto, debemos consultarla frecuentemente.
El antiguo refrán sin duda es cierto: un hombre que no lee buenos libros no tiene ventaja sobre aquél que no sabe leer. Y no hay mejor libro que la Biblia. Léala para evitar el destino del President Coolidge.
—Joel Meeker


