By the Way With Joel Meeker

Pero miraré a aquel

Una visita al monumento religioso más grande del mundo me recordó una importante lección espiritual de la Biblia.

En medio de campos y bosques en el noreste de Camboya, se extiende el excepcional complejo de Angkor. Sirviendo como capital civil y religiosa del Imperio Jemer, esta urbe prosperó desde principios del siglo IX hasta fines del siglo XIV. Fue la ciudad preindustrial más grande del mundo, con una extensión de más de 250 km2.

En la actualidad, dos millones de turistas visitan sus 1.000 templos cada año, especialmente el Angkor Wat, el monumento religioso más grande del mundo. La empinada subida hacia la cima de este templo budista con forma de montaña deja a cualquiera sin aliento, tanto figurativa como literalmente. En su base, extensas galerías de piedra presumen bajorrelieves de deidades hindús exquisitamente talladas.

Mi esposa y yo pasamos tres días entre estos monumentos de una gloria pasada, y vimos sólo una pequeña parte.

Así, diversas construcciones impresionantes honran tradiciones religiosas alrededor del mundo. Yo he tenido la oportunidad de conocer varias: la Basílica de San Pedro en Roma, la Santa Sofía y la Mezquita Azul en Estambul, el Monte San Miguel y la Catedral de Chartres en Francia, la pagoda Shwedagon en Birmania, la Catedral de San Basilio en Moscú, y la más antigua de todas, la Gran Pirámide de Guiza, con sus 4.500 años de antigüedad.

La lista podría continuar. Todos estos monumentos fueron construidos para inspirar asombro, una sensación de contacto con lo divino, y así lo han hecho para millones de adeptos a los credos representados.

Esto es más importante

Sin embargo, la Biblia dice que al Creador no les impresionan tales construcciones.

A través de Isaías Dios dice: “El cielo es mi trono, y la tierra estrado de mis pies; ¿dónde está la casa que me habréis de edificar, y dónde el lugar de mi reposo? Mi mano hizo todas estas cosas, y así todas estas cosas fueron, dice el Eterno; pero miraré a aquel que es pobre y humilde de espíritu, y que tiembla a mi palabra” (Isaías 66:1-2).

Construir un grandioso templo no nos garantiza el favor de Dios. Lo más importante para Él es lo que ocurre en los corazones humildes y las mentes arrepentidas de sus siervos, no las estructuras físicas, por impresionantes que sean.

¿El exterior o el interior?

El Dios de la Biblia permitió que se construyeran templos para adorarle, pero también permitió que esos templos fueran destruidos cuando el corazón de su pueblo se alejó de él. Setenta años después del saqueo y la destrucción del gran templo de Salomón, Dios inspiró la construcción de un templo menos impresionante.

Pero este templo físicamente inferior, dijo Dios, sería incluso más glorioso que el primero: “La gloria postrera de esta casa será mayor que la primera, ha dicho el Eterno de los ejércitos; y daré paz en este lugar, dice el Eterno de los ejércitos” (Hageo 2:9).

¿Cómo podría ser posible? Porque Jesús, Dios en la carne, andaría y predicaría en su interior, enseñando el camino de la paz por medio de la obra del Espíritu Santo dentro de sus seguidores.

Siempre debemos recordar que a los ojos de Dios lo que ocurre espiritualmente en sus siervos, y a menudo los demás no notan, es mucho más importante que cualquier construcción o liturgia.

¡“Pero miraré a aquel...”!

—Joel Meeker

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