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By the Way With Joel Meeker

El Mekong dió un giro

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El río asiático que una vez fue símbolo de muerte y destrucción cambió su significado cuando un evento transformador ocurrió en sus aguas.

“El Mekong” tiene uno de esos nombres misteriosos y exóticos. Recuerdo haberlo escuchado en las noticias una noche durante la guerra de Vietnam, cuando era sólo un niño. Desde su nacimiento en la meseta tibetana, el decimosegundo río más largo del mundo se extiende cerca de 4.300 km a través de Myanmar, Laos, Tailandia, Camboya y, finalmente, Vietnam, donde su delta desemboca en el Mar de China Meridional.

Cuando viví en el lado tailandés de este río, sus aguas cafés representaban peligro. En la otra orilla se encontraba Laos, un estado cliente de la Unión Soviética controlado por comunistas y enemigo de Tailandia. Así que constantemente se escuchaban los helicópteros militares soviéticos sobrevolando la jungla al salir y entrar a Huay Xai. Soldados laosianos y tailandeses intercambiaban fuego de un lado al otro del río, y ambas orillas estaban bajo vigilancia permanente.

Algunos de mis estudiantes laosianos, refugiados entre las tribus Hmong, Yao, Lao Tueng y Lahu, ocasionalmente desaparecían de mis clases de inglés por varios días. Otros estudiantes me decían con un guiño que “se habían ido a nadar”. Eso significaba que estaban al otro lado del Mekong peleando con la guerrilla. Muchos, en tono de juego, incluso me invitaron a incursionar con ellos, pero yo estaba comprometido con otra misión.

De la muerte a la vida

Un día, sin embargo, el río que representaba guerra y sufrimiento para millones de personas, tomó un significado más agradable en mi vida. Mientras centinelas comunistas observaban con sus binoculares, un pastor me preguntó si me había arrepentido de mis pecados y aceptado a Jesucristo como mi Salvador. Cuando respondí que sí, el pastor me sumergió en las aguas del Mekong. Luego me impuso las manos y le pidió a Dios que me diera el don del Espíritu Santo.

Ese fue el inicio formal de mi vida cristiana. Fue un nuevo comienzo, un peldaño necesario en el camino a la vida eterna.

La Biblia explica que Dios desea darnos el regalo gratuito de la vida eterna (Romanos 6:23). Pero dado que la paga del pecado es la muerte, y que todos hemos pecado (Romanos 3:23), no podemos recibir ese regalo sin que el costo sea pagado y nosotros seamos perdonados.

Afortunadamente, Jesucristo pagó esa pena por toda la humanidad con su crucifixión. El perdón se nos da individualmente en el momento en que nos bautizamos. Como Pedro explicó en el día de Pentecostés: “Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hechos 2:38).

¿Qué hay de usted?

Si usted ya fue bautizado, seguramente recuerda ese día como yo recuerdo el día de mi bautismo. Si no se ha bautizado según lo enseña la Biblia, la pregunta es ¿por qué? ¿Está esperando algo?

¿Ser lo suficientemente bueno y espiritual? ¿Tener su vida completamente en orden? Ninguna de estas razones es suficiente. El bautismo es para los pecadores que buscan una vida nueva. Es para los imperfectos, no los perfectos.

Si no sabe por dónde empezar, siéntase en libertad de escribirnos al sitio de internet de Discernir. Nosotros podemos ayudarle a encontrar las respuestas acerca de cualquier duda que tenga en cuanto al bautismo y la vida cristiana, y podemos ponerlo en contacto con un pastor que lo guiará a través del proceso. Luego puede poner su vida formalmente en manos de Dios y recibir sus regalos. Esta es la decisión más importante que puede tomar en esta vida, porque tiene consecuencias eternas.

Así como el Mekong cambió de significado para mí, el bautismo nos coloca en un camino diferente: de la muerte hacia la vida.

—Joel Meeker

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