No debemos añadir nada a la Palabra de Dios
Dios instruyó a Israel a no “añadir” ni “quitar” nada a sus mandamientos. Sin embargo, muchos hoy han olvidado esta importante advertencia.

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Es día de limpieza y una madre le pide a su hijo que la ayude con las tareas mensuales. “Hijo”, le dice, “por favor ve a quitar el polvo de todas las ventanas. Luego, esta tarde, las limpiaré con una solución especial”.
El niño, siempre atento, se dispuso a quitar el polvo de todas las ventanas de la casa. Pero al terminar, se le ocurrió una idea: ¡Ya sé! Yo también limpiaré las ventanas con un líquido especial. ¡Mamá se pondrá contentísima al verlas todas relucientes!
Entonces, cogió una botella de limpiador del armario y se puso a rociar cada ventana y a limpiarla con una toalla de papel.
¡Mamá, mira! —exclama el niño. ¡He limpiado las ventanas con el líquido! Al ver la mirada de decepción de su madre, añadió: pensé que sería un buen detalle.
Está bien —dijo la madre—, pero has usado lejía en lugar de limpiacristales, ¡y ahora las ventanas están todas manchadas! El niño se da la vuelta y, para su sorpresa, descubre horribles manchas en todas las ventanas.
La tarde siguiente estaba llena de más trabajo agotador, ya que el niño se disponía a limpiar las ventanas por segunda vez, ahora con un líquido limpiavidrios.
El niño de esta historia tenía buenas intenciones. Aunque tenía instrucciones claras para completar una tarea específica, pensó que estaba haciendo mucho más de lo debido, sólo para descubrir que había una razón para las órdenes precisas de su madre. El niño, por muy bien intencionado que fuera, cometió un gran error.
Las ventanas se pueden limpiar. Las manchas y las marcas se pueden eliminar. Sin embargo, otros errores no son tan fáciles de revertir.
Cuando Dios da un mandato a sus hijos, espera que lo cumplan. Pero, al igual que el niño bien intencionado de la historia, que intenta ir más allá de lo esperado, los seres humanos a menudo oscurecen un mensaje que de otro modo sería muy claro.
Cuando estaban a punto de entrar en la Tierra Prometida, Dios advirtió al pueblo de Israel que no modificaran ninguno de sus mandamientos: “No añadiréis a la palabra que yo os mando, ni disminuiréis de ella, para que guardéis los mandamientos del Eterno vuestro Dios que yo os ordeno” (Deuteronomio 4:2; comparar con Deuteronomio 12:32).
Estos pasajes son cruciales para definir la relación de la humanidad con Dios. Nos imponen dos exigencias innegables: no debemos añadir ni quitar nada a la Palabra de Dios.
Ambos conceptos requieren un análisis más profundo. Esta entrada del blog explorará el error de añadir a la Palabra de Dios. ¿Debería preocuparnos este tema?
No añadas nada a la Palabra de Dios.
Quitar de los mandamientos de Dios parece evidente, pero ¿añadir? ¿Cómo se vería añadir a la Palabra de Dios? Quizás le sorprenda descubrir que esto ha sucedido ¡y con frecuencia!
Añadir cosas a los mandamientos de Dios puede adoptar muchas formas, pero normalmente consiste en hacer pasar una creencia o doctrina humana como si fuera de inspiración divina.
Mientras que algunos hombres ignoran ciertos mandamientos de Dios, otros sienten que Él no fue lo suficientemente claro. Se arrogan el derecho de “arreglar” sus enseñanzas personales para que se ajusten mejor a sus estándares e ideas.
Añadir cosas a los mandamientos de Dios consiste en hacer pasar una creencia o doctrina humana como si fuera de inspiración divina.
El concepto fundamental que no comprenden es que los estándares de Dios deberían ser nuestros estándares.
El problema de las personas que añaden cosas a la Palabra de Dios no es nuevo ni excepcional. Es una inclinación con la que hombres y mujeres religiosos —muchos de ellos sinceros— han lidiado durante siglos. Aunque su intención sea buena, añadir cosas a la Palabra de Dios siempre conlleva problemas, y graves.
Al igual que el niño pequeño que “ayuda” a su madre con las tareas domésticas, los humanos tienen la facilidad de complicar lo que Dios pretendía que fuera claro.
El peligro del judaísmo del primer siglo
Cuando Jesús vino a la Tierra, uno de sus propósitos fue apartar a la gente de los principios del judaísmo del primer siglo y guiarlos de vuelta a Dios y a sus caminos divinamente inspirados.
Esto no se debió a ningún cambio en las enseñanzas de Dios, sino más bien a que las autoridades religiosas de aquel tiempo habían introducido innumerables tradiciones y regulaciones, imponiendo cargas innecesarias al pueblo judío.
En el siglo I, los judíos habían desarrollado un riguroso sistema de tradiciones orales. Entre otras cosas, su ley oral buscaba reforzar el cumplimiento de ciertos mandamientos, como el del sábado, añadiendo estipulaciones y normas adicionales no presentes en las Sagradas Escrituras.
La ley oral de los judíos definía 39 categorías diferentes de trabajo que, según ellos, quebrantaban el sábado. También incluía rigurosas rutinas de lavado de manos para evitar la impureza y otras normas adicionales para “evitarles” quebrantar los mandamientos de Dios.
Aunque tal vez bien intencionada en un principio, la ley oral generó confusión y provocó que los judíos desarrollaran una visión distorsionada de la religión. Los mandamientos originales de Dios quedaron oscurecidos y se volvieron gravosos, debido a las estipulaciones humanas adicionales.
Cuando Jesucristo vino a la Tierra, el judaísmo guardaba poca semejanza con la religión de sus antiguos antepasados.
En Marcos 7, Jesús reprendió a los fariseos por sustituir los mandamientos divinos por sus propias normas y reglamentos humanos. Los llamó hipócritas y declaró que tal culto no era más que vanidad (vv. 6-7). “¡Bien invalidáis el mandamiento de Dios —lamentó— para guardar vuestra tradición!” (versículo 9).
Jesús fue aún más allá en Mateo 23. Llamó a las tradiciones de los judíos “cargas pesadas”, hechas para ser vistas por los hombres (vv. 4-5). ¡Incluso afirmó que tales tradiciones humanas rigurosas oscurecían la verdad (v. 13)!
Jesús tuvo que corregir a los judíos porque su forma de pensar se había alejado mucho de la intención original de Dios al darles su ley. Tras generaciones de ignorar flagrantemente sus mandamientos, habían reaccionado en exceso, yendo al extremo opuesto. Crearon sus propias leyes y llegaron a valorarlas por encima de los mandamientos de Dios.
Estas leyes les impedían ver el panorama general. Las ventanas de sus casas, por así decirlo, estaban manchadas por la “lejía” de sus tradiciones humanas. Por ello, no comprendieron el mensaje de las enseñanzas de Jesucristo.
Es muy grande el peligro de añadir nuestras propias palabras a la Palabra de Dios. ¿Podríamos alguna vez cometer ese error?
¿Aportan las religiones que se dicen cristianas a la Palabra de Dios?
Quizás usted piense que el cristianismo actual está muy lejos del judaísmo del primer siglo. Pero en algunos aspectos importantes, las similitudes pueden ser más significativas de lo que creemos.
Con el tiempo, diversos grupos que se dicen cristianos han desarrollado diferentes enfoques para interpretar la Biblia, y en ese proceso, se han añadido tradiciones e ideas que van más allá de lo que enseñan las Escrituras. Estas adiciones pueden adoptar diferentes formas entre las distintas denominaciones, pero merecen un análisis más profundo.
La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días cree que el Libro de Mormón está divinamente inspirado y es igual a la Santa Biblia. Crédito de la imagen: ericsphotography/iStock a través de Getty Images
La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días (Mormones), cree en la inspiración de la Biblia. Al mismo tiempo, los miembros de esta iglesia también consideran que otros libros, como el Libro de Mormón, son igualmente inspirados. La introducción al Libro de Mormón lo describe como “un volumen de Sagrada Escritura comparable a la Biblia”. La creencia oficial de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es que el Libro de Mormón es la Palabra de Dios divinamente inspirada. Si bien este libro carece del mismo nivel de autenticidad histórica que la Biblia, e incluso contradice a ésta en algunos pasajes, millones de personas lo veneran como igualmente divino.
La mayoría de las denominaciones cristianas no afirman tener otros libros a la altura de la Biblia, pero muchas intentan complementar la Palabra de Dios de otras maneras más discretas.
En el catolicismo, muchas creencias y prácticas arraigadas tienen, en parte, su origen en las Escrituras, pero también en la llamada tradición divina o tradición sagrada: enseñanzas desarrolladas y preservadas a lo largo de la historia de la iglesia, incluyendo declaraciones papales y concilios eclesiásticos. Este sistema integral de escritos doctrinales del catolicismo, guarda ciertas similitudes con la ley oral judía.
Ejemplos de estas enseñanzas incluyen doctrinas como la asunción de María, el purgatorio, las oraciones a los santos y el papa como vicario de Cristo.
Incluso las tradiciones de los grupos protestantes, que surgieron en parte para reformar las prácticas católicas, conservan muchos elementos que no tienen su origen en las Escrituras. Doctrinas como la Trinidad, la liturgia dominical y la celebración de festividades paganas, se heredaron del catolicismo romano. (Para saber más, lea “Una reforma insuficiente”).
Nuestro propósito no es condenar, sino fomentar el exámen de las creencias a la luz de la Biblia. ¿Estamos fundamentando nuestros sistemas de creencias en las enseñanzas de las Escrituras?
El peligro de añadir a la Palabra de Dios
La Palabra de Dios es para enseñar, reprender, corregir e instruir en justicia, a fin de que estemos completos y plenamente capacitados para toda buena obra (2 Timoteo 3:16-17). La instrucción bíblica no es insuficiente ni incompleta. ¿Qué derecho tenemos a decidir que la Escritura es incompleta y necesita añadidos? ¿Qué nos da derecho a agregar nuestras propias ideas a la Palabra inspirada de Dios?
Al querer añadir algo a la Palabra de Dios, las personas casi siempre comienzan con buenas intenciones, pero las buenas intenciones sólo pueden llevarnos hasta cierto punto.
Como un padre que da instrucciones claras a sus hijos, Dios nos dice cómo quiere que lo adoremos. Nos revela todo lo que necesitamos saber en su Libro divinamente inspirado, la Santa Biblia.
El resultado natural de añadir nuestras propias palabras a las de Dios es que el razonamiento humano siempre se equivocará, por muy cuidadosos o bien intencionados que seamos. Éste fue el pecado de los judíos del primer siglo, por el cual Jesucristo los reprendió. Esto sigue siendo un problema en muchas denominaciones cristianas hoy en día.
Advertencias contra añadir a la Palabra de Dios
En la Biblia, se nos advierte de los peligros de añadir a la Palabra de Dios.
Proverbios 30:5-6 advierte que aquellos que añaden a la Palabra de Dios serán reprendidos por Él y serán hallados mentirosos.
El apóstol Juan registra: “Si alguno añadiere a estas cosas, Dios traerá sobre él las plagas que están escritas en este libro” (Apocalipsis 22:18).
Dios se toma muy en serio la santidad de su Palabra, como debería hacerlo cualquiera que afirme seguirlo.
¿Qué cree usted? ¿De dónde provienen sus creencias? Si una creencia no proviene de las Escrituras, pregúntese por qué la cree.
¿Cree usted más en las tradiciones de los hombres que en la Palabra de Dios?
Fecha de publicación: Noviembre 26, 2025