No le quitemos nada a la Palabra de Dios
Dios nos ordenó no menospreciar su Palabra. Desafortunadamente, el cristianismo moderno no ha respetado debidamente la Sagrada Escritura.

“Lo único que debemos temer es. . .”
“Ser o no ser…”
“Pienso, por tanto…”
¿Reconoce usted estas citas? Incluso con solo las primeras palabras, podríamos haber encontrado la frase que faltaba en estos dichos famosos de la historia, la literatura y la filosofía.
Pero ¿qué pasaría si, durante los siguientes siglos, sólo se citara la primera mitad de estas frases icónicas? Poco a poco, con el paso del tiempo, la segunda mitad se desvanecerá de la memoria. Con el tiempo, cada frase perdería su significado.
Por trágicas que fueran estas pérdidas, al final, sólo son palabras de hombres. La vida continuaría igual.
Sin embargo, ¿qué pasaría si las palabras fueran más valiosas? ¿Y si las dijera Dios mismo?
La suprema importancia de las palabras de Dios
La Biblia es un libro de importancia incomparable. Cada palabra es inspirada por Dios (2 Timoteo 3:16). Sin embargo, a pesar de su origen divino, sigue siendo el libro más incomprendido y el más mal interpretado de la historia.
Trágicamente, gran parte del verdadero significado de la Biblia se ha perdido para el mundo, oscurecido por siglos de mala interpretación y predicación equivocada.
Dios aborrece que se menosprecie su Palabra, la cual Él dio a la humanidad como guía para vivir una vida plena.
Hace más de 3.000 años, Dios confió a la nación de Israel sus leyes y estatutos para preservarlos para las generaciones venideras. Al hacerlo, les dio un precepto estricto acerca de la alteración de su Palabra:
“No añadiréis a la palabra que yo os mando, ni disminuiréis de ella, para que guardéis los mandamientos del Eterno vuestro Dios que yo os ordeno” (Deuteronomio 4:2; véase también Deuteronomio 12:32).
Lamentablemente, Israel tuvo dificultades para obedecer estos mandamientos durante siglos. De hecho, hoy en día, muchos todavía tienen dificultades para obedecer estos mismos mandamientos.
En la primera parte de este artículo, exploramos los peligros de añadir a la Palabra de Dios. Pero ¿qué hay en relación a quitarle algo?
Este problema puede estar aún más extendido y es posible que usted mismo lo haya experimentado.
(Para profundizar en este tema le animamos a consultar nuestro artículo “No debemos añadir nada a la Palabra de Dios”).
Disminuyendo la Palabra de Dios
La palabra hebrea traducida como “quitar” en Deuteronomio 12:32 es gara . Otras traducciones, como la versión King James, traducen esta palabra como “disminuir”, lo cual refleja mejor el mandato de este versículo.
Según Dictionary.com, disminuir puede significar “hacer o causar que algo parezca más pequeño, menos importante” o “restarle autoridad, honor, estatura o reputación a algo; menospreciar”.
Dios aborrece que se menosprecie su Palabra, la cual Él dio a la humanidad como guía para vivir una vida plena. Menospreciar o restar valor a la Biblia es una gran afrenta a quien la inspiró.
Hoy en día, muchas iglesias nunca admitirían que menosprecian la Biblia. Sin embargo, sus prácticas a menudo cuentan una historia diferente.
¿El cristianismo convencional disminuye la Palabra de Dios?
Entre los cientos de denominaciones cristianas, hay una amplia variedad de creencias y prácticas, lo que puede hacer difícil distinguir cuáles tienen sus raíces en las Escrituras y aquellas que están más condicionadas por la tradición o la cultura.
Muchas iglesias enfatizan fuertemente ciertos conceptos de la Biblia, como la salvación y la divinidad de Jesucristo, pero enseñan eso dentro de un marco que difiere significativamente de lo que la Iglesia primitiva creía y practicaba.
A veces se enfatizan ciertas partes de las Escrituras, mientras que otras se minimizan o se pasan por alto.
¿Cómo pueden las iglesias afirmar que siguen a Dios cuando sólo guardan algunos de sus mandamientos?
Por ejemplo, Dios instruyó claramente a su pueblo a observar el séptimo día de la semana como un sábado de descanso y reunión santa (Éxodo 20:8-11 ; Levítico 23:3). Jesús mismo afirmó su propósito y se declaró “Señor del sábado” (Marcos 2:27-28). Hebreos 4:9 nos recuerda que el descanso sabático permanece vigente para el pueblo de Dios. Sin embargo, este mandamiento suele descuidarse en las iglesias actuales, aun cuando respetan otros mandamientos.
La Biblia también describe siete festividades anuales (Levítico 23; véase “Fiestas en la Biblia: ¿Por qué deberían ser importantes para los cristianos?”) que representan bellamente el plan de Dios para la humanidad. La Iglesia del Nuevo Testamento continuó celebrando estas festividades mucho después de la resurrección de Cristo (véase Hechos 2; 1 Corintios 5:8). Sin embargo, la mayoría de los cristianos de hoy las desconocen o las consideran antiguas e irrelevantes. Al hacerlo, se privan de las profundas verdades acerca del plan de Dios que estos días santos revelan.
Martín Lutero, líder de la Reforma Protestante , se refirió al libro de Santiago como una epístola de paja. Su doctrina de la sola fide (salvación sólo por la fe) contrastaba con la afirmación de Santiago de que “la fe sin obras es muerta” (Santiago 2:20). Dado que el libro de Santiago no se alineaba con su teología, Lutero cuestionó su autoridad y casi eliminó su importancia.
De la misma manera, muchos en el cristianismo moderno pasan por alto porciones significativas del Antiguo Testamento, a veces incluso distribuyendo Biblias que omiten partes o la totalidad del Antiguo Testamento, excepto los Salmos. El Antiguo Testamento a menudo se descarta como historia polvorienta y leyes de un Dios severo, carente de amor y gracia. Sin embargo, esta descripción está totalmente lejos de la verdad. (Para saber por qué pasa esto, lea "¿Es relevante el Antiguo Testamento?").
Estos son sólo algunos ejemplos de cómo el cristianismo moderno a menudo promueve ciertas doctrinas, mientras ignora otras, generalmente aquellas que le resultan incómodas. Estas enseñanzas desatendidas, suelen ser las que desafían suposiciones arraigadas y que transformarían por completo la imagen del cristianismo convencional.
¿No es el Dios que ordenó estas cosas el mismo Dios que dijo: “No cambio” (Malaquías 3:6)? ¿No es el mismo Jesús que dijo que “ni una jota ni una tilde” pasará de su ley hasta que “todo se cumpla” (Mateo 5:18)?
Si tales cosas se exigieron a Israel, a los apóstoles y a la Iglesia del primer siglo, ¿por qué ya no se aplicarían a los cristianos de hoy?
La Biblia nos dice que “toda palabra de Dios es pura” (Proverbios 30:5) y que “toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar” (2 Timoteo 3:16).
No nos corresponde a nosotros decidir si un mandamiento es demasiado inconveniente o difícil de obedecer. Ya sea que los mandamientos de Dios nos desafíen o no, es responsabilidad de todo cristiano esforzarse por obedecerlos fielmente.
¿A dónde nos lleva todo esto?
En otras palabras, no basta con simplemente afirmar que seguimos a Jesucristo. El verdadero cristianismo exige obediencia a sus mandamientos. Jesús mismo dijo: “Si me amáis, guardad mis mandamientos” (Juan 14:15). No sólo algunos mandamientos, no sólo los convenientes, sino todos.
También Cristo dijo: “No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mateo 4:4, énfasis añadido).
Toda la Biblia, desde Génesis hasta Apocalipsis, está inspirada directamente por Dios (2 Timoteo 3:16-17). Si debemos vivir según cada palabra de Dios y si toda la Escritura es inspirada por Dios, la única conclusión lógica es que debemos seguirla fielmente.
Una verdadera prueba del cristianismo es la disposición a seguir todos los mandamientos de Dios.
Una verdadera prueba del cristianismo es la disposición a seguir todos los mandamientos de Dios, cueste lo que cueste. Incluso las concesiones aparentemente menores pueden sentar un precedente peligroso. Si un pasaje puede descartarse, ¿qué nos impide descartar otro?
Esta filosofía es una pendiente resbaladiza.
Con el tiempo, las concesiones pueden hacer que la Palabra de Dios parezca flexible, algo que podemos adaptar a nuestras preferencias personales o culturales. Lamentablemente, esto es precisamente lo que vemos en muchas iglesias tradicionales hoy en día: la constante redefinición de las Escrituras para adaptarlas a los deseos humanos.
Dios toma muy en serio la santidad de su Palabra. El último libro de la Biblia concluye con una severa advertencia para quienes quieran desviar su contenido, prometiendo que Dios “quitará su parte del libro de la vida, y de la santa ciudad y de las cosas que están escritas en este libro” (Apocalipsis 22:19).
No es poca cosa eliminar de nuestra religión alguno de los mandamientos de Dios. En lo que respecta a la Biblia, no existe tal cosa como una omisión sin sentido.
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La Biblia es un libro profundo e inspirador, que comprendemos mejor al considerarlo en su conjunto. Ignorar o descartar las partes que desafían nuestras creencias preconcebidas, conduce inevitablemente a interpretaciones erróneas y peligrosas.
No es responsabilidad del cristiano decidir qué partes de la Escritura merecen atención. Toda la Escritura merece nuestra atención. Cada palabra tiene un propósito y conlleva autoridad divina.
Los verdaderos seguidores de Cristo deben abrazar todo el mensaje de la Biblia, no sólo las partes que son cómodas o fáciles.
Tomemos un momento para reflexionar acerca de esta pregunta: ¿Nuestras creencias y prácticas se alinean con lo que Dios realmente ordena en su Palabra?
Nuestra serie “Cristo vs. cristianismo” analiza muchas creencias cristianas comunes y cómo contradicen las enseñanzas de Jesucristo y el resto de la Biblia.
Fecha de publicación: Enero 23, 2026