¿Qué significa Juan 4:24: adorar en espíritu y en verdad?
Hay una manera correcta de adorar a Dios, pero ¿cuál es? ¿Qué puede enseñarnos la conversación de Jesús con la mujer samaritana acerca de lo que Dios exige de nosotros?

En su conversación en el pozo, Jesús le enseñó a la mujer samaritana una diferencia importante entre la verdadera y la falsa adoración.
¿Qué dice Juan 4:24?
“Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren”.
¿Qué le preocupa más a Dios: el lugar en el que un individuo lo adora, o cómo lo adora?
La verdad salió a la luz en una conversación que Jesús tuvo con una mujer samaritana en el pozo de Jacob. Jesús le dijo: “Mujer, créeme, que la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre… Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad… Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren” (Juan 4:21, 23-24).
(Si usted desea saber más acerca de esta conversación, lo invitamos a leer “Jesús en el pozo de Jacob y la mujer samaritana”.)
Con eso, puso punto final a una amarga disputa entre judíos y samaritanos acerca del lugar apropiado para adorar. Jesús quería que aprendieran un enfoque totalmente diferente. Así dejó a un lado la estrecha controversia del dónde y señaló el cómo.
Pero para ello primero era necesario que judíos y samaritanos comprendieran algo acerca de la naturaleza de Dios.
Jesús reveló que a Dios no se le encuentra buscándolo en un lugar físico —en una montaña o en un templo— sino buscándolo en el nivel superior del espíritu y verdad.
Entonces, ¿qué nos dice Juan 4:24 acerca de cómo adorar a Dios? ¿Qué significa exactamente adorar a Dios “en espíritu y en verdad”?
“Dios es Espíritu”
¿Por qué Jesús comenzó con esta afirmación?
Porque si pasamos por alto que Dios es espíritu, estamos destinados a adorarlo de la manera equivocada. Entonces, ¿qué es el espíritu?
Primero, y esto es importante, sabemos lo que el espíritu no es —no es físico. Cualquier cosa física (hecha de materia) se caracteriza por sus limitaciones. Por ejemplo, analicemos a los seres humanos. Cada uno de nosotros tiene un principio, un límite. Todos morimos, otro límite. Ocupamos un espacio determinado en el universo, también un límite. Vivimos en el presente, no en el futuro. Esto es, de nuevo, un límite.
Pero Dios no tiene límites. Hay un pasaje en el que se afirma con contundencia: “¿Soy yo Dios de cerca solamente, dice el Eterno, y no Dios desde muy lejos? ¿Se ocultará alguno, dice el Eterno, en escondrijos que yo no lo vea? ¿No lleno yo, dice el Eterno, el cielo y la tierra?” (Jeremías 23:23-24; énfasis añadido).
Volvamos a leer la última parte: Dios llena el universo físico. Algunos erróneamente toman esto como una prueba de que Dios no tiene semejanza corporal, pero muchas escrituras contradicen ese punto de vista.
Este pasaje resalta su trascendencia, el hecho de que Dios existe fuera de los límites del universo físico. Porque Dios es espíritu, Él no está sujeto a lo que nosotros como humanos físicos estamos sujetos.
La mujer samaritana necesitaba oír esto porque, aunque no se daba cuenta, estaba metiendo a Dios en una caja debido a una idea equivocada. Ella, otros samaritanos e incluso algunos judíos habían sido culpables de limitar a Dios a un solo lugar.
Al insistir en que Dios sólo podía encontrarse en un lugar geográfico, demostró que no comprendía la naturaleza trascendente y espiritual de Dios. Era como si pensara en Dios como algo físico.
Intentaba acercarse al Dios ilimitado con límites.
“Los que le adoran, en espíritu...”
Algunos piensan que esto significa que la verdadera adoración tiene que incluir emociones y sacudidas y que un servicio de la iglesia es deficiente si no tiene tal emoción. Interpretar la escritura de esta manera hace que la emoción sea la norma. Pero, ¿es ésa la intención de Jesús? Como veremos, esta declaración no tiene nada que ver con que tan eufórico o conmovido hasta las lágrimas se debería sentir alguien al terminar el servicio.
Puesto que Dios es espíritu, lógicamente se deduce que Él requiere adoración espiritual. ¿Y cómo es eso?
De nuevo, analicemos el contexto de la conversación. La preocupación de la mujer samaritana tenía que ver con cuál era el lugar correcto para adorar. Pero teniendo en cuenta lo que leemos en el relato, consideremos lo que no le preocupaba. No encontramos que ella preguntara: “¿qué tipo de actitud quiere ver Dios?” o, “¿cuál debe ser mi motivación al adorar a Dios?”. Parece que su atención se centraba en lo físico —un rito, un simple lugar al que alguien tiene que ir.
Adorar a Dios en espíritu significa dejar de lado toda pretensión, comprometer plenamente la mente y ser absolutamente sincero con el deseo de agradarle en todos los sentidos.
El peligro de esto es que conduce a un acercamiento a Dios sin sentido y ritualista. No sólo se vuelve superficial y carente del impacto que la adoración debería tener en nosotros, sino que también nos da una falsa sensación de seguridad acerca de cómo Dios nos ve. Pensamos: “Dios debe estar contento conmigo porque rutinariamente hago x, y, z”. Un enfoque ritualista de la adoración puede distraernos de asuntos espirituales en nuestras vidas que requieren atención.
En pocas palabras, la adoración que se centra únicamente en la forma no es propia de un Dios que es espíritu. La adoración basada en la forma es lo que hacían los antiguos paganos para servir a sus ídolos mudos, pero el Dios Creador de la Biblia exige, con razón, algo más.
Él quiere una adoración que tenga sustancia.
Recuerde, Dios quiere convertir la mente humana (Romanos 12:2; Efesios 4:22). Pero los ritos y rituales físicos por sí solos no facilitan esa transformación. Por sí solos, son gestos vacíos y sin sentido, no están basados en ningún tipo de convicción interior de quién es Dios.
Por tanto, la adoración debe ir más allá de la forma e incluir la sustancia. Esto es lo que significa adorar en espíritu.
Adorar a Dios en espíritu significa dejar de lado toda pretensión, comprometer plenamente la mente y ser absolutamente sincero con el deseo de agradarle en todos los sentidos.
El apóstol Pablo explicó que esto requiere en última instancia tener una mentalidad espiritual, lo que significa tener el Espíritu de Dios morando en usted (Romanos 8:5-9; lo invitamos a leer, “¿Cómo saber si tenemos el Espíritu santo?”).
“Y en verdad”
En estos días, la verdad es vista como cualquier cosa menos como el cimiento inamovible que las generaciones anteriores creían que era. A nuestro alrededor, la gente murmura: “Tu verdad no es mi verdad”, aparentemente ajena a la contradicción. Pero cuando se traslada al cristianismo, esta filosofía arruinará todo intento de adorar al Dios de la Biblia.
Cuando Cristo dijo que debíamos adorar a Dios en “verdad”, se refería a una verdad, no a múltiples verdades. Y la fuente de toda verdad es la Palabra de Dios (Juan 17:17).
Jesús abogó por un culto basado en lo que dice la Biblia. Pero si adoramos a Dios basándonos en costumbres o tradiciones que contradicen las Escrituras, nuestra adoración no se basa en la verdad, sino en la mentira.
Un caso clásico de no adorar a Dios en la verdad se dio en el primer siglo. En aquella época, los líderes religiosos judíos se apropiaban del nombre de Dios para apoyar enseñanzas no bíblicas, y Jesús se opuso. Algunos creen erróneamente que los condenó porque estaban completamente atrapados en las leyes del Antiguo Testamento, pero esto es un malentendido.
Veamos lo que dijo respecto a sus prácticas: “Pues en vano me honran, Enseñando como doctrinas, mandamientos de hombres” (Mateo 15:9, énfasis añadido).
Uno de sus problemas más evidentes era el que ellos les daban a las enseñanzas humanas el mismo nivel de las Escrituras, pensando que eran lo mismo. Intentaron adornar las leyes de Dios con opiniones y teorías. Como resultado, añadieron docenas de mandamientos a los que Dios dio originalmente.
Esto se convirtió en una adoración basada en la tradición, no en una adoración basada en la verdad. De hecho, muchos de estos mandamientos hechos por el hombre en realidad eran un obstáculo para la intención original que Dios tenía con las leyes que Él dio.
Deberían haber hecho las cosas de otra manera. Las Escrituras advierten que no se debe adorar a Dios de ninguna manera diferente a la que Él ordenó explícitamente:
- Deuteronomio 4:2: “No añadiréis a la palabra que yo os mando, ni disminuiréis de ella, para que guardéis los mandamientos de Jehová vuestro Dios que yo os ordeno” (énfasis añadido).
- Deuteronomio 12:32: “Cuidarás de hacer todo lo que yo te mando; no añadirás a ello, ni de ello quitarás”.
A través de estos pasajes, Dios habla de manera clara y contundente: sus palabras son el criterio por el cual juzgamos si nuestra adoración es aceptable para Él. Adorar en verdad es obedecer a Dios y estar de acuerdo meticulosamente con sus instrucciones específicas.
Pero esto se ignora con frecuencia hoy en día, especialmente en el caso de qué día debemos observar el sábado. Muchas personas afirman que adoran a Dios asistiendo a los servicios de la iglesia los domingos. Sin embargo, cuando escuchamos lo que dice la Biblia, encontramos que Dios ordena que la adoración formal se lleve a cabo en su día de reposo, que es el séptimo día (sábado).
Los feligreses pueden ser tan sinceros como sea posible, pero adorar a Dios en verdad requiere que tengamos un servicio formal en el día que Él dice, y ningún otro.
Si usted desea aprender más acerca de este tema, lo invitamos a leer, “¿Cuándo es el día de reposo?”.
¿Estará Dios alguna vez complacido con nosotros?
En el trasfondo de Juan 4:24 está la realidad de que Dios nos ha dado normas específicas que debemos seguir. La mujer samaritana y su pueblo estaban equivocados en su manera de acercarse a Dios, doctrinalmente y en su actitud. Éste es el caso de muchos en la actualidad.
Hoy en día, la escuela de pensamiento más aceptada parece ser que la sinceridad es suficiente, que lo que más le importa a Dios es si tenemos buenas intenciones.
Pero Juan 4:24 dice lo contrario.
Dios desea que sus hijos le adoren en espíritu. Es decir, no quiere que rituales vacíos y sin sentido definan nuestra relación con Él. Por el contrario, Él quiere una devoción completa y una motivación genuina para complacerlo. Quiere que nos arrepintamos, nos bauticemos y recibamos el Espíritu Santo (Hechos 2:38).
También quiere que adoremos en verdad. Es decir, nuestra adoración debe pasar la prueba doctrinal. Debe ajustarse a las Escrituras.
Cuando ponemos en práctica estas cosas podemos encontrar a Dios y lo adoramos de la manera que Él busca. Si somos conscientes de seguirle en espíritu y en verdad, podemos estar seguros no sólo de que Él acepta nuestra adoración, sino también de que estamos creciendo en nuestra relación personal con Él.
Fecha de publicación: Abril 3, 2025