Dios nos dio leyes para vivir de acuerdo con ellas, especialmente los Diez Mandamientos. ¿Está usted viviendo conforme al espíritu de estas leyes, es decir, a los valores que las sustentan?
Para comprender las leyes bíblicas, debemos comenzar por entender el concepto de educación y crecimiento espiritual. A lo largo de la Biblia, se nos exhorta a crecer espiritualmente. Pedro concluye su segunda epístola con este desafío: “Antes bien, creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo” (2 Pedro 3:18).
Las actitudes humanas hacia la ley de Dios son muy variadas. Una forma de ver el crecimiento espiritual es como un proceso de cuatro etapas que muestra el cambio en el enfoque de una persona hacia la ley de Dios:
- Anarquía. Para muchos, éste es el punto de partida, donde hay poca comprensión de las leyes de Dios y poco deseo de obedecerlas.
- Obediencia ciega. Éste es el punto en el que nos damos cuenta de que Dios tiene leyes que deben ser obedecidas, pero carecemos de comprensión acerca del por qué y el cómo cumplir la ley.
- Cumplimiento informado. Ésta es la etapa en la que llegamos a comprender la ley de forma básica y nos comprometemos a obedecerla. (Esto significa vivir según la letra de la ley y suele ser el momento en el que buscamos el bautismo.)
- Vivir según el espíritu de la ley. Ésta es la etapa final de crecimiento, que dura toda la vida, en la que vivimos no sólo según la letra de la ley, sino también según el espíritu de la ley, es decir, de acuerdo a los valores que la sustentan.
Letra de la ley vs. espíritu de la ley
- El espíritu de la ley analiza el concepto o la razón por la cual se creó una ley.
- La letra de la ley se centra en el lenguaje preciso de una ley sin tener en cuenta su propósito general.
Cuando uno obedece únicamente la letra de la ley, a menudo puede encontrar resquicios legales y excepciones que permiten la obediencia técnica a la ley y, al mismo tiempo, la violación del espíritu de la misma.
Por ejemplo, pensemos en cómo una madre podría decirle a su hijo que no puede ver la televisión hasta que termine sus deberes. El espíritu de la norma —el propósito de esta instrucción— es que su hijo haga sus deberes antes de jugar.
Si el joven juega a un videojuego en su celular, sin haber terminado aún sus deberes, técnicamente ha obedecido al pie de la letra la orden de su madre. No vio la televisión, como ella le había prohibido hasta que terminara sus deberes. En cambio, empezó a jugar a un videojuego, algo que su madre no le había prohibido específicamente antes de terminarlos.
Para haber obedecido el espíritu de las instrucciones de su madre, este joven debería haber terminado primero sus deberes antes de ponerse a jugar (no sólo a ver la televisión).
Vivir según el espíritu de la ley
Quizás la mayor dificultad reside en la transición de la tercera a la cuarta etapa del crecimiento espiritual. Jesús lo dejó claro al reprender a los escribas y fariseos: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque diezmáis la menta y el eneldo y el comino, y dejáis lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe. Esto era necesario hacer, sin dejar de hacer aquello” (Mateo 23:23).
Aquí Jesús estableció una distinción entre el cumplimiento informado (simplemente obedecer la letra de la ley) y vivir según el espíritu de la ley. Estos líderes religiosos obedecían meticulosamente la instrucción de Dios de pagar el diezmo —la décima parte de sus ingresos— incluso por las especias más pequeñas. Sin embargo, pasaban por alto otros asuntos de suma importancia para Dios acerca de cómo debemos tratar a los demás (justicia y misericordia).
Refiriéndose a estos líderes, Jesús dijo: “Porque atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y las ponen sobre los hombros de los hombres; pero ellos ni con un dedo quieren moverlas. Antes, hacen todas sus obras para ser vistos por los hombres. Pues ensanchan sus filacterias, y extienden los flecos de sus mantos” (vv. 4-5).
Meditar en la letra de la ley puede ayudarnos a comprender los valores subyacentes: el espíritu de la ley. La ley representa los deseos y valores de Dios.
Muchos son como los escribas y fariseos, que nunca alcanzan la cuarta etapa del crecimiento espiritual, donde se vive según el espíritu de la ley de Dios, además de según su letra. Esta deficiencia podría explicar en parte por qué Jesús dijo: “Porque muchos son llamados, y pocos escogidos” (Mateo 22:14).
Recordemos que Jesús dijo: “Esto era necesario hacer, sin dejar de hacer aquello”. Abrazar el espíritu de la ley no exime de la obediencia a la letra de la ley. Es necesario obedecer la ley para vivir plenamente también según su espíritu.
¿Cuál es el papel de la ley en el crecimiento espiritual?
Desde una perspectiva religiosa, la razón de la ley de Dios es clara (Romanos 3:20). La ley muestra lo que es correcto e incorrecto a los ojos de Dios. Muestra lo que produce buenos resultados y lo que lleva a la muerte (Proverbios 14:12; 16:25). La ley de Dios define el pecado (1 Juan 3:4).
Existe otra razón para la ley. Meditar en la letra de la ley puede ayudarnos a comprender los valores subyacentes: el espíritu de la ley. La ley representa los deseos y valores de Dios.
Cuando pienso en la relación entre leyes y valores, recuerdo un trabajo de verano que tuve cuando estaba en la universidad. Trabajé en un gran astillero conocido por construir todo tipo de embarcaciones, desde submarinos atómicos hasta portaaviones.
Para garantizar la calidad del trabajo, existían innumerables normas, estándares y procedimientos (leyes). Pero los valores se expresaban con gran elocuencia en una inscripción en la estatua del fundador, ubicada en la entrada principal del astillero, por donde pasaba la mayoría de los trabajadores a diario. La inscripción decía: “Construiremos buenos barcos, con ganancias si podemos, con pérdidas si es necesario, pero construiremos buenos barcos”.
El valor fundamental que motivó la fundación de esta empresa fue la construcción de buenos barcos. Esto implica que sus normas laborales se crearon teniendo en cuenta este principio fundamental.
¿Hubo algún fallo en la ley o en las personas?
Entender la ley de Dios ha sido un desafío constante para la humanidad a lo largo de su historia. Dado que todos pecamos (Romanos 3:23), algunos creen erróneamente que no vale la pena intentar obedecer los mandamientos de Dios. Otros, por el contrario, creen erróneamente que Jesús vino a abolir la ley y que los cristianos han sido liberados de ella.
Parte del problema radica en que las leyes no pueden abarcar todas las posibilidades, si uno se limita a cumplir estrictamente con la letra de la ley. Consideremos las leyes del impuesto sobre la renta en Estados Unidos. El código tributario es complejo y, según las estimaciones más conservadoras, tiene alrededor de 2.600 páginas. ¿Por qué es tan extenso y complejo? En parte, se debe a un intento de cubrir cualquier posible laguna legal o situación que pudiera presentarse.
Y ése es el problema con las leyes: son difíciles de redactar de manera que abarquen todas las situaciones. Tomemos algo tan simple como la ley que limita la velocidad a 120 kilómetros por hora en muchas autopistas. Si bien esta velocidad puede ser segura con buen clima, ¿qué sucede con la lluvia? ¿Y durante una tormenta de nieve? En tales condiciones, el valor o el espíritu de la ley —“conduzca con precaución”— prevalece sobre cualquier límite de velocidad.
Observe cómo Dios reconoce este problema: “Porque si aquel primero hubiera sido sin defecto, ciertamente no se hubiera procurado lugar para el segundo. Porque reprendiéndolos dice: he aquí vienen días, dice el Señor, en que estableceré con la casa de Israel y la casa de Judá un nuevo pacto” (Hebreos 8:7-8, énfasis añadido).
La culpa no fue de la ley en sí, sino de la gente, que no la veía como una declaración de valores, sino simplemente como un conjunto de reglas. No las obedecieron y, desde luego, no vivieron de acuerdo con sus valores espirituales.
La cuestión es que comprender y obedecer el espíritu de las leyes de Dios no se logra a menos que primero se obedezca la letra de dichas leyes. Como señaló el salmista: “Buen entendimiento tienen todos los que practican sus mandamientos” (Salmos 111:10).
Hebreos 8:10 muestra el remedio de Dios: “Por lo cual, este es el pacto que haré con la casa de Israel, después de aquellos días, dice el Señor: pondré mis leyes en la mente de ellos, y sobre su corazón las escribiré; y seré a ellos por Dios, y ellos me serán a mí por pueblo”.
Se necesita un don de Dios —el don del Espíritu Santo— para comprender los valores de la ley y vivir de acuerdo con el espíritu de la ley.
El espíritu de la ley en los Diez Mandamientos
¿Ha considerado usted el espíritu de la ley que subyace a los Diez Mandamientos? Una forma de hacerlo es examinar los valores que expresa cada mandamiento. Jesús expresó claramente estos valores generales cuando le preguntaron cuál era el mandamiento más importante. Cristo dijo: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Éste es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22:37-39).
El valor del amor define todos los mandamientos. Pero ¿qué hay en cada mandamiento en particular? ¿Existen valores específicos detrás de cada uno? Aquí les presento algunos de los valores que asocio con cada mandamiento, y seguramente ustedes podrán encontrar otros diferentes, e incluso muchos más. Algunos son obvios, pero otros no tanto.
1. Yo soy el Eterno tu Dios. No tendrás otros dioses. Nadie más que Dios es digno de nuestra adoración. Cuando Dios liberaba a los antiguos israelitas de la esclavitud, seis veces envió a Moisés con este mensaje al faraón: “Deja ir a mi pueblo, para que me sirva” (Éxodo 7:16; 8:1, 20; 9:1, 13; 10:3, énfasis añadido). También, al final de la tentación proveniente de Satanás: “Entonces Jesús le dijo: vete, Satanás, porque escrito está: al Señor tu Dios adorarás, y a él sólo servirás” (Mateo 4:10). Jesucristo vino a servir, y quiere que aprendamos a servir también (Mateo 20:26-28). Un valor clave que veo subyacente al Primer Mandamiento es el servicio a Dios.
2. No adorar ídolos. Ninguna imagen física puede capturar la grandeza del Todopoderoso. Pablo expresó el significado de este mandamiento: “Profesando ser sabios, se hicieron necios, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles” (Romanos 1:22-23). Entiendo la instrucción de Dios de que no seamos insensatos.
3. No tomar el nombre de Dios en vano. Este mandamiento enseña respeto a Dios.
4. Acuérdate del sábado y santifícalo. “En verdad vosotros guardaréis mis días de reposo; porque es señal entre mí y vosotros por vuestras generaciones, para que sepáis que yo soy el Eterno que os santifico” (Éxodo 31:13). Un valor aquí es la santificación: ser apartado para un deber sagrado. ¿Sabe usted a qué deber lo llama Dios?
5. Honrar a nuestros padres. Este mandamiento expresa directamente un valor: el honor. En un sentido más amplio, sugiere el valor del respeto hacia los demás, especialmente hacia la familia.
6. No matarás. Toda vida humana tiene valor. Para mí, considerando el comentario de Jesús en Mateo 5:21-26, este mandamiento enseña la reconciliación y la fe en Dios.
7. No cometer adulterio. Sé fiel.
8. No robar. Este respeto por la propiedad ajena demuestra el valor que Dios le otorga a la justicia.
9. No mentir. Sé sincero y honesto.
10. No codiciar. Debemos estar contentos con lo que tenemos y no desear lo que pertenece a otros, aprendemos los valores de la generosidad y el altruismo.
¿Qué enseñó Jesús?
Así como el Verbo de Dios (Jesucristo antes de su nacimiento humano) apareció en el monte Sinaí para dar los Diez Mandamientos a su pueblo elegido, así también Jesús habló desde una montaña a sus discípulos elegidos al comienzo de su ministerio.
Esta enseñanza se conoce ahora como “el Sermón del Monte”. Al exponer la ley de Dios, Jesús enseñó el espíritu de la ley, que incluye valores como la humildad, la empatía, la mansedumbre, la búsqueda de la justicia, la misericordia, la pureza, la búsqueda de la paz y el soportar la persecución con alegría, tanto por la justicia como por Cristo (véase Mateo 5:1-12).
Un ejemplo de la enseñanza de Jesús acerca de obedecer tanto la letra de la ley como el espíritu de la ley se encuentra en lo que dijo acerca del Séptimo Mandamiento: “Oísteis que fue dicho: No cometerás adulterio. Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón” (vv. 27-28).
Al leer los cuatro Evangelios, podemos ver claramente que Jesús enfatizó los valores. No como sustituto de la ley, sino como complemento de la misma: la mentalidad espiritual necesaria para obedecer plenamente el espíritu o la intención de la ley de Dios. Como Él mismo dijo: “No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir” (Mateo 5:17).
¿Y usted? ¿Se limita a cumplir la ley al pie de la letra? ¿O también está avanzando para vivir según el espíritu (los valores) de las leyes de Dios?
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