El pueblo de Dios enfrenta una ardua lucha para aferrarse a la verdad. ¿Qué se interpone en nuestro camino? ¿Qué debemos hacer?
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La comezón tiene poder.
Pregúntele a cualquiera a quien le hayan colocado un yeso. Esa sensación de hormigueo —que se va acumulando, creciendo, hasta que la mente se reduce a la merced de rascarse tan sólo una vez.
Es difícil resistirse a la comezón.
Comezón de oír
Pablo le escribió a su discípulo Timoteo acerca de algo que les sucedería a algunos de los discípulos de Jesucristo: “Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias, y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas” (2 Timoteo 4:3-4, énfasis añadido).
La sana doctrina es otra forma de decir “verdad”, y el peligro no es que algo le suceda a la verdad. Las personas simplemente dejan de quererla. No porque pierda su poder o deje de cambiar vidas, sino porque una comezón diferente comienza a tomar el control:
Una comezón moldeada por los deseos personales.
Ésta era una profecía acerca de la Iglesia: miembros que abandonaban el mensaje del evangelio por cosas que sonaban mejor o se sentían más agradables.
Lo que encontrarían en su lugar eran, por supuesto, farsas, mentiras disfrazadas de algo brillante, empaquetadas de la manera correcta, pero vacías al final.
Cambiar la verdad por otra cosa
¿Qué hace que un grupo de cristianos renuncie a todo y se aleje de la verdad que una vez los liberó?
La misma fuerza que aleja a la humanidad de la verdad: queremos que nos digan cosas que nos gustan. Cosas más cómodas —cosas que no requieren un gran cambio en nuestra forma de pensar.
Eso es una lucha para nosotros, porque como cristianos nuestra tarea es vivir de cada palabra que sale de la boca de Dios (Mateo 4:4), y la Biblia no fue escrita para complacernos. Fue escrita para cuestionarnos. Corta como una espada de doble filo, dejando al descubierto los pensamientos y las intenciones de nuestros corazones (Hebreos 4:12). Nos pone un espejo en frente y nos muestra nuestros defectos personales y los pecados que aún no hemos vencido (Santiago 1:23-25).
No siempre nos dice lo que nos resulta cómodo escuchar. Y si nuestras mentes no están preparadas para ser corregidas y satisfechas por lo que dice la Biblia, podemos empezar a sentir la tentación de recurrir a otra cosa.
“Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias, y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas” (2 Timoteo 4:3).
Cómo combatir la comezón de oír
La gran pregunta es: ¿cómo podemos evitar convertirnos en el tipo de personas que dejan de lado la verdad por otra cosa? ¿Cómo podemos evitar ser engañados por nuestros propios deseos? Puede suceder —y a algunos les sucederá. Pero al final, la decisión es nuestra.
Dios no nos deja indefensos ante la forma en que respondemos a la verdad que nos da. Hay pasos reales y prácticos que podemos seguir para entrenar nuestras mentes espiritualmente. Si queremos valorar la verdad más que cualquier otra cosa, debemos poner en práctica las siguientes tres claves.
1. Cultivar la humildad.
Jeremías 17:9 dice: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?”. Esto es a lo que nos enfrentamos. Éste es el estado natural del hombre. En lo más profundo de nuestros corazones hay una dosis de autoengaño que nos aleja de nuestro buen juicio, animándonos a cambiar la realidad por mentiras.
No somos infalibles.
Pero Dios no nos dice eso porque quiera que nos rindamos y dejemos de intentarlo. El objetivo es que nos alejemos de una actitud insensata de “no me pueden engañar” y aprendamos a confiar en Dios para obtener fortaleza espiritual.
Pablo se lo expresó a los corintios de manera muy sencilla: “Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga” (1 Corintios 10:12).
El problema con algunos miembros en Corinto era que estaban demasiado seguros de sí mismos, convencidos de que no “caerían”. Era orgullo.
Otro grupo tenía el mismo problema: los laodicenos.
Jesús los reprendió con dureza: “Porque tú dices: Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad; y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo” (Apocalipsis 3:17).
En ambos casos, el problema era la autosuficiencia. Y tarde o temprano, la autosuficiencia abre una brecha entre nosotros y la verdad.
Jesucristo es el único que ha logrado superar con éxito toda forma de engaño que intentó arraigarse en su mente (1 Pedro 2:22). Y es su poder —su anhelo de verdad— el que obra en nosotros a través del Espíritu Santo. Si nuestra confianza no está puesta en Él, nos encaminamos hacia el fracaso.
La humildad es clave para buscar la verdad.
2. Rodéese de los maestros adecuados.
La gente de la época de Jeremías tenía algo en común con la gente acerca de la que Pablo le advertía a Timoteo.
“Cosa espantosa y fea es hecha en la tierra; los profetas profetizaron mentira, y los sacerdotes dirigían por manos de ellos; y mi pueblo así lo quiso” (Jeremías 5:30-31).
Los descendientes de Judá amaban a los maestros de su época y tenían por costumbre escucharlos. Pero eran mentirosos. Desviaron al pueblo y lo volvieron en contra de los verdaderos maestros, hombres como Jeremías, que predicaban la Palabra de Dios en su forma más pura.
Dios sigue teniendo siervos que dicen la verdad —ministros que manejan correctamente las Escrituras y enseñan cosas sanas.
No tenemos que dar cabida a las enseñanzas de los impostores. Podemos elegir rodearnos de líderes según Dios que velan por nuestro bienestar espiritual (Hebreos 13:17).
3. Recuerde lo que la verdad ha hecho y sigue haciendo por usted.
Dios hizo posible que aquellos a quienes ha llamado comprendieran su verdad mediante un milagro. Nosotros no tuvimos nada que ver con el inicio de eso. Dios se acercó y derramó su luz en nuestras mentes.
Gracias a eso, los seguidores de Cristo tienen una imagen clara del evangelio del Reino de Dios.
Sabemos lo que Dios está haciendo. Se está reproduciendo a Sí mismo, trayendo a la humanidad a su familia eterna (Hebreos 2:10). Sabemos que ese plan gira en torno a un eje: su Hijo, quien dio su vida para lograr el perdón y la reconciliación (1 Pedro 1:18-19).
También conocemos el camino de vida al que Dios nos llama (Éxodo 20:1-17). Y sabemos adónde conduce ese camino: “Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad” (1 Corintios 15:53).
Esta verdad es especial. Y es preciosa.
Pero siempre hubo —y siempre habrá— cosas que tratan de competir con ella. Poco después de que la Iglesia comenzara, empezaron a difundirse variantes de la “fe que ha sido una vez dada a los santos” (Judas 1:3). Pablo advirtió a los discípulos que no aceptaran a “otro Jesús” (2 Corintios 11:4) ni se volvieran a un “evangelio diferente” (Gálatas 1:6). La verdad estaba siendo desafiada por impostores que buscaban ganar seguidores.
Y en algunos casos lo lograron, porque ciertos discípulos no reconocieron el valor de la verdad que se les había entregado.
Nunca abandone la verdad
Satanás ha lanzado una guerra de engaño contra la humanidad, y nada le gustaría más que arrastrarnos a ella.
Él sabe exactamente qué es lo que aleja a las personas de la verdad. Utilizó las estrategias precisas para convencer a Eva de que cambiara la verdad por una mentira. Pero no tenemos que darle cabida en nuestras mentes. A través del Espíritu de Dios, podemos frenar todo deseo que pueda alejarnos de la verdad.
Hebreos nos exhorta: “Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, porque fiel es el que prometió” (Hebreos 10:23).
Aferrémonos a la verdad de Dios con todas nuestras fuerzas, negándonos a ceder ante cualquier tentación que nos invite a renunciar a la verdad.