Vida, Esperanza y Verdad

¿Qué es el escudo de la fe?

Pablo les dio a los cristianos la siguiente amonestación: “Sobre todo, tomad el escudo de la fe, con que podáis apagar todos los dardos de fuego del maligno” (Efesios 6:16).

¿Cómo era el escudo romano?

El escudo romano, o scutum, era una parte central de la defensa de un soldado. El scutum del siglo primero era de forma rectangular y redondeado en las puntas. Por lo general estaba hecho de dos láminas de madera que estaban pegadas juntas, luego cubiertas con lona y cuero. El lienzo y el cuero podían ser mojados con agua para protegerse contra flechas en llamas.

El escudo pesaba alrededor de 10 kilos y tenía aproximadamente un metro de alto y 75 centímetros de ancho. Una pieza de metal cruzaba el centro del escudo, por lo que también podía ser utilizado como un arma para golpear o empujar al enemigo hacia adelante.

Pablo, en su analogía de la armadura de un cristiano, dice que ¡por “sobre todo” debemos tomar el escudo de la fe!

¿Cuál es la definición de fe?

Para entender por qué la fe es tan importante, primero debemos saber su significado. El autor de Hebreos describe la fe como la realización de algo que no podemos ver:

“Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve. Porque por ella alcanzaron buen testimonio los antiguos” (Hebreos 11:1-2).

La palabra fe en el Nuevo Testamento es traducida de la palabra griega pistis, y el Diccionario expositivo de palabras del Antiguo y del Nuevo Testamento exhaustivo de Vine define la fe como una “firme persuasión”. La fe es una creencia o convicción inquebrantable en las promesas de Dios.

El capítulo de la fe en la Biblia (Hebreos 11) destaca a los hombres y mujeres de Dios que “Conforme a la fe murieron todos estos sin haber recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos, y creyéndolo, y saludándolo, y confesando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra” (Hebreos 11:13). La fe de ellos —su creencia inquebrantable en las promesas de Dios— les permitió vencer las trampas y ataques de Satanás.

Leemos el ejemplo de Moisés: “Por la fe Moisés, hecho ya grande, rehusó llamarse hijo de la hija de Faraón, escogiendo antes ser maltratado con el pueblo de Dios, que gozar de los deleites temporales del pecado, teniendo por mayores riquezas el vituperio de Cristo que los tesoros de los egipcios; porque tenía puesta la mirada en el galardón” (Hebreos 11:24-26).

El escudo de Moisés era su fe. En lugar de buscar los “deleites temporales del pecado” como parte de la realeza en Egipto, Moisés decidió obedecer y seguir a Dios adonde Él lo guiara, aún cuando hubiera sido más fácil no hacerlo.

(Para estudiar el tema de la fe con más profundidad, lea “¿Qué es la fe?”)

¿Cuáles son los dardos de fuego del enemigo?

El apóstol Pablo menciona específicamente que el escudo de fe es necesario para defendernos contra los ataques de Satanás (“los dardos de fuego del maligno”). Esos dardos de fuego pueden venir de muchas formas, ya que Satanás siempre está buscando la forma más eficaz para atacarnos donde somos débiles.

Observe la declaración de Pablo: “Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo” (Efesios 6:11).

Ciertamente, Satanás es un adversario astuto. Se acercó a Eva en el jardín del Edén tentándola con la fruta que era agradable a los ojos y diciéndole que le traería sabiduría. “Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría; y tomó de su fruto, y comió” (Génesis 3:6).

Pablo advirtió a la Iglesia de Corinto acerca de las estrategias que Satanás usa contra nosotros —el enemigo nos hace caer en tentación cuando rehusamos perdonarnos los unos a otros:

“Y al que vosotros perdonáis, yo también; porque también yo lo que he perdonado, si algo he perdonado, por vosotros lo he hecho en presencia de Cristo, para que Satanás no gane ventaja alguna sobre nosotros; pues no ignoramos sus maquinaciones” (2 Corintios 2:10-11).

Cómo usar el escudo de la fe

En realidad, al igual que un soldado romano en batalla tenía que enfrentar las flechas o dardos ardientes del enemigo, nosotros también podemos ser atacados en cualquier momento y en cualquier dirección por las artimañas y engaños de Satanás. El escudo de la fe es la armadura que Dios nos ha dado para defendernos contra sus ataques.

Un escudo, ya sea físico o espiritual, sólo puede ser eficaz cuando es levantado. Esto requiere un estado continuo de preparación y paciencia de nuestra parte. El apóstol Pedro nos da una descripción elocuente y detallada de cómo debemos practicar la humildad y sostener el escudo de la fe contra Satanás:

“Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él os exalte cuando fuere tiempo; echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros. Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar; al cual resistid firmes en la fe, sabiendo que los mismos padecimientos se van cumpliendo en vuestros hermanos en todo el mundo. Mas el Dios de toda gracia, que nos llamó a su gloria eterna en Jesucristo, después que hayáis padecido un poco de tiempo, él mismo os perfeccione, afirme, fortalezca y establezca” (1 Pedro 5:6-10).

Cuando Pablo enumeró las armas espirituales en Efesios 6, hizo hincapié en la fe, diciendo que por “sobre todo” necesitamos tomar el escudo. En griego, esta frase nos explica que necesitamos agregar o añidir el escudo de la fe a todas las demás piezas de armadura que se habían mencionado anteriormente, y que el escudo de la fe debe añadirse al resto de la armadura de Dios.

Al examinar algunos de los atributos y beneficios espirituales de la fe, podemos comenzar a comprender y valorar su importancia.

1. Somos justificados por la fe.

Como seres humanos, todos hemos pecado: “por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23). La pena por el pecado es la muerte: “Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 6:23).

Como seres humanos, nosotros merecemos la pena de muerte, porque todos hemos pecado. Pero mediante el sacrificio de Jesucristo, es posible recibir el don —no merecido— de la vida eterna.

Esta justificación de nuestros pecados ante Dios requiere fe de nuestra parte: “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo; por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios” (Romanos 5:1-2).

La gracia de Dios que lava nuestros pecados —que nos justifica a través de la fe— nos permite seguir luchando. Sin esta justificación, ya hubiéramos perdido la batalla. Nuestros pecados quedarían sin ser perdonados, lo que significa que la pena de muerte seguiría pesando sobre nosotros, y nada podría cambiar eso.

Pero debido a la gracia, podemos ser justificados ante Dios, y nuestra fe en esa justificación se convierte en el escudo de fe que nos protege contra los dardos ardientes de Satanás.

Para obtener más información acerca de la importancia de la gracia en nuestra vida, por favor refiérase a nuestro artículo “¿Qué es la gracia?”

2. La fe hace posible agradar a Dios.

Cuando queremos complacer a Dios, suceden cosas buenas. Considere estos dos pasajes acerca de las bendiciones que Dios derrama sobre aquellos que viven su vida de una manera que es agradable a Él: “Cuando los caminos del hombre son agradables al Eterno, Aun a sus enemigos hace estar en paz con él” (Proverbios 16:7). También Lucas 12:32: “No temáis, manada pequeña, porque a vuestro Padre le ha placido daros el reino”.

Con sus muchos ejemplos bíblicos de personas que fueron fieles a Dios, Hebreos 11 muestra lo importante y beneficioso que es agradar a Dios con nuestra fe: “Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan” (v. 6).

Porque la fe es “la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve”, esta fe nos permite ver más allá de las circunstancias que nos rodean en este momento, y nos ayuda a centrarnos en el futuro que Dios tiene preparado.

La fe nos permite confiar en un Dios a quien no podemos ver, y tener la certeza de que Él cumplirá su promesa de establecer un futuro inimaginable para nosotros. Una manera de agradar a Dios es seguir practicando esta confianza en obediencia a Él, eligiendo el camino correcto en lugar del fácil.

3. La fe nos permite vencer.

A los cristianos se le amonesta vencer el mal, en lugar de darse por vencidos o sucumbir ante el mal. “No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal” (Romanos 12:21).

Las piezas de la armadura espiritual enumerados en Efesios 6 tienen el propósito de defendernos del mal y de los ataques de Satanás. El escudo de la fe va aún más lejos ya que nos ayuda no sólo a defendernos, sino a vencer el mal activamente:

“Porque todo lo que es nacido de Dios vence al mundo; y ésta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe” (1 Juan 5:4).

Tener en cuenta el ejemplo de Jesucristo, quien venció al pecado, nos ayuda a fortalecer nuestra fe en Dios y en las promesas que Él nos ha dado.

Antes de enfrentar su crucifixión, Jesucristo amonestó a sus discípulos a que tuvieran en cuenta lo siguiente: “Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo” (Juan 16:33).

4. La fe nos permite protegernos unos a otros.

Durante la época de Pablo, los soldados romanos a veces se veían expuestos a una avalancha de flechas que caía sobre ellos desde arriba. Por ejemplo, cuando ellos sitiaban una ciudad amurallada o una colina fortificada, tenían que seguir avanzando mientras las flechas eran lanzadas desde lo alto. Los soldados utilizaban una formación conocida como testudo, o formación de tortuga, la cual les permitía protegerse y avanzar al mismo tiempo.

La formación de tortuga implicaba la unión de los escudos los cuales eran levantados contra las flechas que podían venir de cualquier dirección. Los soldados se disponían en una formación cuadrada hermética. Los que estaban al frente levantaban sus escudos frente a ellos. Los soldados que estaban a los lados miraban hacia el lado levantando sus escudos.

Del mismo modo, aquellos que estaban atrás miraban hacia atrás y levantaban sus escudos. Los que estaban en el medio elevaban sus escudos por encima para protegerse de las flechas que volaban desde arriba. De esta manera, ninguna parte de esta formación de soldados quedaba expuesta.

El historiador griego Plutarco describió el testudo de la siguiente manera:

“Pero la infantería completamente armada, mirando a su alrededor, se defendía de los ataques desde dentro. Los soldados de la primera fila se arrodillaban sobre una rodilla, sosteniendo sus escudos delante de ellos, los de la siguiente fila sostenían sus escudos encima de los primeros, y así sucesivamente otros sobre estos. Esta formación se puede comparar con el mosaico de una casa, o a las filas de asientos en un teatro, ya que este gran esfuerzo era una defensa segura contra las flechas que llegaban sobre ellos sin hacerles ningún daño” (Lives of the Noble Grecians and Romans, [Vidas de los nobles de Roma y Grecia], capítulo 60).

El apóstol Pablo habló de la necesidad de que el cuerpo de Cristo estuviera unido, ayudándonos unos a otros, al igual que este grupo de soldados levantaba sus escudos para defenderse y protegerse mutuamente: “de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor” (Efesios 4:16).

Jesús desea que fortalezcamos nuestra fe

Un escudo, ya sea físico o espiritual, sólo puede ser eficaz cuando es levantado. Esto requiere un estado continuo de preparación y paciencia de nuestra parte.

Hablando de la paciencia y la perseverancia a través de dificultades y pruebas, Jesús planteó la pregunta de que si Él encontraría fe en la tierra a su regreso. “¿Y acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche? ¿Se tardará en responderles? Os digo que pronto les hará justicia. Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?” (Lucas 18:7-8).

Para ser verdaderamente fieles, nuestra creencia inquebrantable en las promesas de Dios debe ser duradera. El escudo no es efectivo si se baja. Para hacer de la pregunta de Jesús algo más personal podemos preguntarnos: cuando venga el Hijo del Hombre, ¿se levantará nuestro escudo de fe?

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