¿Cómo se deshace un pecado?
Cuando cometemos un error y cruzamos la línea, ¿cómo podemos arreglarlo? ¿Cómo hacemos que todo vuelva a ser como antes?
La respuesta corta es: no podemos.
Borrar un pecado requiere necesariamente de una vida —su vida. No estamos hablando de una especie de banco donde las malas acciones se pueden restar con la buenas. Simplemente, “el alma que pecare, esa morirá” (Ezequiel 18:4) y, como dice Pablo: “todos pecaron” (Romanos 3:23). Cuando pecamos perdemos la vida y no hay manera de arreglarlo. La pena debe pagarse.
Hace miles de años, Dios les ordenó a los israelitas hacer sacrificios constantes para redimir sus pecados (Levítico 5:6, 10). Pero como el autor de Hebreos más tarde explicaría: “en estos sacrificios cada año se hace memoria de los pecados; porque la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados” (Hebreos 10:3-4).
Los sacrificios de los israelitas no bastaban para evitar la pena definitiva del pecado, sólo servían como un recordatorio constante de que “casi todo es purificado [limpiado], según la ley, con sangre; y sin derramamiento de sangre no se hace remisión [perdón]” (Hebreos 9:22). El propósito de los sacrificios, entonces, era que Israel no olvidara cuál era el precio de su perdón y, aunque ellos no lo sabían, además representaban un sacrificio mucho más grande: la crucifixión de Jesucristo, el Hijo de Dios.
La Biblia dice que Jesús “fue inmolado desde el principio del mundo” (Apocalipsis 13:8). Aún antes de crear al ser humano, Dios el Padre y Jesucristo tenían el plan de formar una familia, y el primer paso era crear al hombre a su imagen (Génesis 1:26), dándole libre albedrío. Pero esto a su vez representaba un problema: la libertad de elegir implica libertad para elegir mal, por lo que sólo era cuestión de tiempo para que el pecado entrara en escena. Los seres humanos desobedeceríamos en algún punto. Alguien iba a escoger el mal por encima del camino de Dios, y ¿qué pasaría entonces?
Por un lado, Dios se rehúsa a permitir el pecado en su familia, pero desea que seamos parte de ella. ¿Cómo se reconcilian estos dos conceptos? Si todos los seres humanos hemos pecado, y si la pena del pecado debe pagarse, ¿cómo se podrá llevar a cabo el plan de Dios?
La belleza del sacrificio de Cristo, y la razón por la que fue planificado “desde el principio del mundo”, es que con él se pagó la pena de nuestros pecados. Lo único que nosotros tenemos que hacer es estar dispuestos a aceptar las condiciones del trato.
Cuando Jesús vino a la Tierra, hace 2.000 años, logró lo que nadie más en la historia ha logrado: vivir una vida sin pecado (1 Juan 3:5). Guardó la ley de Dios a la perfección y nos dejó un ejemplo de obediencia para luego morir de una forma cruel y terrible como sacrificio por el perdón de los pecados del mundo. Tal como lo habían planificado desde el principio: “Al que no conoció pecado, por nosotros [Dios] lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Corintios 5:21).
Detengámonos aquí un momento. La sangre de los toros y carneros nunca fue suficiente para pagar por el pecado, pero la sangre del Hijo sin mancha de Dios sí es suficiente.
Esto no significa que recibamos los beneficios de su sacrificio automáticamente, por supuesto. La muerte de Cristo no es un cheque en blanco que nos permite hacer lo que nosotros queramos. Por el contrario, aceptar su sacrificio requiere algo de nuestra parte. Es por eso que, cuando un grupo de judíos en Jerusalén entendió su culpa en la muerte de Cristo preguntaron: “¿qué haremos?”, y Pedro les respondió: “Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hechos 2:37-38).
Este proceso se aplica a nosotros también. Cuando Dios nos revela nuestros pecados, debemos arrepentirnos, reconociendo y admitiendo que le hemos fallado, y luego debemos alejarnos del pecado para buscar su perdón. El siguiente paso es bautizarnos —hacer un compromiso formal en el que nos entregamos por completo a Dios a través de una muerte figurativa que marca el fin de nuestra vida pasada y el inicio de nuestra nueva vida en Dios. El bautismo es un reconocimiento de que las cosas hechas a nuestro modo no funcionan, de que hemos echado a perder nuestra vida a causa del pecado y de que queremos buscar a Dios para que nos transforme en algo mejor.
Como explicara Pablo: “todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte… nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado” (Romanos 6:3, 6). Y en Gálatas 2:20 continúa: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí”.
El pecado no puede deshacerse, cierto. La pena del pecado siempre debe pagarse. Pero esa pena ya ha sido pagada por nosotros, si estamos dispuestos a aceptarlo. El Hijo de Dios derramó su sangre para que nuestros pecados fueran perdonados, dándonos la oportunidad de comenzar una nueva vida en Él.
La Fiesta de la Pascua (a menudo descartada como una celebración exclusivamente “judía”) fue establecida por Dios hace miles de años en la nación de Israel. Debía celebrarse cada año como un recordatorio del día en que Dios libró a Israel de Egipto (Éxodo 12:12-14) y el evento principal de dicho recordatorio era el sacrificio anual del cordero de la Pascua —un cordero “sin defecto” (v. 5) que cada familia israelita debía ofrecer. Durante la primera Pascua, la sangre del cordero se utilizó para marcar las casas del pueblo de Dios y protegerlas de la devastadora plaga que doblegaría a Egipto (v. 13).
Pero la Pascua también apuntaba hacia un evento mucho mayor. No fue sino hasta el sacrificio de Cristo que el significado completo de esta Fiesta quedó claro: Jesús es el Cordero de la Pascua (1 Corintios 5:7) y sólo su sangre derramada puede protegernos y librarnos de la cautividad del pecado. En su última Pascua en la Tierra, Cristo estableció nuevos símbolos que evidencian este profundo significado —el vino, que representa su sangre; el pan sin levadura, que representa su cuerpo quebrantado; y el lavamiento de pies, que hace énfasis en que los cristianos necesitan tener una actitud de servicio (Lucas 22:19-20; Juan 13:14).
Lo más interesante es el hecho mismo de que Cristo haya establecido estos símbolos nuevos, porque es un claro indicativo de que quería que sus discípulos siguieran observando la Fiesta incluso después de su muerte. De otra manera no les habría dicho: “haced esto en memoria de mí” (Lucas 22:19). Siguiendo esta instrucción, hoy en día hay cristianos fieles alrededor del mundo que siguen guardando la Pascua del Nuevo Testamento; y una vez al año reflexionan en ese sacrificio que nos libró del pecado.
Sin embargo, la Pascua es sólo el comienzo. Es el inicio de las fiestas anuales de Dios que nos revelan su plan para la humanidad y nos enseñan por qué estamos aquí y qué nos depara el futuro.
La Pascua nos recuerda que podemos ser libres del pecado, cierto, pero ¿qué viene después? ¿Cuál es el siguiente paso?
El plan de Dios tan sólo comienza con el sacrificio de Cristo. Acompáñenos en el resto de este Viaje para descubrir cómo termina el plan.