Viaje 3 El Plan de Dios

Día 2: Una Nueva Vida

¿Y ahora qué?

Digamos que Dios lo perdonó; usted se arrepintió, se bautizó y la sangre de Jesucristo pagó por sus pecados. Pero ¿qué viene ahora? ¿Es ése el objetivo final del cristianismo: ser perdonados y continuar con nuestra vida como siempre?

Por supuesto que no. “Si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas”, dice 2 Corintios 5:17. El bautismo lo cambia todo. Cuando usted se bautiza, deja de ser quien era antes. Pasa a ser una nueva creación, habiendo sido crucificado con Cristo, y nada puede volver a ser igual.

El perdón de nuestros pecados por medio del sacrificio de Cristo es sólo el primer paso del plan de Dios. Es un paso vital, cierto, el que hace posible todo lo demás, pero sólo es el primer paso al fin y al cabo. Ayer aprendimos que la Pascua conmemora el sacrificio de Jesús y marca el comienzo de las fiestas anuales de Dios —las celebraciones que nos muestran cómo funciona su plan para la humanidad y cuál es nuestro lugar en él. La siguiente fiesta, Panes Sin Levadura, nos enseña lo que debemos hacer una vez que Dios nos perdona.


Durante los siete días de Panes Sin Levadura, Dios le ordena a su pueblo sacar toda la levadura (los ingredientes que inflan el pan) de su territorio y su vida. “Siete días comerás pan sin leudar, y el séptimo día será fiesta para el Eterno. Por los siete días se comerán los panes sin levadura, y no se verá contigo nada leudado, ni levadura, en todo tu territorio” (Éxodo13:6-7).

Lamentablemente, como sucede con la mayoría de las fiestas celebradas por el antiguo Israel, muchos teólogos modernos descartan la Fiesta de Panes Sin Levadura como una celebración exclusivamente “judía”, “abolida” o “cumplida”.

Pero restarle importancia a esta fiesta implicaría cegarnos ante un importante mensaje de Dios que el apóstol Pablo claramente no pretendía ignorar: “Limpiaos, pues, de la vieja levadura, para que seáis nueva masa, sin levadura como sois; porque nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros. Así que celebremos la fiesta, no con la vieja levadura, ni con la levadura de malicia y de maldad, sino con panes sin levadura, de sinceridad y de verdad” (1 Corintios 5:7-8, énfasis añadido).

Si Pablo hubiera creído que las fiestas de Dios eran celebraciones “judías”, o que habían sido abolidas o cumplidas, ¿las usaría como una ilustración ante un público que estaba compuesto en su mayoría por cristianos no judíos? No tendría ningún sentido.

Lo que sí tiene sentido es que Pablo sabía que su audiencia entendía de lo que estaba hablando. La Iglesia del Nuevo Testamento tenía conciencia de que las fiestas santas le pertenecían a Dios, no a los judíos ni a ningún otro grupo en particular. De hecho, cuando Dios ordenó que las fiestas se guardasen, dijo claramente: “las fiestas solemnes del Señor, mis fiestas solemnes que proclamarán como asambleas sagradas, son estas” (Levítico 23:2, Reina Valera Actualizada-2015, énfasis añadido).

Desde el día en que les fueron reveladas a la antigua nación de Israel, las fiestas santas han sido fiestas de Dios y cada una de ellas ilustra un aspecto de su plan para la humanidad. Como vimos en su carta a los corintios, Pablo explicó que la Fiesta de Panes Sin Levadura en especial se enfoca en nuestra responsabilidad personal en cuanto al pecado.


Ser perdonados de nuestras faltas no cambia el hecho de que el pecado existe. No evita que volvamos a pecar una segunda o tercera vez. La naturaleza humana que nos tentó antes seguirá ahí y nos volverá a tentar, volverá a inventar excusas y a autojustificarse.

Precisamente por eso la lección de Panes Sin Levadura es tan importante. Cuando Pablo establece la conexión entre la levadura y el pecado, el mensaje es claro: debemos sacar el pecado de nuestra vida.

Durante esta fiesta, Dios nos ordena sacar la levadura de nuestras casas y vida —deshacernos de ella por completo. La Pascua nos recuerda lo destructivo que es el pecado, y Panes Sin Levadura, que el pecado no puede tener un lugar en nuestra vida.

Pablo también les explicó a los romanos: “¿Qué, pues, diremos? ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde? En ninguna manera. Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él? ¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva” (Romanos 6:1-4).


Ahora, esto no significa que nunca más vayamos a fallar. No significa que nunca más necesitaremos hacer uso del sacrificio de Cristo para ser limpios. Pero sí es un recordatorio de que ser perdonados no nos da licencia para seguir tomando malas decisiones —un recordatorio de que como cristianos, debemos esforzarnos activamente por sacar cualquier comportamiento pecaminoso de nuestra vida, así como una semana al año nos esforzamos por sacar la levadura de nuestras casas.

Vivir en pecado no es opción para un cristiano. Con el poder del perdón de nuestro lado, la Fiesta de Panes Sin Levadura nos recuerda que necesitamos empezar a vivir una nueva vida, sacando la levadura de malicia y de maldad y comiendo del pan sin levadura de sinceridad y verdad.


Pero… aquí nos topamos con otro problema. Es fácil decir que debemos ser justos, pero, como ya hemos aprendido por el camino difícil, el camino de Dios no se lleva muy bien con nuestra naturaleza humana. “Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden” (Romanos 8:7).

¿Cuál es la solución entonces? ¿Estamos condenados a pelear una batalla perdida entre el llamado de Dios y la tentación de nuestra naturaleza humana?

Si la Fiesta de Panes Sin Levadura fuese el fin del plan de Dios, la respuesta sería: sí. Pero afortunadamente, el plan de Dios no termina ahí. Es cierto que nuestra batalla contra el pecado es inmensa, pero no es una batalla perdida. Dios no nos ha enviado a luchar con las manos vacías.

La siguiente fiesta santa, Pentecostés, nos enfoca en las herramientas que Dios nos da para vencer en la mayor guerra jamás librada: la guerra contra nosotros mismos.

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