Viaje 3 El Plan de Dios

Día 3: El Poder Para Vencer

El apóstol Pablo fue un personaje fundamental en la Iglesia del primer siglo. Fue el escritor más prolífico del Nuevo Testamento y Dios lo usó para predicar el evangelio en todo el mundo conocido. Sufrió naufragios, golpizas, azotes y todo tipo de humillaciones, todo con el propósito de difundir el evangelio que Cristo le encomendó (2 Corintios 11:23-28).

Pero Pablo, como nosotros, también era un ser humano; y, como a nosotros, le costaba vivir a la altura de los estándares de Dios. Cometía errores y tenía una naturaleza humana que se resistía al poder transformador de la Palabra. No en vano dice en su carta a los romanos: “lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago” (Romanos 7:15).

Pablo sabía lo que era esforzarse por ser justo y fallar. “Queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley”, continúa, “que el mal está en mí… ¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro” (vv. 21, 24-25).


La vida de un cristiano no es fácil. Dios nos llama a luchar contra nuestra propia naturaleza —una naturaleza que, como aprendimos en el Viaje anterior, sabe justificar y excusar muy bien los pecados que están destruyendo al mundo. Y si a eso le agregamos la constante presencia de nuestro enemigo espiritual, que sólo está esperando cualquier oportunidad para destruirnos, las cosas se ven bastante grises.

Por nuestra cuenta, somos superados en número y fuerza. No tenemos lo necesario para luchar contra los poderes que se nos oponen. Somos débiles y nos llevan demasiada ventaja —destinados a perder la batalla aun antes de que comience.

Pero no estamos realmente por nuestra cuenta, ¿verdad? Si el Hijo de Dios estuvo dispuesto a morir de una forma horrible sólo para que fuésemos perdonados, ¿cree que nos abandonará en la lucha por vencer los pecados que causaron su muerte en primer lugar? Por supuesto que no.

“¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?... Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 8:31-32, 38-39).

No estamos solos en lo absoluto y nuestra lucha no es imposible. El Dios del Universo y su Hijo Jesucristo están con nosotros a cada paso, dándonos lo que necesitamos para resistir —y aún más, para vencer.

La Fiesta de Pentecostés nos recuerda precisamente qué es eso: nuestra mejor herramienta para ganar la guerra.


En el pasado, Pentecostés incluía una ofrenda de los primeros frutos de la cosecha de verano del año. Era un tiempo para honrar y agradecer a Dios por las bendiciones que había enviado, y las que enviaría a medida que la cosecha seguía madurando y aumentando.

Hoy en día, entendemos que las antiguas primicias ofrecidas en esta fiesta representaban a la Iglesia de Dios moderna: un pequeño grupo de lo que algún día llegará a ser una cosecha mucho mayor. Como explica el apóstol Santiago, Dios “de su voluntad, nos hizo nacer por la palabra de verdad, para que seamos primicias de sus criaturas” (Santiago 1:18).

El primer día de Pentecostés tras la muerte de Cristo fue un momento clave para la Iglesia del Nuevo Testamento. Los discípulos estaban reunidos celebrando esta fiesta cuando: “de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados; y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos. Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen” (Hechos 2:2-4).

El Espíritu Santo, ese poder transformador de Dios que es capaz de modificar el universo, fue lo que la Iglesia recibió después de la muerte de Jesús. Y, como explica Pedro, ése es el poder que nosotros también podemos recibir si nos arrepentimos y nos comprometemos con Dios por medio del bautismo (Hechos 2:38).

Desde aquel día hace casi 2.000 años, el pueblo de Dios ha tenido acceso al increíble poder que transformó el mundo a comienzos de la historia humana (Génesis 1:2). Pero hoy, Dios no lo está usando para transformar el planeta; lo está usando para transformarlo a usted.


La única forma en que podemos ganar la guerra contra el pecado es con la ayuda de ese Espíritu. El Espíritu Santo es una herramienta que, mientras más usamos, más nos cambia, y eso es algo bueno. “De igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles” (Romanos 8:26).

El Espíritu Santo cambia la forma en que interactuamos con Dios y nos cambia a nosotros por dentro. Pablo nos exhorta: “No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta” (Romanos 12:2).

Y el Espíritu es capaz de hacer aun más que eso: “porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo” (2 Corintios 10:4-5).

Nada de esto será fácil. No se supone que lo sea y nunca fue esa la intención. Pero con el Espíritu Santo de Dios de nuestro lado, definitivamente es posible. El sacrificio de Cristo permite que seamos perdonados, y el Espíritu Santo, que ganemos la guerra —que mejoremos, que nos convirtamos en más de lo que somos ahora, y que luchemos contra nuestra errada naturaleza humana permitiendo que Dios nos transforme en algo con lo que pueda trabajar.

“¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios” (1 Corintios 6:19-20).

Dios no nos llamó para que perdiéramos. Cuando nos arrepentimos y morimos con Cristo a través del bautismo, comenzamos una vida nueva, una vida impulsada por el Espíritu Santo, el poder de Dios mismo. Es cierto que nos queda toda una vida por delante de luchar contra el pecado y esforzarnos por vivir justamente pero, gracias al Espíritu de Dios y el sacrificio de Jesús, es una tarea que podemos lograr.

Sin embargo, el plan de Dios no termina ahí. Ya hemos visto que Dios es una familia y quiere hacerla crecer. La próxima fiesta santa, el día de las Trompetas, es un paso vital para completar ese maravilloso propósito.

Ir al día 4

Ask a Question