Viaje 3 El Plan de Dios

Día 4: Un Día Profético

Hasta ahora, todos los pasos del plan de Dios que hemos estudiado han tenido un enfoque personal: ¿qué puede hacer usted acerca del pecado? ¿Cómo debería estar viviendo su vida? Y ¿cómo puede vencer el pecado?

El siguiente paso, ilustrado en la Fiesta de las Trompetas, nos cambia la perspectiva. Con la siguiente fiesta santa, el lente de Dios se amplía y de pronto vemos que no somos el centro del escenario. La historia no sólo se trata de nuestros pecados y nuestra redención, sino del mundo entero. Es la historia de los miles que han aceptado el llamado de Dios y han cambiado su vida a través de las edades, y también la historia de los miles de millones que nunca comprendieron a Dios o su Palabra.

El día de las Trompetas representa el día en que el mundo cambiará para siempre.


Pero, al mismo tiempo, Trompetas representa un tiempo de oscuridad —un tiempo en que la humanidad estará en su punto más bajo. El mundo estará viviendo una “gran tribulación, cual no la ha habido desde el principio del mundo hasta ahora, ni la habrá” (Mateo 24:21), y habrá “guerras y rumores de guerras… pestes, y hambres, y terremotos en diferentes lugares” (vv. 6-7).

Los seres humanos serán “amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios, que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella” (2 Timoteo 3:2-5).

El mundo que estas profecías describen es uno sumido en pecado y autoindulgencia, un mundo que poco a poco se cae a pedazos mientras sus habitantes piensan sólo en sí mismos —un mundo, podríamos decir, no tan diferente de nuestro mundo actual.

El enfoque principal de Trompetas, sin embargo, no es el futuro estado de la sociedad. Ése será sólo el contexto. Esta Fiesta en realidad se trata de lo que viene después.


Uno de los personajes centrales del tiempo del fin es un poderoso líder que tomará el control “sobre toda tribu, pueblo, lengua y nación” del mundo (Apocalipsis 13:7) y “[Abrirá] su boca en blasfemias contra Dios, para blasfemar de su nombre, de su tabernáculo, y de los que moran en el cielo” (v. 6). Ese líder se hará pasar por un dios, haciendo que todos lo adoren y obedezcan y, por un tiempo, su farsa dará resultado: “[lo] adoraron todos los moradores de la tierra cuyos nombres no estaban escritos en el libro de la vida del Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo” (v. 8).

Pero luego Dios intervendrá.

Apocalipsis nos habla de “siete ángeles que estaban en pie ante Dios; y se les dieron siete trompetas” (Apocalipsis 8:2). Cuando Dios dé la señal, cada uno de esos ángeles irá haciendo sonar su trompeta y, con cada toque vendrá sobre el mundo un nuevo castigo por sus pecados y rebelión.

La Tierra entera temblará. Los árboles arderán. Los ecosistemas colapsarán. Los ríos serán contaminados, las estrellas se oscurecerán y la humanidad quedará casi diezmada. Pero incluso después de seis devastadoras trompetas, el hombre seguirá igual. “Los otros hombres que no fueron muertos con estas plagas, ni aun así se arrepintieron de las obras de sus manos, ni dejaron de adorar a los demonios, y a las imágenes de oro, de plata, de bronce, de piedra y de madera, las cuales no pueden ver, ni oír, ni andar; y no se arrepintieron de sus homicidios, ni de sus hechicerías, ni de su fornicación, ni de sus hurtos” (Apocalipsis 9:20-21).

Así de mal estarán las cosas. A pesar de tan evidente intervención divina, el corazón del hombre se opondrá contra la mano de Dios mismo y, aun cuando el mundo se esté cayendo a pedazos, la humanidad seguirá haciendo lo que quiere hacer.

Al menos hasta que suene la séptima trompeta.

Cuando llegue el turno del séptimo ángel, se escucharán voces en el cielo diciendo: “Los reinos del mundo han venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo; y él reinará por los siglos de los siglos” (Apocalipsis 11:15). Entonces, Cristo “con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo” (1 Tesalonicenses 4:16) y el mundo jamás volverá a ser como antes.


Durante miles de años, la humanidad ha debatido acerca de la existencia de Dios y se ha preguntado qué religión tendrá la versión correcta de cómo es Él. La Fiesta de Trompetas representa el día en que esos debates terminarán, porque los cielos se abrirán “y he aquí un caballo blanco, y el que lo montaba se llamaba Fiel y Verdadero, y con justicia juzga y pelea. Sus ojos eran como llama de fuego… y su nombre es: EL VERBO DE DIOS” (Apocalipsis 19:11-13).

Jesucristo se revelará a sí mismo ante toda la humanidad y, en respuesta, la humanidad tratará de… ¿atacarlo?

Así es; no inclinarse, no arrepentirse, sino atacarlo. El mundo estará tan torcido y corrompido por el pecado que muchos intentarán hacer frente y luchar contra el Señor de todo el Universo. La Biblia de hecho dice que se juntarán “para guerrear contra el que montaba el caballo, y contra su ejército” (v. 19).

El ataque no tendrá éxito, por supuesto. Cristo y su ejército celestial acabarán de inmediato con la incipiente rebelión, y el Creador de todas las cosas finalmente tomará el control de nuestro fracturado y perdido mundo —un mundo que insistió en hacer las cosas a su manera y obtuvo las consecuencias de sus decisiones.


Pero Jesucristo no estará solo. Cuando suene la séptima trompeta, otra importante parte del plan de Dios se hará realidad:

“He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos transformados, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados. Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad” (1 Corintios 15:51-53, énfasis añadido).

En nuestro primer Viaje, descubrimos que Dios es una familia y que los seres humanos fuimos creados con el potencial de entrar en ella. En el segundo, vimos que el pecado nos impide ser parte de la familia de Dios. Y en los últimos días, hemos aprendido que Jesucristo murió por nuestros pecados y que Dios el Padre actualmente está trabajando con un pequeño grupo de primicias para convertirlos en sus hijos.

El día en que Cristo regrese, será el día en que eso sucederá.

El apóstol Juan le explicó a la Iglesia: “Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es” (1 Juan 3:2, énfasis añadido).

Cuando los cielos se abran y Cristo glorificado descienda montado sobre un caballo blanco, todos los siervos de Dios que vivieron a través de las épocas serán transformados en seres semejantes a Él —se convertirán en miembros completos de la familia divina, y seres espirituales con la mente y poder del Padre. Los fieles que hayan muerto serán vueltos a la vida y transformados junto con los vivos y, en un solo momento, la familia de Dios crecerá considerablemente, aunque aún no habrá alcanzado su punto máximo.

Incluso después de alcanzar este gran hito, el plan de Dios no habrá terminado. El mundo aún estará en ruinas y miles de millones habrán muerto sin tener la oportunidad de conocer a Dios, arrepentirse y comprender su potencial de entrar en la familia divina. Los sobrevivientes de los eventos que el día de Trompetas representa estarán completamente abrumados y necesitarán desesperadamente ser guiados. Y, lo que es peor, Satanás el diablo, el engañador del mundo entero, aún andará suelto buscando maneras de frenar el plan de Dios.

El siguiente paso, ilustrado en la Fiesta de Expiación, nos muestra cómo piensa Dios enfrentar estos obstáculos, comenzando con Satanás.

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