Desde el inicio de la historia humana, Satanás ha estado muy ocupado. Estuvo ahí en el jardín de Edén, convenciendo a Eva de desobedecer a Dios, y ha estado trabajando tras bambalinas hasta ahora, vendiéndonos el pecado como algo bueno, aceptable e incluso deseable. Él es “el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás, el cual engaña al mundo entero” (Apocalipsis 12:9).
Pero no nos engañará para siempre.
Satanás tiene sus días contados. Por astuto y poderoso que nuestro adversario sea, Dios siempre será mucho más fuerte e inteligente que él. En el Viaje anterior vimos que a veces Dios incluso usa el afán destructor de Satanás para fortalecer y perfeccionar a sus siervos, y que, en general, el mundo está más dispuesto a escuchar las mentiras del diablo que las verdades de nuestro Padre —lo cual Dios permite por ahora.
Ayer descubrimos que Dios de hecho no intervendrá sino hasta que el mundo se acerque al borde de la autodestrucción. Si los seres humanos estamos tan determinados a creer mentiras, Dios no nos lo impedirá. Es más, dejará que lleguemos hasta la conclusión obvia, poniendo fin al experimento sólo justo antes de que lo arruinemos todo.
La Fiesta de las Trompetas ilustra el momento en que Dios intervendrá, y el Día de Expiación, el momento en que el dragón será al fin silenciado.
Satanás no siempre fue Satanás. La Biblia nos dice que hace mucho tiempo, su nombre era Heylel —palabra hebrea para “lucero de la mañana” (Isaías 14:12, Nueva Versión Internacional). No tenemos muchos detalles acerca de Heylel (o, como muchas versiones traducen su nombre al latín, “Lucero”), pero sí los suficientes como para darnos una idea de cuál fue su historia.
Lucero comenzó su existencia como uno de los ángeles de alto rango de Dios —un “querubín grande, protector” (Ezequiel 28:14), “el sello de la perfección, lleno de sabiduría, y acabado de hermosura” (v. 12). Pero eso no era suficiente para él. En el versículo 17, Dios se lamenta porque “Se enalteció tu corazón a causa de tu hermosura, corrompiste tu sabiduría a causa de tu esplendor”. El querubín ungido de Dios quería más que ser perfecto: quería ser Dios —“Tú que decías en tu corazón: Subiré al cielo; en lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono, y en el monte del testimonio me sentaré, a los lados del norte; sobre las alturas de las nubes subiré, y seré semejante al Altísimo” (Isaías 14:13-14, énfasis añadido).
Esta actitud hizo que Lucero se convirtiera en Satanás. El lucero de la mañana pasó a ser el adversario. Se rebeló contra Dios y su plan para la humanidad, todo porque creía que su perfección (proveniente de Dios) hacía que mereciera estar a cargo. Pero la respuesta de Dios fue: “derribado eres hasta el Seol, a los lados del abismo” (Isaías 14:15).
Satanás fue una vez un ángel de Dios, siervo favorecido del Altísimo. Pero su propio orgullo fue su final. Quería más, y se convenció a sí mismo de que lo merecía, hasta que su errado pensamiento lo llevó a atacar el trono de Dios el Padre. Su ataque falló, por supuesto (Jesús más tarde les explicaría a sus discípulos: “Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo” [Lucas 10:18]), pero aun ahora Satanás sigue haciendo todo lo posible por obstaculizar el plan de Dios, y nunca dejará de intentarlo. Mientras el dragón no sea quitado de en medio, la paz duradera será sencillamente imposible en el mundo.
Durante el Día de Expiación, Dios le ordena a su pueblo “ayunar” —pasar 24 horas sin comer ni beber nada (Levítico 23:27). No es un día fácil, cierto, pero es un día que nos ayuda a recordar lo débiles que somos sin el sustento físico que Dios nos da. Además, nos recuerda que “No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mateo 4:4). En otras palabras, esta Fiesta nos ayuda a desarrollar humildad, el antídoto perfecto para el orgullo que convirtió a un ángel de Dios en enemigo de su pueblo.
Cuando Expiación se celebraba en el Antiguo Testamento, el sumo sacerdote debía separar dos machos cabríos: uno como ofrenda por los pecados del pueblo, para “[purificar] el santuario, a causa de las impurezas de los hijos de Israel, de sus rebeliones y de todos sus pecados” (Levítico 16:16) y otro, para “[confesar] sobre él todas las iniquidades de los hijos de Israel, todas sus rebeliones y todos sus pecados, poniéndolos así sobre la cabeza del macho cabrío, y [enviarlo] al desierto por mano de un hombre destinado para esto” (vv. 21-22).
Hoy en día entendemos que estos dos machos cabríos representaban a Jesucristo y Satanás el diablo —uno cuya sangre “expiaría” (“purificaría”) los pecados de Israel, y otro cuyo destino era llevar “sobre él todas las iniquidades” de los israelitas.
La conexión es clara con lo que sucederá en el futuro cuando Jesucristo regrese: “Vi a un ángel que descendía del cielo, con la llave del abismo, y una gran cadena en la mano. Y prendió al dragón, la serpiente antigua, que es el diablo y Satanás, y lo ató por mil años; y lo arrojó al abismo, y lo encerró, y puso su sello sobre él, para que no engañase más a las naciones, hasta que fuesen cumplidos mil años” (Apocalipsis 20:1-3).
Mil años. Cuando Cristo vuelva a la Tierra como Rey de Reyes y Señor de Señores (Apocalipsis 19:16), Satanás será atado y la humanidad al fin será librada de su perversa influencia durante mil años.
No más mentiras astutas. No más engaños ingeniosos. El dragón será encerrado mientras la humanidad disfruta de un milenio conociendo al Dios que nunca conoció realmente. Y es ahí donde la Fiesta de Tabernáculos comienza.