Durante mil años, la humanidad habrá vivido de la manera en que siempre debió vivir. Todos los seres humanos se regirán por los mismos principios: “hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte ante tu Dios” (Miqueas 6:8), y el mundo entero será transformado.
Las guerras se acabarán y los problemas ahora patentes, como el racismo, la pobreza y la desigualdad, serán al fin resueltos. Nuestro planeta será un lugar justo y estará lleno de personas que verán de primera mano los beneficios de que todos obedezcamos a Dios: “Pues este es el amor a Dios, que guardemos sus mandamientos; y sus mandamientos no son gravosos” (1 Juan 5:3).
Pero el plan de Dios no termina ahí. Dios es una familia —una familia amorosa y todopoderosa— y Dios el Padre y Jesucristo nos crearon con el potencial de unirnos a ella, y cuando Jesucristo regrese, decenas de miles de sus siervos serán resucitados para cumplir precisamente ese propósito.
Pero ¿qué hay del resto de la humanidad? Decenas de miles no es nada comparado con los miles y miles de millones que han muerto a través de la historia. ¿Qué pasará con todos ellos? ¿Se perderá su potencial para siempre?
De ninguna manera. La última fiesta santa —llamada “el octavo día” en la Biblia (Levítico 23:36) y conocida comúnmente como el Último Gran Día— nos recuerda que el plan de Dios es mucho más grandioso y espectacular de lo que podemos imaginar.
Al final de los mil años, las Escrituras dicen que Satanás “debe ser desatado por un poco de tiempo” (Apocalipsis 20:3). Los seres humanos habrán disfrutado de vivir en el camino de Dios por todo un milenio, pero cuando Satanás sea suelto, tendrán que tomar una decisión —la misma que cada uno de nosotros debe tomar ahora: confiar en Dios y obedecer, o creer en las mentiras del diablo y rebelarse.
Lamentablemente, aun tras haber visto las grandes bendiciones que se obtienen de obedecer a Dios, mucha gente se rebelará. Satanás “saldrá a engañar a las naciones que están en los cuatro ángulos de la tierra”, y logrará reunir un ejército tan numeroso “como la arena del mar” (Apocalipsis 20:8).
El intento de ataque, sin embargo, terminará tan pronto empiece. El ejército rebelde se levantará contra “el campamento de los santos y la ciudad amada”, pero sólo para ser consumido en un instante con fuego del cielo (v. 9). Satanás será atado una vez más y para siempre y, entonces, finalmente, los eventos representados en el Último Gran Día comenzarán a llevarse a cabo.
El Último Gran Día se celebra inmediatamente después de la Fiesta de Tabernáculos, aunque el Antiguo Testamento nos da muy pocos detalles al respecto. Además de describirlo como una “santa convocación” (Levítico 23:36) al igual que los demás días santos, no tenemos más pistas acerca de cuál es su significado dentro del plan de Dios.
El Nuevo Testamento, sin embargo, sí nos da más de información. Nos dice, por ejemplo, que la última parte del plan de Dios se llevará acabo tras el reinado de mil años de Jesucristo. Y en una de las profecías del libro de Apocalipsis, Juan relata: “vi un gran trono blanco y al que estaba sentado en él… Y vi a los muertos, grandes y pequeños, de pie ante Dios; y los libros fueron abiertos, y otro libro fue abierto, el cual es el libro de la vida” (Apocalipsis 20:11-12).
“Los muertos”. Juan lo menciona casi de paso, pero lo que estos versículos nos revelan es que todos los hombres, mujeres y niños que han vivido a través de la historia eventualmente serán resucitados. Y, es más, tendrán la oportunidad de conocer a su Creador.
Dios desea que todos los seres humanos seamos parte de su familia. Eso incluye a la pequeña manada con la que está trabajando ahora, pero también a los miles de millones que murieron sin recibir ese llamado. En cierta ocasión, el profeta Ezequiel tuvo una visión donde los huesos de “la casa de Israel” se lamentaban diciendo: “Nuestros huesos se secaron, y pereció nuestra esperanza, y somos del todo destruidos” (Ezequiel 37:11). Pero la verdad es que Israel no está perdido, ni tampoco el resto de las personas que han vivido sin entender el plan del Dios que los creó.
En la profecía de Apocalipsis, leímos que “los libros” serán abiertos, lo cual parece ser una referencia a los libros de la Biblia. Algunos de los resucitados sin duda habrán visto y leído la Biblia antes, pero dado que Dios no los llamó activamente entonces, no la habrán comprendido de verdad.
El Último Gran Día ilustra el momento en que eso cambiará.
La Biblia no dice cuánto durará esta última etapa del plan de Dios, pero sí dice que se abrirá el libro de la vida —lo cual implica que los nuevos resucitados tendrán la misma oportunidad que el pueblo de Dios tiene hoy: llegar a ser parte de la familia divina. El Juicio del gran trono blanco (vea Apocalipsis 20:11-12) será un tiempo en que todos los seres humanos que no fueron llamados en esta vida comprenderán la verdad de Dios y podrán aceptar su oferta de salvación y de convertirse en sus hijos.
Esa es la gran meta. Ésa siempre ha sido la meta. Ése es el objetivo del plan de Dios desde el día uno (desde antes del día uno, incluso) y el momento culmen que el Último Gran Día representa. Pablo hablaba en serio cuando dijo que Dios es “paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2 Pedro 3:9), porque eventualmente todos —todos— tendrán esa maravillosa oportunidad.
Lamentablemente, esto no significa que todos la aprovecharán. Dios no quiere que nadie perezca, pero algunos igual escogerán hacerlo. Algunos, comprendiendo quién es Dios y qué nos ofrece, aun insistirán en rechazarlo. Hay quienes han tomado esa decisión en esta vida, y habrá quienes la tomen en el tiempo del Juicio del gran trono blanco —quienes se rehúsen a seguir los estándares perfectos de Dios y escojan un camino de vida que sólo resultará en dolor y sufrimiento.
Quienes tomen esta decisión serán destruidos para siempre. Dios, que es amor (1 Juan 4:8), los borrará de la existencia porque su forma de vida solamente causará miseria, y eso es algo que Él no permitirá. No más. Lo más misericordioso que se puede hacer con alguien que está determinado a seguir el mal es hacer que deje de existir. “La muerte y el Hades fueron lanzados al lago de fuego. Esta es la muerte segunda. Y el que no se halló inscrito en el libro de la vida fue lanzado al lago de fuego” (Apocalipsis 20:14-15).
Puede sonar drástico, pero no hay otra alternativa. Todo se reduce a una decisión, la decisión que todos tenemos que tomar, sea en esta vida o la siguiente:
Dios nos dice: “Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin. Al que tuviere sed, yo le daré gratuitamente de la fuente del agua de la vida. El que venciere heredará todas las cosas, y yo seré su Dios, y él será mi hijo. Pero los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda” (Apocalipsis 21:6-8).
Vida eterna o destrucción. Familia de Dios u olvido. Ésa es la elección que finalmente todos tomamos, la decisión que representa el Último Gran Día.
¿Y luego?
Luego viene el verdadero fin del mundo.
Ya cerca del final, el libro de Apocalipsis nos muestra un pequeño destello de cómo serán las cosas después. Pero aun ese pequeño destello es realmente extraordinario:
“Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existía más. Y yo Juan vi la santa ciudad, la nueva Jerusalén, descender del cielo, de Dios, dispuesta como una esposa ataviada para su marido. Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios. Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron” (Apocalipsis 21:1-4).
El mundo como lo conocemos es un mundo temporal. No fue diseñado para durar para siempre. Pero lo que viene después es eterno y se escapa de nuestra comprensión. Como seres humanos físicos, nos es imposible imaginar lo que Dios tiene planeado para la eternidad, pero sabemos esto: el mismo Dios que esculpió y diseñó las increíbles maravillas de nuestro Universo físico, es quien está a cargo del futuro.
Sea lo que sea que venga, sin duda vale la pena.
“No habrá más maldición; y el trono de Dios y del Cordero estará en ella, y sus siervos le servirán, y verán su rostro, y su nombre estará en sus frentes. No habrá allí más noche; y no tienen necesidad de luz de lámpara, ni de luz del sol, porque Dios el Señor los iluminará; y reinarán por los siglos de los siglos” (Apocalipsis 22:3-5).
Hemos aprendido mucho a lo largo de estos Viajes. Conocimos al Dios de la Biblia, enfrentamos el problema de la maldad y exploramos el plan de Dios ilustrado en sus fiestas santas. Ahora usted tiene una buena idea de quién es Dios, qué está haciendo y por qué lo hace. Aún quedan muchas más cosas por aprender, pero la única gran pregunta que nos falta por analizar es:
¿Cuál es su lugar en todo esto?
Todo lo que hemos estudiado hasta ahora no es sólo conocimiento intelectual. No son sólo un montón de datos interesantes. Una historia se está desarrollando a su alrededor —una que cambiará al mundo para siempre— y usted puede ser parte de ella.
Dios está creando una familia y lo quiere a usted adentro. A usted en especial. No sólo a sus amigos o familia, sino a usted. Dios lo ama, se preocupa por su bienestar y lo creó con un propósito mucho más grande que cualquier cosa que usted pudiera lograr por si mismo.
Pero ese propósito no llegará de la nada. Todo lo que ha leído en estos Viajes será completamente inútil si usted no decide dar el siguiente paso: arrepentirse, bautizarse y esforzase por ser el hijo de Dios que Él lo creó para ser. Habiendo completado este tercer Viaje, no sólo ha descubierto lo que Dios está haciendo, sino también que Él espera algo a cambio. Su tarea ahora es decidir si hará algo al respecto o dejará que este conocimiento sea en vano.
No se equivoque: lo que ha comenzado, ha comenzado. El plan de Dios se llevará a cabo y nada, “ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada” (Romanos 8:38-39) podrá detenerlo. Pero Dios lo creó a usted con un propósito: lo creó para ser su hijo y tiene toda la intención de guiarlo hacia ese futuro, si usted está dispuesto.
El plan de Dios continuará con o sin usted si es necesario, pero a Él le gustaría mucho más que usted sea parte de su familia. La decisión es suya.
Continúe con nosotros en el “Viaje 4: El pueblo de Dios,” disponible en el Centro de Aprendizaje de Vida, Esperanza y Verdad.