Vida, Esperanza y Verdad

Flagelo bacteriano: la evidencia de un Creador

El estudio de esta asombrosa máquina puede darle a usted una perspectiva diferente de lo que algunos consideran organismos simples. ¡Su increíble complejidad desafía la evolución!

¡La complejidad del flagelo bacteriano desafía la evolución!

Existe un asombroso motor rotativo pequeño que está en uso billones de billones de veces al día y es una prueba irrefutable de que existe un Creador. Al igual que un motor fuera de borda, este motor tiene una hélice, estator, motor, cardán, eje de transmisión y bujes, y es quizás una de las máquinas de mayor eficiencia energética del mundo. La hélice puede girar entre 6.000 y 100.000 revoluciones por minuto y puede revertir por completo su dirección en tan sólo un cuarto de giro de su cuerpo.

Usted puede pensar que se trata de una máquina utilizada en la industria pesada. Pero sin un microscopio electrónico, no se puede ver esta increíble pieza de maquinaria. Llamado flagelo, es el “motor” que impulsa las bacterias.

Las bacterias son esenciales para la vida. Ellas ayudan en la digestión y combaten otras bacterias malas. Las bacterias buenas hacen que la leche se convierta en yogur, los pepinos en pepinillos encurtidos, las manzanas en vinagre, las uvas en vino y la col se convierta en chucrut. La bacteria presente en estas comidas fermentadas es buena para la salud.

Complejidad irreducible

El flagelo le ayuda a la bacteria a moverse a través de los líquidos. Está compuesto por 30 o 40 partes que funcionan y conforma un sistema que Michael Behe, profesor de bioquímica de la Universidad de Lehigh, llama complejidad irreducible —lo cual significa que ninguna parte de la máquina tiene valor alguno sin las demás partes.

Éste es un gran problema para los evolucionistas porque cualquier parte de un organismo como este no podrá ni pudo haber evolucionado “con el tiempo”. Todos deben estar presentes para que funcionen; y aun sin una parte pequeña, el flagelo sería inútil.

La evolución enseña que las bacterias fueron una de las primeras formas de vida en evolucionar, pero la mayoría de las bacterias no pudo haber sobrevivido sin este “motor fuera de borda”, del flagelo.

Cuando Darwin propuso la teoría de la evolución, él no tuvo acceso a un microscopio electrónico, por lo tanto creyó que una célula simple era el componente más pequeño y simple de los seres vivos. Ahora sabemos que las células vivas tienen un anfitrión de maquinaria especializada para mantener la célula sana, repararla y reproducirla. El documental de la BBC, “La vida oculta de la célula”, ¡afirma que hay por lo menos mil millones de pequeñas máquinas en cada una de los 120 billones de células que componen el cuerpo humano!

Si bien la bacteria unicelular no es tan compleja como otros seres vivos, no es sólo una mancha como pensó Darwin. La parte “motora” de la bacteria —el flagelo— es extremadamente compleja. Es tan sorprendente que la revista New Scientist lo llama “un excelente ejemplo de un sistema molecular complejo —una intrincada nano máquina más allá de cualquier destreza de la ingeniería humana” (Dan Jones, “Uncovering the Evolution of the Bacterial Flagellum”, [El descubrimiento de la evolución del flagelo bacteriano], 16 de febrero de 2008, énfasis añadido). ¡Y es tan pequeño que ocho millones de ellos cabrían fácilmente en el extremo cortado de un cabello humano!

Pero como dirían en la lengua vernácula, ¡no han escuchado nada todavía! ¡Uno de los aspectos más increíbles de esta maquinaria es que se forma y se repara así misma! Tarda 20 minutos para que se construya una máquina nueva, una parte a la vez, de adentro hacia afuera. Y cada construcción tiene varios controles y balances que abortan la producción si alguna parte no ha formado perfectamente, ahorrando de este modo energía y recursos.

Esto es lo que dicen Scott Minnich y Stephen Meyer acerca del flagelo de la bacteria E. coli:

“El flagelo es una verdadera nanomáquina de notable complejidad en su estructura y control de ensamblaje. Esta máquina macro-molecular se auto-ensambla y repara, muestra control de ensamblaje y procesamiento, opera con dos engranajes, está alimentado por la fuerza motriz de protones, y el equipo está ‘conectado directamente’ a un aparato sensorial que funciona con memoria a corto plazo (quimiotaxis). Las velocidades de rotor para la E.coli se estiman en 17.000 rpm pero motores de algunos vibrios marinos han registrado más de 100.000 rpm” (William Dembski, ed., Darwin´s Nemesis [Némesis de Darwin], p. 215).

Sin excusa

¿Cómo puede alguien que estudia honestamente las células vivas dudar de que una inteligencia superior fue quien las creó? Aunque los evolucionistas pudieran explicar la mecánica de la complejidad irreducible de un sistema como el flagelo (¡y lo intentan!), no pueden explicar la inteligencia dentro de él. ¿Qué le dice al flagelo que rote su poderosa “cola”, y quien le dice a donde ir y qué hacer? ¿Quién le dice como construir o repararse a sí mismo o abortar la producción si algo sale mal?

Los bioquímicos, ingenieros y científicos en todos los campos se han dado cuenta de que la premisa detrás del darwinismo —que la vida es el resultado de mera casualidad y sin motivo, evolución sin dirección— no tiene ninguna base y que la única explicación para la vida es el diseño inteligente. Por supuesto, la mayoría de estos brillantes científicos no aceptan el hecho de que el diseñador que están describiendo es el Dios de este universo.

Como el apóstol Pablo les dice:

“Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa. Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido. Profesando ser sabios, se hicieron necios” (Romanos 1:20-22).

Dentro de cada célula de nuestro cuerpo hay un universo microcósmico de una ingeniería magnificente y una complejidad tal, que prácticamente desafía la imaginación. A pesar de ello, sin los organismos unicelulares, bacterias, no podríamos sobrevivir. Todo el increíble sistema constituye una prueba de un Creador.

Temeroso y maravillosamente hecho

Siglos atrás, el rey David reflexionó acerca de la creación y ésta fue la conclusión de la existencia de Dios:

“Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras; Estoy maravillado, Y mi alma lo sabe muy bien” (Salmos 139:14).

Para más ejemplos de la complejidad irreducible que desafía la evolución darwiniana, vea nuestro artículo “Complejidad irreducible”.

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