La codicia —desear algo que no deberíamos tener— es una trampa peligrosa para las personas, tanto pobres como ricas. Por eso Dios dice: “No codiciarás”.
Dios nos dio los Diez Mandamientos para nuestro beneficio, incluido el Décimo Mandamiento: “No codiciarás” (Éxodo 20:17).
Para entender la ley de Dios contra la codicia, puede ser útil considerar un ejemplo de los efectos dañinos que produce.
Consideremos a Acab
Era simple y claro. ¡Él lo quería, y lo quería ahora! Día tras día este rey caminaba de un lado a otro por los pasillos con su mente centrada en un premio que simplemente no podía obtener legítimamente. Se convirtió en una obsesión tal que casi enfermó por ello.
Lo más triste es que este hombre realmente no necesitaba nada; después de todo, ¡era un rey! Con todos los tesoros en la casa real, ¿qué más podría querer?
Cuando su nombre es Acab, rey de Israel, siempre hay algo más que desear. En este caso era una viña que estaba junto a su palacio. Lo que comenzó como la búsqueda de una propiedad adicional, rápidamente se convirtió en una actitud fea y pecaminosa.
Cuando la negociación no resultó como él quería, el rey Acab desató a su despiadada esposa contra el desafortunado vecino. La reina Jezabel no tuvo reparo en tomar lo que no les pertenecía, aun al costo de la vida de su vecino. Todo porque el rey Acab cedió a la actitud pecaminosa de la codicia.
“¡Quiero lo que tú tienes!”. Definiendo la “codicia”
Aunque aparece como el último de los Diez Mandamientos dados por Dios, el acto de codiciar tiene el potencial de producir toda una vida de tragedia y dolor. Es fácil pensar que codiciar no es tan malo como asesinar, robar o cometer adulterio, pero no nos equivoquemos: la codicia, que es un pecado en sí misma, ¡puede llevar a todos esos pecados y a muchos más!
Codiciar significa desear de manera incorrecta o desordenada algo, sin considerar los derechos o la propiedad de otros. Dios conoce el corazón del hombre y también la intención del corazón (1 Crónicas 28:9). Por eso, cuando presentó los Diez Mandamientos a los hijos de Israel, Dios detalló algunas de las cosas que no debían codiciarse.
“No codiciarás la casa de tu prójimo, no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su criada, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna de tu prójimo” (Éxodo 20:17).
Dios sabía que un corazón que comienza a codiciar, es un corazón que ya no está enfocado en Él, sino que mira hacia sí mismo. La codicia comienza cuando la mente alberga un deseo engañoso de obtener algo prohibido, sin considerar los derechos o la propiedad de otros. La codicia coloca nuestros pensamientos y deseos por encima de los de todos los demás.
Lamentablemente, hoy existen muchos ejemplos horribles de esto en el mundo. El acto de codiciar incluso ha sido presentado como algo elegante por la industria del cine, donde a veces se glorifica. Si un supuesto héroe o heroína persigue a una persona ya casada y la “libera” de un cónyuge poco afectuoso, se presenta como algo aceptable, ¡incluso deseable!
Dándonos excusas para codiciar
Las semillas de la codicia a veces comienzan con una observación aparentemente inocente.
En la historia del rey Arturo y los caballeros de la mesa redonda, por ejemplo, el caballero Lancelot, que además era el mejor amigo del rey Arturo, hizo un comentario sencillo pero inapropiado a la prometida del rey, Ginebra. Él dijo que mientras ella viviera, no amaría a ninguna otra mujer. Lancelot quedó intrigado por la belleza de la futura reina y se sintió atraído por ella. Pero en lugar de honrar la santidad del matrimonio, Lancelot y Ginebra comenzaron a codiciar cosas que no eran suyas: ¡el uno al otro! En la historia, su comportamiento codicioso llevó al adulterio y al debilitamiento de un reino.
Tristemente, incidentes como estos ocurren con demasiada frecuencia hoy. Mediante razonamientos egoístas y motivos personales, las personas deciden obtener posesiones (o incluso la pareja de alguien más) para su propio beneficio. El deseo de tener lo que no les pertenece llega a ser tan fuerte que incluso personas normalmente respetuosas de la ley terminan quebrantando reglas y leyes para lograr su objetivo.
Así comienzan innumerables casos de robo, malversación, secuestro, adulterio e incluso asesinato. Los resultados de la codicia son poderosos y destructivos.
La codicia es una trampa
La codicia fue la trampa en la que quedó atrapado el rey Acab, como lo revela el relato registrado en 1 Reyes 21. La viña que Acab codiciaba pertenecía a un hombre llamado Nabot. Era su herencia, y Nabot explicó al rey el valor incalculable que tenía para él y su familia.
Pero en lugar de aceptar que era algo que no podía obtener, o quizá verlo como un negocio fallido, Acab decidió encapricharse y concentrarse en sus deseos codiciosos. Estaba enojado con Nabot y todavía quería su viña. En su mente egocéntrica e inmadura, mostró un comportamiento que vemos a menudo en los niños y a veces incluso en los adultos: comenzó a quejarse y a hundirse en la autocompasión.
La codicia fue la trampa en la que quedó atrapado el rey Acab, como lo revela el relato registrado en 1 Reyes 21.
Enojarse, lamentarse y sentir autocompasión por algo que no podemos obtener, puede convertirse en amargura. La amargura puede llevar a razonamientos torcidos que finalmente conducen a una acción pecaminosa para obtener lo que se codicia. La Escritura revela que la codicia de Acab llevó a la muerte de Nabot. Al principio parecía que Acab había escapado de su pecado, pero finalmente Dios intervino y trajo la caída de Acab.
Derribando ídolos
En la Biblia, la codicia se describe como un tipo de idolatría. La perspectiva de Dios acerca de la codicia puede verse claramente en las instrucciones de Pablo a la Iglesia en Colosas: “Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros: fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia, que es idolatría” (Colosenses 3:5, énfasis añadido).
¿Por qué dice Dios que la codicia es idolatría? Porque puede llegar a consumirlo todo. La persona u objeto que se codicia llega a ocupar el lugar principal en la mente y, en el proceso, se convierte en un ídolo. Todas las reglas, mandamientos y leyes pasan a ser insignificantes en comparación, haciendo cada vez más fácil justificar un comportamiento irreverente o ilegal.
Cualquier cosa que se convierte en un ídolo en la mente, toma prioridad sobre todo y sobre todos, incluso sobre el verdadero Dios. La codicia es una de las razones por las que Dios castigará a los habitantes de la Tierra. Como escribió Pablo en el mismo pasaje: “Cosas por las cuales la ira de Dios viene sobre los hijos de desobediencia, en las cuales vosotros también anduvisteis en otro tiempo cuando vivíais en ellas” (vv. 6-7).
¿Cómo podemos vencer la codicia?
¿Qué se puede hacer para escapar de esta trampa pecaminosa? Para liberarse de esta forma de idolatría, es necesario estar dispuesto a dar los pasos necesarios para eliminar el comportamiento codicioso. El primer paso es controlar y reorganizar los pensamientos del corazón.
El rey David (quien también sabía lo que era luchar con la codicia) pidió a Dios protección sobre sus pensamientos. Él escribió: “Pon guarda a mi boca, oh Eterno; guarda la puerta de mis labios. No dejes que se incline mi corazón a cosa mala, a hacer obras impías” (Salmos 141:3-4).
En otro lugar David escribió que no pondría delante de sus ojos cosa injusta (Salmos 101:3).
La codicia es engañosa, porque rara vez parece algo malo. Pero en realidad lo es, y cuanto antes lo comprendamos, antes estaremos dispuestos a arrepentirnos de este pecado.
En el proceso de reorganizar nuestra manera de pensar, debemos movernos hacia el extremo opuesto. Lo contrario de codiciar es mirar hacia afuera, no comparándonos con otros, sino buscando oportunidades para dar de nosotros mismos en servicio a otros que verdaderamente puedan ser menos afortunados.
Gratitud hacia Dios
Entonces, cuando encontremos algo o a alguien que admiramos, podemos mantenerlo en el ámbito de la admiración correcta, dando gracias activamente a Dios por las bendiciones que Él nos ha dado.
Podemos hacer un inventario personal de todo lo que Dios nos ha concedido y meditar en esas cosas. Si hay algo más que nos gustaría tener, no hay nada malo en presentar nuestra petición, con un corazón puro y contento. Ya sea un automóvil nuevo o una relación significativa, Dios sabe lo que necesitamos. Así que cuando hacemos nuestra petición, podemos hacerlo con confianza y fe, sabiendo que Dios tiene en mente nuestro mayor bien.
Como escribió el autor de Hebreos: “Sean vuestras costumbres sin avaricia, contentos con lo que tenéis ahora; porque él dijo: No te desampararé, ni te dejaré” (Hebreos 13:5).
Dios es quien da las cosas buenas y promete estar presente. Él siempre está dispuesto a escuchar las oraciones fervientes de quienes le buscan diligentemente. La codicia no tiene lugar en el corazón del hombre o la mujer que verdaderamente desea buscar a Dios. Por eso Dios dijo: “No codiciarás”.
Para más información, le invitamos a leer nuestro artículo “Décimo Mandamiento: no codiciarás”.