Pareciera que nuestro mundo no puede escapar del conflicto, aunque quiera hacerlo. Pero el plan que Dios tiene para nosotros nos promete un cambio.
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El novelista y comentarista social inglés, H.G. Wells, escribió: “Esto es ahora una guerra por la paz. Exige que procedamos a desarmarnos. Su objetivo es lograr un acuerdo que pueda detener esta clase de cosas para siempre”.
Estas palabras provienen de un escrito que explicaba por qué Gran Bretaña decidió entrar a la Primera Guerra Mundial. Era optimista en cuanto a lo que podría lograr por medio de la guerra y pronto el sentimiento se esparció por toda Europa. Esa esperanza se resumió en una frase icónica: la guerra que pondría fin a todas las guerras.
Icónico e irónico.
La Segunda Guerra Mundial surgió sólo un par de décadas después. Luego llegaron otras guerras: la guerra de Corea, la guerra de Vietnam, la guerra en los Balcanes, Irak, Afganistán, Irán y otros lugares. El siglo pasado ha estado lleno de conflictos.
¿Cómo llegamos a quedar atrapados en una espiral sin fin de guerra?
¿Por qué nuestro mundo replica la guerra como si fuera una canción que lo tiene atrapado?
La Biblia ofrece la respuesta en sus primeras páginas: ésta es la era en la que el hombre se gobierna a sí mismo. Siempre, desde que nuestros primeros padres tomaron esa decisión tan negativa en el Edén, la humanidad ha estado luchando por encontrar el secreto para que la sociedad pueda ser pacífica y floreciente, en tanto que ignora los parámetros que Dios tiene a favor de los suyos.
Nada de lo que hemos hecho ha funcionado.
Tenemos muchísima historia que podemos citar para confirmarlo. Con Dios al margen, estamos a cargo de nuestro propio show, lo cual implica ser guiados por un egoísmo sin control, una injusticia social rampante y más tarde o más temprano, la guerra.
El hombre separado de Dios se hace pedazos a sí mismo. Éste es “el presente siglo malo” del cual Pablo habló (Gálatas 1:4) —y por seis mil años ha desempeñado ese mismo papel. Pero la Escritura promete que todas las cosas cambiarán. Un día, esta vieja canción va a parar y sonará algo diferente.
Una antigua festividad prefigura una era futura
Eso nos lleva, de una forma curiosa, a un pasaje del Antiguo Testamento, que suele pasarse por alto en muchas Biblias: “A los quince días de este mes séptimo será la fiesta solemne de los tabernáculos… cuando hayáis recogido el fruto de la tierra, haréis fiesta al Eterno por siete días” (Levítico 23:34,39).
Como una de las siete fiestas ordenadas por Dios, la fiesta de Tabernáculos es “sombra de las cosas por venir” (Colosenses 2:17). Enfoca nuestra atención a algo totalmente distinto de lo que está descompuesto en este mundo y nos dirige hacia la promesa de Dios de corregirlo —el final de una era y el comienzo de otra.
Este nuevo capítulo de la historia de la humanidad es el Milenio. Su nombre proviene de seis referencias a “mil años” en Apocalipsis 20, un período en el cual Satanás será apresado y el Jesús glorificado regresa para reinar en el mundo. Cada año en la fiesta de Tabernáculos el pueblo de Dios se congrega para recordar ese cumplimiento.
Miqueas nos ofrece un anticipo de esa nueva era: “Y él juzgará entre muchos pueblos, y corregirá a naciones poderosas hasta muy lejos; y martillarán sus espadas para azadones, y sus lanzas para hoces; no alzará espada nación contra nación, ni se ensayarán más para la guerra” (Miqueas 4:3).
Por toda una semana, Dios quiere que dediquemos nuestro tiempo a enfocar nuestra mente en las profecías, como ésa que acabamos de describir. No habrá desilusiones, no habrá sueños que desaparecen por la imaginación humana, sino un anticipo de una futura realidad. Miqueas vio cómo terminaría la carrera armamentista. Él vio el momento en el que las peleas desaparecerán y el arte de la guerra dará paso al arte de la paz.
Esto fue sólo una pequeña parte del panorama.
Decir que no habrá más guerra significa decir que no habrá más despojos. No habrá más familias desplazadas de sus hogares. No tendremos que observar cómo otros se apoderan de lo que a usted le ha tomado años construir. En lugar de ello: “Edificarán casas, y morarán en ellas; plantarán viñas, y comerán el fruto de ellas. No edificarán para que otro habite, ni plantarán para que otro coma” (Isaías 65:21-22).
El fin de la guerra es un acontecimiento monumental, pero también lo es la forma en que esto se reflejará en toda la sociedad.
La luz al final del túnel
Por supuesto, la humanidad por sí misma no va a abandonar sus tendencias auto destructivas ni su proclividad para la guerra (Isaías 59:8). ¿Cómo ocurrirá exactamente esa transformación? Miqueas nos lleva al momento en que todas estas cosas empezarán a funcionar: “Acontecerá en los postreros tiempos que el monte de la casa del Eterno será establecido por cabecera de montes, y más alto que los collados, y correrán a él los pueblos” (Miqueas 4:1).
En tiempos antiguos, la casa de Dios era su templo. Estaba en Jerusalén como la joya de la corona de Israel, un recordatorio visible de la presencia y el gobierno de Dios. En el futuro, Jesús regresará y lo reconstruirá —no sólo para Israel sino para todos.
Éste es el eje central. Todo lo bueno acerca del Milenio que vendrá, proviene de esta realidad: la presencia de Dios como centro del mundo y como centro de nuestras vidas.
Cuando el presente siglo malo siga su curso —cuando el experimento de la humanidad de autogobernarse llegue a su catastrófica conclusión— Jesús descenderá a Sion y en unión con sus santos glorificados nos llevará a su esperado reino (Apocalipsis 20:4).
Y cuando este reino sea establecido, habrá una gran peregrinación a Jerusalén.
“Vendrán muchas naciones, y dirán: Venid, y subamos al monte del Eterno, y a la casa del Dios de Jacob; y nos enseñará en sus caminos, y andaremos por sus veredas” (Miqueas 4:2).
Ellos vendrán para adorar, para rendir homenaje al Rey y vendrán para aprender. Jesús lanzará la campaña educativa más grande que el mundo haya visto. En este tiempo: “la tierra será llena del conocimiento del Eterno, como las aguas cubren el mar” (Isaías 11:9).
Este conocimiento va a influir en todos los aspectos de la existencia humana, desde las personas hasta las familias, las comunidades y los países. La santidad se multiplicará y moldeará la sociedad hasta el punto de que: “no harán mal ni dañarán en todo mi santo monte”.
Cuando finalmente ocurran estos cambios y la humanidad finalmente acepte que Dios tiene la razón en todo: “se sentará cada uno debajo de su vid y debajo de su higuera, y no habrá quien los amedrente” (Miqueas 4:4).
Éstas son grandes promesas. Nos describen un mundo que recupera su lugar después de seis mil años de estar totalmente trastornado.
Pareciera demasiado bueno para ser verdad. Pero Miqueas asegura que sí es cierto: “porque la boca del Eterno de los ejércitos lo ha hablado” (v. 4).
Mantengamos el fin en mente
En este punto la importancia de celebrar la fiesta de los Tabernáculos debería ser evidente. Pero si todavía usted no está convencido de su valor, tal vez este proverbio le va a ayudar.
“Sin profecía el pueblo se desenfrena” (Proverbios 29:18).
Hay una razón por la cual Dios decidió preservar la profecía. Hay una razón por la cual podemos buscar en las páginas de las Escrituras y encontrar varias docenas de promesas acerca del mundo por venir. Dios sabía que necesitábamos recordatorios.
Si perdemos de vista lo que Él está haciendo detrás de bambalinas —el mundo que está preparando incluso mientras el actual se desmorona— nos desanimaríamos y tal vez aun nos perderíamos. Por esto es que la fiesta de Tabernáculos importa, porque renueva y agudiza nuestra visión.
Eventualmente el Milenio dará paso a la eternidad, lo que el apóstol Juan llamó “nuevos cielos y nueva tierra” (Apocalipsis 21:1). En su visión final, él habló de un mundo completamente distinto a cualquier cosa que la humanidad hubiera conocido. Llamar esto el “regreso al Edén” sería quedarse corto. Él vio el cumplimiento de todo lo que el Edén representaba.
Juan escribió: “Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios” (v. 3).
Finalmente, esto es lo que está reservado para la humanidad: una reconciliación total con el Padre. ¿Y qué sucederá con todo el dolor y el sufrimiento que imperan en nuestro mundo actual, ese ciclo interminable de guerra y sufrimiento?
En el siguiente versículo encontramos esta promesa: “ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron” (v. 4). A diferencia de la falsa esperanza de H.G. Wells, esta vez habrán desaparecido. . .
Para siempre.
Si desea profundizar más en este tema, lo invitamos a ver nuestro artículo en línea: “Las fiestas santas de Dios: esperanza para el futuro”.