Como un cristiano que recién empezaba, sabía que Satanás y su sociedad eran mis enemigos más grandes, pero no conocía al enemigo que tenía el poder para destruirme: yo mismo.
Crédito imagen: Berk Ucak via Getty Images
No llevaba mucho tiempo siendo cristiano. Estaba pagando mis estudios universitarios con un trabajo de medio tiempo cuando una amarga e impactante declaración me sorprendió. Ése fue el día en que conocí a mi peor enemigo.
¿Cómo conocí a mi peor enemigo?
Este momento llegó cuando estaba almorzando en la cafetería de la universidad. Estaba sentado con otros estudiantes que trabajaban en el mismo lugar. Como ése era mi segundo año en ese trabajo, tenía una posición de supervisor.
Escuché a uno de esos estudiantes referirse a mí como un “sargento”. Me sorprendió mucho, así que cuestioné su comentario. Pero otro estudiante intervino y estuvo de acuerdo con lo que dijo. Esto fue una revelación muy decepcionante para mí.
La percepción que yo tenía de mí mismo, había sido completamente diferente. En mi mente, yo era muy suave y condescendiente como líder, no un jefe severo. En este momento entendí que me estaba engañando a mí mismo.
Al reflexionar más acerca de ello después, empecé a darme cuenta de que yo era mi peor enemigo. Conociendo a Satanás, antes lo había considerado mi peor enemigo.
El león rugiente
Satanás el diablo es en verdad el enemigo de toda la humanidad. Desde el momento en que se rebeló contra Dios (Isaías 14:12-15), su objetivo ha sido frustrar los planes divinos, incluyendo nuestra destrucción.
Comenzó engañando a Eva, incitándola a desobedecer al Dios Todopoderoso (Génesis 3:1-6). Incluso intentó destruir el plan de salvación de Dios para la humanidad, tratando de seducir a Jesús para que pecara (Mateo 4:1-11; Lucas 4:1-13).
Entendí que si estaba errado en esto, entonces habría otros pecados que también estaban ocultos para mí.
Satanás continúa en su lucha comportándose “como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar” (1 Pedro 5:8). Sin embargo, la Biblia muestra que no tiene poder ilimitado para destruirnos. Sólo puede hacer lo que Dios le permite.
Esto queda claro en los primeros dos capítulos del libro de Job. En dos ocasiones, Dios permitió que Satanás probara el compromiso y la fe de Job. Pero en ningún caso se le permitió destruirlo.
Satanás no tiene el poder para destruirnos a usted o a mí, pero nosotros sí lo tenemos. Cada uno de nosotros tiene la capacidad de tomar decisiones equivocadas que, a menos que nos arrepintamos, pueden conducirnos a la muerte eterna. En ese sentido, podemos ser nuestros propios peores enemigos.
Fieles en lo poco
El agresivo enfoque del liderazgo en mi juventud, podría no parecer extraordinariamente pecaminoso. ¿Podía ser esto un peligro para mi vida espiritual?
Llegué a la conclusión de que sí. Reconocí que mi forma áspera de tratar a los demás bien pudo haber ofendido a mis compañeros.
Cristo advirtió a sus discípulos acerca de las ofensas. Con una imagen memorable, Jesús dijo que quien ofendiera incluso a “uno de estos pequeñitos” estaría mejor “si le ataran al cuello una piedra de molino y lo arrojaran al mar” (Lucas 17:2).
A Dios claramente le importa la forma en que tratamos a los demás. Aunque esto nos parezca un pecado pequeño, fue un tema importante para mí que tenía que arreglar.
Llegué a darme cuenta de que este pecado escondido era solamente la punta del iceberg, por decirlo de alguna manera. Entendí que si estaba errado en esto, entonces habría otros pecados que también estaban ocultos para mí.
Sabía que debía cambiar y eso significaba que tenía que arrepentirme.
El arrepentimiento y su peor enemigo
El arrepentimiento es una clave continua de la vida cristiana. No es un evento único, sino un compromiso de por vida. Desafortunadamente no es posible experimentar el arrepentimiento hasta que empezamos a vernos como realmente somos.
Esto es muy difícil para todos y es imposible lograrlo sin la ayuda de Dios.
Por esto Dios, por medio de su profeta Jeremías habló acerca del corazón humano y dijo: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?” (Jeremías 17:9). Dios respondió rápidamente su pregunta diciendo: “Yo el Eterno, que escudriño la mente, que pruebo el corazón, para dar a cada uno según su camino, según el fruto de sus obras” (v. 10).
Nuestras faltas y pecados son secretos porque nos engañamos fácilmente a nosotros mismos. El rey David comprendió esta tendencia humana. Aunque era "un hombre conforme al corazón de Dios" (Hechos 13:22), su historia incluye uno de los ejemplos más claros de autoengaño.
Siendo rey, David no sólo cometió adulterio con la esposa de uno de sus soldados, sino que además hizo que mataran a ese soldado en batalla (2 Samuel 11). No fue sino hasta el momento en que el profeta Natán confrontó a David por sus pecados por medio de una parábola que éste pudo comprender la gravedad de lo que había hecho (2 Samuel 12:1-15).
Este incidente nos permite entender muchas cosas de otra manera. David no era ignorante de la ley de Dios, sabía que el adulterio y el asesinato eran pecados. Pero, de alguna manera, en su propia situación, no podía verse a sí mismo con objetividad.
“Verdad en el interior”
Esta experiencia inspiró un oración emotiva y conmovedora. David le habló a Dios y reconoció: “He aquí, tú amas la verdad en lo íntimo, y en lo secreto me has hecho comprender sabiduría” (Salmos 51:6), y le pidió a Dios que lo limpiara (v. 7).
David también sabía que necesitaba ayuda para reconocer que el pecado estaba en su corazón. Otra de sus composiciones refleja este entendimiento: “¿Quién podrá entender sus propios errores? Líbrame de los que me son ocultos” (Salmos 19:12).
Irónicamente es con frecuencia más fácil señalar los pecados de los miembros de la familia, los amigos, los que trabajan con nosotros y los conocidos. Lo que no es fácil es vernos a nosotros mismos (Mateo 7:3). Como David, necesitamos ayuda.
El Consolador
Esta ayuda viene del Espíritu Santo de Dios: “Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho” (Juan 14:26).
Este Espíritu nos ayuda a recordar las enseñanzas de Jesús, palabras que nos guían a través de la Biblia. El Espíritu también nos da discernimiento, ayudándonos a “entender las cosas de Dios” (1 Corintios 2:11).
Sólo cuando nuestros corazones estén dispuestos y admitan la verdad, la verdadera realidad, comenzaremos a vernos como somos. Sólo entones podremos ser capaces de arrepentirnos de nuestros pecados. Al fin y al cabo, ¿cómo podemos arrepentirnos de algo que no podemos ver?
Dios quiere que veamos, busca hijos e hijas que lo adoren en "espíritu y verdad" (Juan 4:23). Pero yo tengo un enemigo, y usted también lo tiene, que no quiere que veamos nuestra propia realidad, lo que en verdad somos.
Examinémonos
Dios no sólo nos ofrece el Espíritu Santo para que obre en nuestras mentes, sino que además Él nos da otra herramienta que podemos utilizar con su Espíritu. Esa herramienta es el autoexamen.
El apóstol Pablo escribió a la Iglesia en Corinto antes de la Pascua exhortando a los miembros a que se examinaran detenidamente:
“De manera que cualquiera que comiere este pan o bebiere esta copa del Señor indignamente, será culpado del cuerpo y de la sangre del Señor. Por tanto, pruébese cada uno a sí mismo, y coma así del pan, y beba de la copa” (1 Corintios 11:27-28).
Examinarnos a nosotros mismos no debería limitarse a los días y semanas que anteceden al servicio de la Pascua según el Nuevo Testamento. Los cristianos deberían siempre estar dispuestos a mirarse a sí mismos honestamente con la ayuda del Espíritu Santo de Dios.
Pautas para el autoexamen
Si usted nunca ha tratado de examinarse a sí mismo, se puede sentir un poco desorientado en cuanto a qué debe hacer. Veamos algunas pautas:
- Pedirle a Dios humildad. Nunca nos veremos a nosotros claramente si nos resistimos a la verdad. La humildad le permitió a David verse a sí mismo en la parábola de Natán.
- Pedirle a Dios su guía para poder resolver esta situación a medida que usted empieza a examinar su propio carácter. No importa todo lo que haga como cristiano, usted necesita la guía de Dios y necesita la fortaleza para ver lo que tiene que hacer.
- Estudie la Biblia, específicamente pensando en cómo se le aplica a usted. Considere cómo habría reaccionado ante las pruebas y dificultades descritas en las Escrituras, y piense en cómo los héroes de la fe habrían afrontado situaciones similares a las que ha vivido.
- Pídale a sus amigos y familiares, aquellos que lo conocen mejor, que le hagan una evaluación honesta. Esto puede ser difícil porque no queremos que nos pongan en el paredón, ni queremos sentirnos avergonzados, ni hablar mal de nosotros. Entre las personas más cercanas a usted, escoja dos o tres que tengan mejor carácter y pregúnteles en privado. Deles tiempo para pensar en el tema antes de que le respondan. Yo conocí a mi peor enemigo porque dos amigos que tenía estuvieron dispuestos a decirme la verdad.
¿Cómo confrontar a mi peor enemigo?
Aquel día en la cafetería fue una revelación. Me había enfrentado cara a cara con el único enemigo que tiene el poder de destruirme. En efecto, vi mi reflejo en el espejo.
Era dolorosamente evidente que en el fondo no comprendía quién era. Empecé a mirarme más detenidamente, pero hasta este día, más de 40 años después, sigo descubriendo “faltas secretas”. Debo permanecer alerta.
Afortunadamente podemos ir a Dios y Él estará ahí para nosotros, para proveernos la ayuda que necesitamos para sobreponernos y cambiar (Hebreos 4:15-16; Isaías 41:10; Romanos 8:37).
¿Qué sucede con usted? ¿Ya sabe quién es su propio enemigo y está listo para confrontar a ese enemigo con la ayuda de Dios?