De la edición Enero/Febrero 2022 de la revista Discernir

Cosas que nunca cambian

La pandemia del COVID-19 y las reacciones humanas que ha provocado han puesto al mundo de cabeza. Cuando todo parece estar cambiando, ¿a qué podemos aferrarnos que nunca cambiará?

El viernes 13 de marzo del 2020, al igual que la mayoría de las iglesias en los Estados Unidos, la Iglesia de Dios, una Asociación Mundial, canceló todos sus servicios presenciales. Nunca nos imaginamos que esto continuaría durante 14 semanas.

¡Fue un evento sin precedentes! Que yo sepa, la Iglesia nunca había cancelado sus servicios a lo largo de todo el país —ni durante las guerras mundiales o la epidemia de la gripe española entre 1918 y 1920. Y no sólo fue en los Estados Unidos, más de cien países alrededor del mundo tomaron la misma medida en las semanas siguientes.

Incluso ahora, algunos países siguen prohibiendo las reuniones religiosas en grupo.

Tiempos peligrosos

En 2 Timoteo 3:1, Pablo describe los tiempos del fin como “tiempos peligrosos”. Luego, el apóstol menciona algunas conductas y hábitos personales que serán señal de esos tiempos.

La profecía bíblica dice que al acercarse el fin habrá desastres, pandemias y guerras; pero en esta epístola, Pablo afirma que además las personas serán “amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno” (vv. 2-3).

Acciones y actitudes como éstas conducen a una sociedad fracturada que pone por encima el individualismo en lugar del bien común.

Restricciones sin precedentes

Desde ese día de marzo en que la pandemia entró en escena, mes tras mes el mundo ha experimentado miedo, muerte, ansiedad, dolor, sufrimiento y vidas alteradas.

Por primera vez en mi vida escuché que los gobiernos en muchos países impusieron restricciones y cerraron todos los negocios excepto los esenciales, cerraron los colegios para tener las clases en línea, impusieron el uso de tapabocas con la amenaza de que aquellos que no lo hicieran serían multados y dictaminaron cuándo las personas podían salir de sus casas y cuándo no.

Nadie estaba preparado para algo así.

Ansiedad, depresión y suicidio

Un estudio publicado en agosto del 2020 por los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades concluyó que los niveles de ansiedad, depresión y pensamientos suicidas se dispararon durante la pandemia.

La Organización Mundial de la Salud estima que por primera vez en la historia, el número de personas que sufre de una enfermedad mental alcanzó casi los mil millones por primera vez en la historia. Dado que el mundo tiene 7,8 mil millones de habitantes, esto significa que una de cada ocho personas ha sido diagnosticada con una enfermedad mental. La pandemia ha incrementado estos números drásticamente.

Un efecto secundario del alza de enfermedades mentales ha sido el constante aumento de los suicidios. Cada año, entre 700.000 y un millón de personas se quitan la vida, lo que ha hecho que el suicidio sea la causa número 17 más común de muerte, y la más común entre los jóvenes después de los accidentes.

El año pasado (2020), una persona se quitó la vida cada 40 segundos.

Derechos religiosos

Ése es el estado actual de nuestra sociedad: vivimos en tiempos peligrosos. Y si bien las fuentes de algunos de nuestros problemas son externas, en su gran mayoría han sido generados o amplificados por el egoísmo humano. El origen del virus del COVID-19 aún es muy debatido, pero las consecuencias negativas que este virus le ha traído a la sociedad van mucho más allá de su tasa de mortalidad.

Creyendo que debían proteger a la población, los gobiernos restringieron a las personas de formas que el mundo no había visto en décadas. En algunos lugares, las libertades religiosas, incluyendo el derecho de reunirse para adorar, fueron restringidas repentinamente y de maneras que muchos consideran ilegales. En muchos casos, se dijo que éstas eran medidas temporales, pero en algunos lugares la evidencia no es tan convincente.

Todo esto puede ser desesperanzador para quienes desean seguir a Cristo y practicar los valores que Él enseñó cuando estuvo en la Tierra. Es verdad que Cristo promovió las leyes de la cuarentena y la buena higiene descritas en el Antiguo Testamento. También enseñó el amor al prójimo, que significa hacer por los demás lo que nos gustaría que hicieran por nosotros. Hacer lo que podamos para evitar que otros se contagien o que la enfermedad se expanda sin duda es mostrar amor al prójimo y una práctica respaldada por la Biblia.

Sin embargo, estas soluciones han sido practicadas imperfectamente, y a la vez se han convertido en fuentes de conflicto y de disfunciones sociales causadas por el egocentrismo.

Algunas cosas no han cambiado

Cuando tantas cosas cambian en tan poco tiempo, es fácil perder de vista las cosas que no han cambiado y no cambiarán, en cuanto se refiere al cristianismo.

Pero pesar de todo lo que ha ocurrido recientemente, los principios espirituales más importantes —los fundamentos de nuestras creencias— no han cambiado para nada.

El entrenador con una base en el cuello

Permítanme ilustrar esto con la historia de un entrenador famoso. Esta historia apareció en un artículo escrito por Chris Sperry en 1996 que se tituló “Permanezca en los 43 centímetros”.

John Scolinos fue un entrenador de béisbol durante la mayor parte de su vida adulta. Se retiró en 1991 y se le recuerda primordialmente por un discurso que dio en una convención de la American Baseball Coaches Association [Asociación estadounidense de entrenadores de béisbol] en Nashville, Tennessee (enero de 1996). Scolinos habló acerca de la necesidad de mantener un mismo estándar para todos los jugadores. Si usted quiere ser un entrenador exitoso, no puede tener un estándar para sus jugadores estrella y otro estándar para el resto.

Para reforzar su punto, Scolinos comenzó su discurso con una réplica tamaño real de una base de bateador colgada del cuello. Pero la ignoró hasta que, luego de hablar por 25 minutos, pareció notar algunas risas entre la audiencia.

Entonces dijo, “probablemente se preguntan por qué estoy usando una base de bateador en el cuello… Podré estar viejo, pero no estoy loco. La razón por la que estoy frente a ustedes hoy es para compartir lo que he aprendido durante mi vida, lo que he aprendido acerca de la base del bateador en mis 78 años”.

Cuando tantas cosas cambian en tan poco tiempo, es fácil perder de vista las cosas que no han cambiado y no cambiarán, en cuanto se refiere al cristianismo.Luego le hizo una pregunta al grupo de entrenadores: “¿Saben cuánto mide la base del bateador en las pequeñas ligas?”. Tras una pausa alguien respondió: “43 centímetros”. “Así es”, continuó el entrenador Scolinos. Después hizo la misma pregunta acerca del béisbol de secundaria, de universidad y profesional. Sin importar la liga o el nivel de competencia, el tamaño de la base es el mismo. No cambia para acomodarse a los jugadores.

Cuando Babe Ruth hizo su famoso home run en Wrigley Field (1932), la base del bateador medía 43 centímetros. Cuando Hank Aaron hizo su home run número 715 en 1974, la base del bateador medía 43 centímetros.

Esa medida no ha cambiado. Ha sido el estándar para todos los niveles de competencia desde que comenzó la era moderna del béisbol.

“No sea que nos deslicemos”

Como cristianos, nuestro enfoque no debe estar en las cosas físicas que cambian —y vaya que han cambiado en los pasados dos años. En lugar de distraernos con todos los cambios, deberíamos enfocarnos en las cosas que no cambiarán y no han cambiado desde que la Iglesia comenzó en Hechos 2.

En Hebreos 2:1 leemos: “Por tanto, es necesario que con más diligencia atendamos a las cosas que hemos oído, no sea que nos deslicemos”.

El estrés y los cambios pueden hacernos olvidar que las cosas más importantes de nuestra vida no cambian con una pandemia o ningún otro evento físico. Si permitimos que las cosas físicas consuman nuestro tiempo y energía hasta el punto de perder de vista las razones espirituales por las que hacemos lo que hacemos, corremos el riesgo de perderlo todo —de deslizarnos de lo más precioso que tenemos: nuestro llamamiento y nuestra relación con Dios.

Los principios fundamentales del cristianismo nunca cambian

No olvide que los principios fundamentales del cristianismo no han cambiado. Estos son sólo algunos ejemplos:

  • Dios no cambia. “Porque yo el Eterno no cambio” (Malaquías 3:6).
  • Jesucristo es el mismo ayer, hoy y por los siglos (Hebreos 13:8).
  • La verdad del camino de Dios no cambia (Juan 8:32; 17:17). Cuando se trata de la Palabra de Dios, lo que era verdad ayer, sigue siéndolo hoy y lo será mañana. Ése es el estándar que debe guiar nuestra vida.
  • El evangelio del Reino de Dios no ha cambiado. El mismo evangelio que Jesús y los apóstoles predicaron es el que se debe predicar hoy (Marcos 1:14-15; Mateo 24:14).
  • La ley de Dios no ha cambiado. Obedecemos los mismos mandamientos que se le dieron a Israel en el Monte Sinaí (Éxodo 20) y que se resumen en los dos grandes mandamientos de amar a Dios y amar al prójimo (Mateo 22:34-40). Estos mandamientos deben estar escritos en nuestros corazones (Hebreos 8:10), no sólo en tablas de piedra.

Enfocarnos en lo que nunca cambia

La vida no va a ser más fácil a medida que nos acercamos al fin de esta era. Pablo describe esta época como “tiempos peligrosos”.

Es fácil distraernos cuando el mundo atraviesa una pandemia. Es fácil que los líderes, movidos por el deseo de proteger a sus ciudadanos, alteren los cimientos de la sociedad en tiempos tan confusos. Su intención tal vez es buena, pero en este tiempo, cuando las personas son “amadoras de sí mismas”, el resultado es una sociedad dividida y llena de conflictos.

El cristianismo nos enseña un camino diferente y nos recuerda que los principios más importantes de la vida nunca cambian, se mantienen constantes.

Estudie más acerca de estos valores inmutables, vea nuestro folleto: Los Diez Mandamientos: todavía importan.

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