La Biblia está llena de pasajes escritos por este antiguo rey. Y también de aquellos que giran a su alrededor. ¿Qué lecciones quiere Dios que aprendamos de su vida?
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A los humanos nos fascinan las vidas de los ricos y famosos. Todos quieren conocer la última actividad u opinión de las celebridades, los atletas o los influencers de los medios.
Esta fascinación no es nueva. Mucho antes de que existieran las redes sociales y los noticieros, la Biblia registró la historia de un hombre cuya fama trascendió países, cuya sabiduría atrajo a gobernantes y expertos de todo el mundo, y cuya riqueza fue incomparable en su época. Ese hombre era el rey Salomón.
Pero este famoso rey sufrió de una condición que afecta a la humanidad hasta hoy. Es una condición muy contagiosa que afecta a ricos y pobres, y es letal para nuestra relación con Dios.
Afortunadamente, el mal del rey Salomón está bien documentado y sus propios escritos nos ayudan a reconocerlo y evitarlo.
Contribuciones de Salomón a la Biblia
En términos de conocimiento y sabiduría, Salomón estaba muy preparado para contribuir a los escritos del Antiguo Testamento. La Biblia dice que: “compuso tres mil proverbios, y sus cantares fueron mil cinco” (1 Reyes 4:32).
Dios respondió la petición de Salomón acerca de adquirir un corazón entendido y discernimiento entre lo bueno y lo malo. En respuesta a la humildad del rey, Dios le dijo: “he aquí lo he hecho conforme a tus palabras; he aquí que te he dado corazón sabio y entendido, tanto que no ha habido antes de ti otro como tú, ni después de ti se levantará otro como tú” (1 Reyes 3:12).
Parte de la sabiduría de Salomón está registrada en el libro de los Proverbios. De hecho, se estima que por lo menos 650 de los proverbios fueron escritos por él (Adam Clarke’s Commentary [Comentario de Adam Clark]). Sus escritos también incluyen Eclesiastés y Cantar de los Cantares.
Un comienzo maravilloso
Cuando Salomón se convirtió en rey, él “amó al Eterno, andando en los estatutos de su padre David” (1 Reyes 3:3). Uno de sus primeros actos como rey fue ofrecer mil ofrendas encendidas a Dios.
Luego, cuando Dios se le apareció en un sueño y le preguntó qué quería, Salomón le pidió sabiduría para hacer el trabajo que se le había encomendado (v. 9). Entonces, complacido con su humildad, Dios no sólo le dio más sabiduría que a cualquier otro ser humano en el pasado, presente y futuro, sino que también le dio lo que no había pedido: riquezas y honor (vv. 10, 13).
Como resultado, Salomón se convirtió en la imagen misma de la prosperidad, la sabiduría y la fama. Gobernantes de todos los países vecinos, incluyendo la reina de Saba, viajaron grandes distancias para escucharlo y ver la pacífica prosperidad que los ciudadanos de su reino disfrutaban (1 Reyes 10:4-9, 24).
La humildad de Salomón fue un elemento clave que facilitó su maravillosa relación inicial con Dios y la admiración de otros.
Refiriéndose a este importante concepto, Salomón escribió: “Riquezas, honra y vida son la remuneración de la humildad y del temor del Eterno” (Proverbios 22:4, énfasis añadido). Y el salmista también dijo: “El principio de la sabiduría es el temor del Eterno” (Salmos 111:10).
Salomón conocía muy bien este principio y, por un tiempo, lo practicó.
La caída de Salomón
Salomón también entendía que el favor de Dios puede perderse. En Proverbios 11:2, escribió: “Cuando viene la soberbia, viene también la deshonra; mas con los humildes está la sabiduría” (énfasis añadido).
Este rey se dio cuenta de que nuestro corazón puede desviarnos. De hecho, cuando oró para dedicar el templo recién terminado, le pidió a Dios que escuchara y perdonara “cuando cualquiera sintiere la plaga en su corazón” y se acercara en oración (1 Reyes 8:38-39).
Lamentablemente, Salomón no escuchó sus propias advertencias y sucumbió a la plaga de su corazón.
Siendo una persona extraordinariamente sabia y conocedora, Salomón entendía las instrucciones que Dios había dado a los reyes en Eclesiastés 1:16. Años antes, Moisés había escrito que un rey de Israel no debería, “[aumentar] para sí caballos”, ni “[tomar] para sí muchas mujeres”, ni amontonar “plata ni oro” (Deuteronomio 17:16-17). Pero Salomón ignoró todas estas instrucciones.
- Caballos y carruajes: Salomón desarrolló un negocio lucrativo importando caballos y carruajes para su nación y para vender a las naciones vecinas (1 Reyes 10:26-29).
- Esposas: Salomón “tuvo setecientas mujeres reinas y trescientas concubinas; y sus mujeres desviaron su corazón” (1 Reyes 11:3).
- Riquezas: Cada año, Salomón recibía 666 talentos de oro, casi $2.000 millones de dólares en moneda de hoy (1 Reyes 10:14). Aunque Dios lo había bendecido con inmensa riqueza, él seguía cobrando impuestos onerosos al pueblo (1 Reyes 12:4).
Las esposas de Salomón desempeñaron un papel fundamental en su caída. Ellas “inclinaron su corazón tras dioses ajenos” y, por lo tanto, “su corazón no era perfecto con el Eterno su Dios, como el corazón de su padre David” (1 Reyes 11:4).
La deslealtad de Salomón quedó en evidencia cuando construyó templos paganos para sus esposas y además participó en la adoración a sus dioses (v. 5-10).
El castigo de Salomón
Debido a su desobediencia y falta de respeto hacia el Dios que le había dado toda su sabiduría, riqueza y fama, Dios castigó a Salomón de dos maneras.
Primero, dijo que parte de su reino le sería quitado para ser entregado a su sirviente (vv. 11-13). Esto se cumplió cuando el hijo de Salomón, Roboam, comenzó a reinar. Debido al opresivo gobierno de Roboam, diez tribus se rebelaron bajo el liderazgo de Jeroboam y formaron el reino norte de Israel (1 Reyes 12).
En segundo lugar, Dios permitió que los enemigos de Salomón se levantaran contra él (1 Reyes 11:14, 23, 26). Así, la paz que había marcado su reinado en un principio se desvaneció.
La paradoja de Salomón
Es difícil entender cómo Salomón se desvió. ¿Cómo pudo el hombre más sabio de la historia tomar decisiones tan insensatas?
Esta contradicción es la base de lo que algunos psicólogos llaman “la paradoja de Salomón” —la tendencia a dar consejos sabios a otros, pero no seguirlos nosotros mismos.
Salomón tenía una sabiduría excepcional para juzgar los conflictos de otros (1 Reyes 3:16-28). Sin embargo, en su vida personal, ignoraba sus propios consejos y tomaba decisiones insensatas.
Por ejemplo, Salomón escribió: “El justo sirve de guía a su prójimo; mas el camino de los impíos les hace errar” (Proverbios 12:26). Pero él mismo se rodeó de malas influencias.
Al parecer, la exposición prolongada a la idolatría afectó incluso al hombre más sabio de la Tierra. Salomón no siguió a Dios de todo corazón; fue influenciado por sus esposas extranjeras al punto de construir lugares de adoración de dioses paganos por ellas (1 Reyes 11:5-10).
Muchos años más tarde, en el primer siglo, Pablo habló acerca de la importancia de no pasar demasiado tiempo con personas que nos influyen de forma negativa: “No os unáis en yugo desigual con los incrédulos; porque ¿qué compañerismo tiene la justicia con la injusticia? ¿Y qué comunión la luz con las tinieblas?” (2 Corintios 6:14).
La lección es clara: tener sabiduría, conocimiento, riqueza y fama no garantiza nuestra lealtad a Dios.
El autodiagnóstico de Salomón
Se cree que el libro de Eclesiastés fue escrito por Salomón en sus últimos días, mientras reflexionaba acerca de su vida y sus errores. En el segundo capítulo de este libro, el autor hace una reflexión acerca de sus experimentos para tener una vida exitosa.
Salomón al parecer intentó de todo: risa, buena comida y bebida, grandes proyectos de construcción, negocios exitosos, escuchar música hermosa, adquirir riquezas y coleccionar tesoros de todo el mundo.
Pero su veredicto fue desalentador: “Miré yo luego todas las obras que habían hecho mis manos, y el trabajo que tomé para hacerlas; y he aquí, todo era vanidad y aflicción de espíritu, y sin provecho debajo del sol” (Eclesiastés 2:11).
A pesar de sus inmensas riquezas, Salomón descubrió que el éxito material no significa éxito espiritual automáticamente. Entendió que, sin Dios, la vida no tiene sentido —“todo es vanidad”, en sus palabras (Eclesiastés 1:2).
El consejo final de Salomón
En las últimas palabras de Eclesiastés, Salomón resume el consejo más importante que le podía dar a las futuras generaciones:
“El fin de todo el discurso oído es este: Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre. Porque Dios traerá toda obra a juicio, juntamente con toda cosa encubierta, sea buena o sea mala” (Eclesiastés 12:13-14).
Tras una vida de buscar la plenitud de casi toda forma imaginable, Salomón se dio cuenta de que la obediencia a Dios es la única fuente de significado duradero.
Lecciones para nosotros
- La humildad es esencial. Salomón comenzó bien porque buscó a Dios con humildad. Nosotros debemos hacer lo mismo.
- Cuidar nuestro corazón. Incluso los más sabios pueden caer si permiten que las influencias incorrectas los desvíen.
- La sabiduría debe vivirse, no sólo hablarse. Conocer el camino correcto no significa nada si no andamos por él.
- El éxito material es vacío sin Dios. El verdadero propósito en la vida solamente viene de temer a Dios y guardar sus mandamientos.
Aprendamos de la paradoja de Salomón. En vez de transar con la ley de Dios, lleguemos a nuestros últimos días obedeciéndolo de todo corazón.
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