Cómo guardar rencor (y seguir siendo infeliz el resto de su vida)
Cuando nos ofenden, la forma en que reaccionemos determinará si viviremos o no una vida cargada de rencores. ¿Qué elegirá usted?

Todos conocemos esa sensación. Su corazón comienza a latir con fuerza mientras siente cómo la ira y el dolor se acumulan en su interior. Acaba de sufrir una ofensa. Puede haber sido por parte de un amigo cercano, un familiar o incluso un completo desconocido. Esa persona dijo o hizo algo que a usted le hirió.
Ahora comienza un momento crítico en el que usted debe decidir cómo responderá a este dolor.
La respuesta humana natural
La respuesta natural ante situaciones como éstas surge de manera bastante intuitiva, y le resultará fácil seguir estos pasos:
- Echar la culpa a los demás. Dado que sin duda, en su punto de vista, usted tiene la razón, no hay necesidad de detenerse a considerar si contribuye o no de manera negativa a la situación. En cambio, enfocarse en lo que los demás hicieron mal y en la falta de responsabilidad que muestran por sus acciones, es lo más fácil.
- Insistir en la ofensa. Éste es un momento excelente para obsesionarse con lo que los demás hicieron para ofenderlo. Mejor aún, aproveche la oportunidad para recordar también todas las ofensas pasadas que le han hecho. Concéntrese intensamente en todos los defectos de carácter que a ellos los han llevado a ofenderlo repetidamente.
- Busque validación. Una excelente manera de avivar su enojo y reforzar sus sentimientos heridos es hablar de la ofensa con otras personas que tengan una mentalidad similar a la de usted. Esas personas le asegurarán que la reacción de usted está justificada.
- Rechace la reconciliación. Evite cualquier oportunidad de resolver el problema con quienes le ofendieron. Buscar la reconciliación, podría llevarlo a reconocer su propia culpa en el asunto o a disipar su indignación. Opte, en cambio, por abrir una brecha permanente entre usted y la otra persona, creando un ambiente de distancia y hostilidad, lo que impedirá que las heridas sanen alguna vez.
- Nunca perdone. Dado que quienes le ofendieron no han hecho nada para merecer su perdón, ¿por qué se lo concedería? Mejor hágales saber cuánto le han lastimado, en lugar de perdonar sus errores.
- Deje que el rencor eche raíces. Si sigue todos los pasos anteriores, descubrirá que el rencor surge de manera natural por sí solo. Los sentimientos de enojo, dolor, decepción y resentimiento le invadirán su corazón de forma natural.
Como probablemente ya se habrá dado cuenta, estos seis pasos ofrecen un mal consejo. Debemos identificar rápidamente la naturaleza pecaminosa de esos consejos y rechazarlos por completo. Y, sin embargo, en la práctica, a menudo respondemos dando varios —si no todos— los pasos anteriores.
La pregunta es: si podemos ver fácilmente las fallas en estos pasos, ¿por qué seguimos sintiéndonos tentados a caer en la trampa de albergar amargura, resentimiento y mala voluntad o, en otras palabras, guardar rencor?
Satanás nos tienta a guardar rencor
Somos muy susceptibles a esta trampa porque ésta se aprovecha de nuestros patrones de comportamiento innatos.
Satanás, nuestro adversario, quiere desviarnos de nuestro camino para convertirnos en futuros herederos del Reino de Dios —y es extremadamente astuto (Génesis 3:1; 1 Pedro 5:8).
Si supiéramos que alguien nos está tendiendo una trampa, haríamos todo lo posible por evitarla. Sin embargo, al aprovechar nuestra naturaleza humana en nuestra contra, Satanás logra que el pecado —que tan fácilmente nos atrapa— parezca correcto y se sienta natural (Hebreos 12:1).
Los rencores perjudican nuestras relaciones, tanto con los demás como, lo que es más importante, con Dios.
Para saber más acerca de Satanás y sus tácticas de engaño, lea “Satanás: un perfil” y “No ignore las estrategias de Satanás”.
Cada acción que emprende nuestro adversario es estratégica, y su capacidad para persuadirnos de que guardemos rencor es un arma poderosa en su arsenal. Los argumentos erróneos enumerados anteriormente son sólo una muestra de la lógica que Satanás nos incita a seguir para que guardemos rencor.
Al aprovecharse de nuestra naturaleza humana, Satanás puede incluso convencernos de que guardar rencor nos traerá satisfacción, apelando a nuestro supuesto deseo de justicia.
En realidad, los rencores que guardamos no dañan a los demás. Sin embargo, sí causan un daño significativo a nosotros mismos y perjudican nuestras relaciones, tanto con los demás como, lo que es más importante, con Dios.
Afortunadamente, Dios nos ha dado su Palabra, que nos brinda el conocimiento que necesitamos para contrarrestar cada aspecto de esta mentalidad destructiva en la que Satanás intenta inculcarnos.
Analicemos cómo podemos combatir esta tendencia humana, y cómo aprender a dejar ir los rencores y encontrar felicidad y paz en nuestras relaciones.
Cómo no guardar rencor
Aquí hay seis claves para evitar guardar rencor.
1. Asuma la responsabilidad.
La mayoría de las relaciones tensas implican cierto grado de culpa de ambas partes. Sin embargo, Satanás no quiere que lo veamos así. Si se lo permitimos, él aprovechará nuestro orgullo para cegarnos ante nuestros propios errores. Entonces, ¿cómo combatimos esta tentación?
Aunque pueda ser doloroso, podemos resistir la trampa del orgullo que tiende Satanás al estar dispuestos a identificar nuestros errores y asumir la responsabilidad de ellos. Necesitaremos la ayuda de Dios para hacerlo. Afortunadamente, tenemos la capacidad de acudir a Dios en oración y pedirle que nos revele cualquier maldad que haya en nosotros, para que podamos vernos tal como realmente somos (Salmos 139:23-24).
Sólo cuando nos humillemos ante Dios podremos reconocer y admitir cómo contribuimos al problema y, de esa manera, podremos vencer a Satanás en su propio terreno.
(Para obtener más información acerca del del orgullo y cómo asumir responsabilidad, le invitamos a leer “Cómo vencer las emociones negativas: el orgullo” y “Paso 1 para sanar las relaciones: reconocer”.)
2. Concéntrese en lo bueno.
Podemos elegir qué pensamientos permitimos que permanezcan en nuestra mente. Podemos elegir dejar que la negatividad eche raíces, o podemos decidir intencionalmente pensar de manera positiva. Si las personas que nos ofendieron las conocemos bien, debemos preguntarnos si hemos compartido alguna interacción o recuerdo positivo con ellas en el pasado. De ser así, ¿podemos usar estas experiencias para contrarrestar nuestros sentimientos negativos hacia ellas?
Cuando nos veamos luchando contra la tentación de guardar rencor, podemos pedirle a Dios sabiduría para manejar la situación.
Incluso si no tenemos recuerdos agradables a los cuales recurrir, todavía hay cosas buenas en las personas en las cuales podemos pensar.
Al enfocarnos en lo bueno, podemos desarrollar un aprecio más profundo por lo que tenemos y evitar caer en una espiral de negatividad. Es mucho más difícil enfocarnos en una ofensa, cuando contemplamos las muchas bendiciones que Dios nos ha dado.
En medio de una injusticia, piense en “todo lo justo” (Filipenses 4:8).
(Para profundizar en el significado de Filipenses 4:8, le invitamos a leer nuestra serie: Medite en estas cosas: “Todo lo que es justo”.)
3. Busque consejo sabio.
Es de vital importancia que no cedamos a nuestra naturaleza humana buscando la validación de alguien, en lugar de un consejo sensato. En 1 Reyes 12, vemos el ejemplo de Roboam, quien desestimó el sabio consejo de los ancianos a favor de la aprobación de sus pares. Peor aún, no hay indicios de que haya buscado el consejo de Dios. Este enfoque no le funcionó bien, y tampoco nos funcionará bien a nosotros.
Cada vez que nos encontremos en una batalla contra nuestra naturaleza humana, debemos buscar la ayuda de Dios. Cuando nos veamos luchando contra la tentación de guardar rencor, podemos pedirle a Dios sabiduría para manejar la situación.
El apóstol Santiago enfatiza la importancia de este paso: “si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada” (Santiago 1:5).
(Para obtener más información acerca de la sabiduría y cómo buscar consejos sabios, le invitamos a leer “La importancia de la sabiduría y cómo ser más sabio” y “En multitud de consejeros hay sabiduría”.)
4. Inicie la reconciliación.
Una vez que hayamos llevado el asunto ante Dios, podemos comenzar el proceso de reconciliación. Debemos acercarnos a la persona en privado para abordar la ofensa.
Cuando nos acercamos humildemente a la otra persona y comenzamos la conversación reconociendo nuestros propios errores, tenemos muchas más posibilidades de reconciliarnos.
En Mateo 18:15-17, Dios nos instruye acerca de cómo abordar la reconciliación. A veces, la otra persona puede no mostrar interés en iniciar la reconciliación, incluso si es ella la principal culpable.
Cuando esto sucede, puede ser muy fácil que nuestra ira se reavive y nuestro orgullo se hinche. Esto no es más que otra trampa, y no debemos permitir que nos atrapemos en ella. Cuando nuestro orgullo amenaza con tomar el control, debemos contrarrestarlo con humildad.
Supongamos que nos acercamos con humildad a la otra persona y comenzamos la conversación reconociendo nuestros propios errores. En ese caso, tenemos muchas más posibilidades de recuperar a nuestro hermano o hermana (Mateo 18:15).
(Para obtener recursos adicionales acerca de cómo abordar la reconciliación, lea “Paso 4 y 5 para sanar las relaciones: reconciliación y reintentar”.)
5. Perdone siempre.
Con la ayuda de Dios, podemos practicar el perdón, incluso hacia quienes nos causaron las heridas más profundas. Pero eso no significa que el proceso de perdón siempre sea fácil. En algunos casos, el perdón puede parecer casi imposible. Es posible que la persona no muestre ningún remordimiento y ni siquiera algún deseo de perdón o reconciliación.
Sin embargo, nosotros debemos perdonar de todos modos.
Puede que se requiera mucho tiempo, oración y reflexión para lograrlo, pero debemos perdonar. Si deseamos genuinamente el perdón de Dios por nuestras ofensas, no podemos negarle el perdón a los demás, sin importar las circunstancias (Mateo 6:14-15).
(Para saber más acerca de esto, le invitamos a leer “¿Cómo perdonar?” y “Cuando perdonar es difícil”.)
6. Evite la amargura a toda costa.
En Lucas 6:27-28, se nos exhorta a aprender una de las lecciones más difíciles y antinaturales, aunque cruciales: “Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen; bendecid a los que os maldicen, y orad por los que os calumnian”.
No podemos cumplir con este mandato si permitimos que los rencores queden sin resolver, convirtiéndose gradualmente en amargura con el paso del tiempo.
Una de las cosas más peligrosas de la amargura es la rapidez con la que puede volverse permanente, una vez que entra en nuestras vidas. Cuando nos acostumbramos a vivir con ella, se convierte en una compañera tóxica constante.
Afortunadamente, podemos eliminar la amargura demostrando amor. Mostrar amabilidad, orar por los demás y tomarnos el tiempo para comprenderlos mejor, son sólo algunos ejemplos de cómo podemos expresar amor, incluso hacia quienes nos han ofendido profundamente.
Si hacemos un esfuerzo genuino por ofrecer amor y comprensión, podemos desarraigar la amargura. Una vez desarraigada y sin nada que la sustente, la amargura no tiene más remedio que marchitarse y morir.
(Para obtener ayuda adicional en la lucha contra la amargura, le invitamos a leer “¿Qué dice la Biblia acerca de la amargura?”.)
Gane la batalla contra el rencor
Los rencores son una trampa tentadora, y Satanás los utilizará para separarnos de Dios y de los demás. Él quiere que guardemos rencor, que nos volvamos amargados, que no logremos nuestra meta y que sigamos siendo infelices por el resto de nuestras vidas.
Pero esta trampa no tiene por qué ganar. Con la ayuda de Dios, podemos evitarla, sustituyendo el rencor y la amargura por el perdón, el amor y (en la medida en que dependa de nosotros) estar “en paz con todos” (Romanos 12:18).
Fecha de publicación: Noviembre 2, 2026