El cónyuge o los hijos, ¿quién es primero en la familia?
La crianza de los hijos se ha vuelto el eje central de muchas familias, convirtiéndolos en prioridad antes que los cónyuges. ¿Es beneficiosa para la familia esta prioridad? ¿Cuál es el orden que Dios estableció?

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En esta época moderna los matrimonios se ven enfrentados al riesgo de caer en una obsesiva dedicación hacia los hijos. La cultura popular enfatiza en la idea de que los hijos son el sol alrededor del cual gira todo el sistema familiar. Toda la energía, el tiempo y la conversación muchas veces giran en torno a ellos, quedando los cónyuges como meros compañeros unidos por compromiso, relegado a un segundo lugar dentro de la familia.
Sin embargo, cuando examinamos las Escrituras, descubrimos que en la familia existe un orden de prioridades en que el cónyuge precede a los hijos. No se trata de restar preocupación y amor a los hijos, sino de entender por qué el esposo o la esposa son más importantes para el propio beneficio de los hijos.
El diseño original
Para comenzar a comprender esta prioridad, debemos volver al principio. Dios creó primero al hombre y después a la mujer. Él estableció la definición del matrimonio en Génesis 2:24: “Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne”.
Dios no creó originalmente una pareja con hijos, sino una pareja sin ellos. El matrimonio fue la primera institución humana.
La cita bíblica dice: “serán una sola carne”. La unidad conyugal es un diseño divino, no un simple medio para la procreación. Los hijos son un regalo de Dios (Salmos 127:3), pero no son la razón principal del matrimonio.
En este artículo presentamos tres argumentos que demuestran por qué nuestro cónyuge debe ser nuestra prioridad, inmediatamente después de Dios.
1. El matrimonio es un pacto que representa a Cristo y la Iglesia
En Efesios 5, el apóstol Pablo cita directamente al libro de Génesis, elevando el matrimonio a un nivel asombroso. En el versículo 31, dice: “Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne”. Inmediatamente el apóstol añade en el versículo 32: “Grande es este misterio; mas yo digo esto respecto de Cristo y de la iglesia”. El matrimonio en su esencia, es una representación de la relación entre Cristo y su Iglesia.
2. Los hijos necesitan la seguridad de un matrimonio sólido
Proverbios 24:3-4 dice: “Con sabiduría se edifica la casa, y con prudencia se afianza; con ciencia se llenan las cámaras de todo bien precioso y agradable”. La arquitectura de la familia es clara, primero se construyen los cimientos donde se afianza el matrimonio y luego se llenan las habitaciones con los hijos. Si el cimiento no está fortalecido, toda la estructura está destinada a colapsar.
¿Qué pasa cuando un niño crece viendo a sus padres ignorarse mutuamente? Ese niño aprenderá un modelo diferente al que Dios diseñó. Creerá que el matrimonio es sólo para servir a los hijos y que el amor conyugal es prescindible. Incluso estaremos enseñando a ese niño que el matrimonio es una obligación para atenderlo a él. Cuando apenas hablamos con nuestro cónyuge y el único tiempo que pasamos juntos es cuando los hijos duermen, la familia entera sufre. Un matrimonio descuidado produce hijos inseguros y rebeldes.
Un matrimonio fuerte produce hijos que saben enfrentar dificultades. Ésta es la mejor manera de servir a los hijos.
Dios es la primera prioridad en la familia. ¿Cómo edifica Dios la casa? Salmos 127:1 nos dice: “Si el Eterno no edifica la casa, en vano trabajan los que la edifican”. La familia es fuerte cuando hay una alianza matrimonial fuerte, cuando los esposos cultivan su amor, se divierten juntos, resuelven sus conflictos y crecen en amor mutuo. De esta manera están construyendo un entorno seguro para sus hijos, ya que les están mostrando que sus padres están unidos y que son un equipo fuerte, porque Dios está primero.
Si desea profundizar más acerca de este tema, le invitamos a leer nuestra sección “Cómo tener un matrimonio feliz”.
Un matrimonio fuerte produce hijos que saben enfrentar dificultades. Ésta es la mejor manera de servir a los hijos.
3. Cuando los hijos se van, el matrimonio permanece
Eclesiastés 3:1 dice: “Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora”. El tiempo de la crianza de los hijos es limitado y es una verdad que muchos padres evitan considerar, pero la Escritura es clara. Los hijos son como “saetas en mano del valiente” (Salmos 127:4). Las saetas se lanzan y no se quedan para siempre en la aljaba o en el arco. Ésa es la paradoja de la buena crianza, trabajar en nuestro matrimonio primero, luego en la educación de los hijos, para que se vayan bien formados.
Cuando se invierte el orden de las prioridades, la relación se vuelve frágil, porque cuando los hijos crecen y se van, el matrimonio se deteriora por no haber aprendido a vivir sin ellos. Incluso surge el “síndrome del nido vacío”, la depresión y los divorcios tardíos, porque el eje del matrimonio se fue con los hijos.
Por lo tanto, el fundamento bíblico es claro: primero está Dios, luego el cónyuge, y luego los hijos.
Dios diseñó el matrimonio para toda la vida, y esa vida incluye un largo tiempo después de que los hijos se hayan ido. En 1 Corintios 7:3-5 Pablo instruye a los esposos a no privarse el uno del otro, excepto por mutuo consentimiento por un corto tiempo para dedicarlo especialmente a Dios.
Un matrimonio que honra a Dios invierte en su relación con su cónyuge más pasión que la que invierte en sus hijos. Este matrimonio sabe que los hijos son prestados por un tiempo, pero el cónyuge es un regalo para toda la vida.
Para saber más acerca de la crianza de los hijos, le invitamos a leer nuestra sección “Consejos prácticos para una positiva crianza de los hijos”.
El orden correcto de prioridades
Si usted es padre o madre, examine su hogar y pregúntese: ¿es mi matrimonio una prioridad antes que los hijos? Las Escrituras nos llaman a una reorientación donde nuestro cónyuge esté inmediatamente después de Dios. Al fin y al cabo, nuestro cónyuge será quien esté a nuestro lado cuando los hijos se hayan ido. Recordemos que el primer mandato al matrimonio es “ser una sola carne” (Génesis 2:24) y después viene la orden de “fructificad y multiplicaos” (Génesis 1:28). El orden de estas prioridades sí importa.
Esto no significa negar amor a nuestros hijos. Quiere decir amarlos de verdad, dándoles lo que más necesitan: padres que se aman, se respetan y se priorizan para darlesa los hijos un hogar seguro.
Jesús dijo en Mateo 19:6: “Así que no son ya más dos, sino una sola carne; por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre”. No permitamos que las tendencias modernas, el agotamiento o las prioridades equivocadas separen lo que Dios unió. Pongamos a Dios primero en el matrimonio, después a nuestro cónyuge, y después a nuestros hijos. Ellos lo agradecerán más tarde y nuestro cónyuge nos lo agradecerá desde hoy.
Recuerde: la mejor herencia que podemos dejarles a nuestros hijos es el ejemplo de un matrimonio sólido y centrado en el amor de Dios.
Fecha de publicación: Junio 23, 2026